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lunes, 15 de enero de 2018

FIN DE SEMANA LINCERO

     El emblemático lince ibérico fue el protagonista indiscutible del pasado fin de semana en la zona pública de la Sierra de Andújar, haciéndonos testigos a Raimundo y a mí, aunque no en exclusividad, sino también a otras muchas personas de diversas procedencias, probablemente demasiadas, que desafiaron el frío y la lluvia, para presenciar dos de las facetas quizás más apasionantes en la vida de este felino: la caza y la cópula.
     Cuando llegamos el sábado a las concurridas “curvas de La Lancha”, lo habían estado viendo unos 15 minutos antes, carroñeando los restos de un cérvido, unos decían ciervo y otros gamo, y aunque pude verlos con los prismáticos, no me paré a tratar de averiguar de que especie eran aquellos despojos. Habían sido justo los minutos en los que yo me había demorado en llegar al punto de encuentro con Raimundo, y estaba un poco molesto por ello. Podíamos haber perdido la oportunidad de observar el lince ese día.


     Pero unos maullidos, posiblemente del ejemplar que había estado comiendo carroña, se propagaron por el lugar, y nos devolvió la confianza en que podíamos verlo. Decidimos cambiar de sitio. Nos desplazamos andando, y llegamos a un sitio donde lo estaban viendo. Un lince estaba a la caza de su presa por excelencia, el conejo, pero no estaba empleando su habitual rececho para sorprender a su presa y capturarla al salto. Estaba llevando a cabo una insólita técnica que de hecho en un principio dudé que estuviera cazando, hasta que me despejó la incertidumbre con el conejo en las fauces. Un animal como el lince, sin ninguna adaptación anatómica para la excavación, se empleaba a fondo en los alrededores de una gazapera. Más que excavar, parecía como sí solo arañase el terreno con las retráctiles uñas con las que están dotadas las zarpas de todos los felinos del mundo.
     Mientras, habíamos divisado otro lince que bajaba por la ladera del monte, en dirección al que estaba excavando. Este por su parte había conseguido extraer dos jóvenes conejos, uno que mal herido se ocultó entre unos romeros cercanos. Pero seguía obstinado en su prospección, tanto que no advirtió que un congénere se le aproximaba sigilosamente. Cuando llegó a su altura, se asustó, dando un pequeño brinco hacia atrás, cogiendo con diligencia el conejo muerto que yacía al lado, y desapareciendo de nuestra vista en la espesura de la vaguada.


     El lince que acababa de llegar también estuvo merodeando y olisqueando la gran boca abierta al exterior por el lince que se había marchado, pero no se entregó a ello tan afanosamente como el que se había ido. Localizó al pequeño conejo que se había ocultado entre unos romeros cercanos, donde puede que muriera, porque lo cogió sin ningún esfuerzo. Tras haberlo comisqueado, se dirigió al agujero, y sin emplearse tan afondo en remover tierra como el otro, consiguió extraer otro gazapo. Acto seguido, se largó exactamente por donde se fue el primero. Se trataba de una pareja, pues poco después, los pudimos ver juntos de nuevo sobre una gran roca de granito.
     Además aquella mañana de sábado, pues nos fuimos a medio día, antes de que empezara a llover, vimos también por allí a los buitres leonados y una pareja de negros, más un águila imperial. Y en general otras aves como mirlos, el petirrojo, palomas, la curruca cabecinegra, gorriones o el pito real que vimos en el camino, o que habían estado en el punto de observación, eclipsadas por el lince para el gran público. Porque la siguiente mañana, el domingo, estuvo lloviendo, y no fue precisamente un día para contemplar aves, exceptuando al trepador azul que pude oír mientras llegaba Raimundo, y un mochuelo y una abubilla que vimos por el camino. Ciervos y gamos, también fueron mamíferos que vimos ambos días, sobre todo por el camino. Y entre las aves que repitieron están urracas, rabilargos, pinzones, estorninos y perdices. Los conejos parecen que vuelven a repuntar en la zona, tras haber quedado su población reducida al mínimo por la hemorrágica vírica de años atrás.
     Nada más llegar el domingo a las curvas, encontramos a la gente concentrada en una de ella en medio del camino. Obviamente estaban viendo al lince. Tuve suerte de poder aparcar a un lado del camino, sin estorbarle a nadie, que otros que llegaron después se vieron obligados a dejar sus coches en mitad de la pista. El silencio unánime del grupo nos comunicaba que el lince andaba cerca. Y no uno, sino dos, una pareja estaba a menos de 100 metros de nosotros. Ya habían copulado, según nos dijeron. Otra vez sentía que habíamos llegado tarde.


     Tan cerca estaban, que oíamos el gruñido casi continuo que emitía la hembra, agazapada, sin apartar la vista de su compañero, el cual la rondaba insistentemente, bajo la constante lluvia. De vez en cuando se movían por las inmediaciones, desapareciendo entre las jaras y los romeros. Yo temía que en una de esas veces que se levantaba la hembra, emprendieran una carrera y se largaran. Me resultaba increíble que estuvieran tan entregados, el macho en intentar montar a la hembra, y esta, que parecía poco receptiva, en intentaba evitarlo, sin importarles el gran número de gente que allí nos reunimos.
     El macho cada vez se envalentonaba más, y la hembra ya recurrió a repelerlo en un conato de lucha a zarpazos, pero aquel consiguió finalmente su objetivo, y yo presencié mi primera cópula de lince, a pesar de estar tras una mata de romero. Mientras el macho montaba a la hembra, mordiéndola por el cogote, está permanecía echada en el suelo, gruñendo sin cesar.



     Tras finalizar la cópula, seguían permaneciendo juntos ambos consortes, allí mismo, pero el interés de la gente por los linces empezó a decrecer. Hay que entender que la mayor parte de de cualquier animal discurre dentro de una rutina, que en el caso del lince es bastante tranquila. Quizás también  la lluvia, que por momentos arreciaba, también desanimara al público. Yo mismo me fui un par de veces al coche. Y poco antes de dejar de llover, los linces se marcharon ladera arriba. La gente, y los coches, empezaron a irse poco a poco también. Y como testimonio de aquellas magníficas horas en las que estuvimos contemplando las escenas de amor con las que nos deleitaron aquella pareja de linces, algunos espectadores dejaron abandonadas las colillas de sus cigarros sobre el camino.


     Pero pese al protagonismo casi absoluto que le damos al lince, conviene recordar que no es en si mismo un ser aislado que vive independiente o de maneja ajena al entorno en el que se mueve. Ni siquiera es tan simple como la estrecha relación trófica que guarda con el conejo, animal que constituye la base en su dieta. El lince interactúa con el resto de elementos, vivos y no vivos de su hábitat. El lince precisa de las jaras, los romeros y los lentiscos, donde ocultarse para cazar, o descansar tranquilamente. Necesita de las inertes rocas, entre cuyas oquedades suelen realizar sus camadas. Y así, los conejos, las jaras y los lentiscos, y las rocas constituyen el mundo del lince ibérico en un delicado y complejo equilibrio en la Sierra de Andújar.

(*) Fotografías: gentileza de Raimundo Gómez.
                                                                                                             

Lista de Especies Observadas (Orden Sistemático):

  • Conejo Europeo (Oryctolagus cuniculus algirus)
  • Lince Ibérico (Lynx pardinus)
  • Ciervo Rojo (Cervus elaphus)
  • Gamo (Dama dama)
  • Buitre Leonado (Gyps fulvus)
  • Buitre Negro (Aegypius monachus)
  • Águila Imperial Ibérica (Aquila adalberti)
  • Perdiz Roja (Alectoris rufa)
  • Paloma Torcaz (Columba palumbus)
  • Mochuelo Europeo (Athene noctua vidalii)
  • Abubilla (Upupa epops)
  • Pito Real (Picus sharpei)
  • Petirrojo Europeo (Erithacus rubecula)
  • Mirlo Común (Turdus merula)
  • Curruca Cabecinegra (Sylvia melanocephala)
  • Trepador Azul (Sitta europaea caesia)
  • Rabilargo Ibérico (Cyanopica cooki)
  • Urraca (Pica pica melanotos)
  • Estornino Negro (Sturnus unicolor)
  • Gorrión Común (Passer domesticus)
  • Pinzón Vulgar (Fringilla coelebs coelebs)

domingo, 19 de febrero de 2017

SALIDA POR LA SIERRA DE CAZORLA

     A diferencia de la mayoría de las veces en las que Raimundo y yo hemos quedado para salir de campo, que lo hemos hecho en la Sierra de Andújar, ayer fuimos a la Sierra de Cazorla. Salimos desde Baeza, donde nos encontramos. Me apetecía bastante volver por allí, que ya llevaba tiempo sin ir, y aunque el cielo estaba encapotado por la nubosidad, sentía que iba a ser un buen día, que algo grande nos esperaba.
     Subiendo por la carretera de la sierra, nos salía al paso algún que otro pinzón, más un carbonero común que puede apreciar claramente posado en una rama de un arbusto deshojado. Un poco antes de llegar al Puerto de las Palomas, levantó el vuelo desde un árbol contiguo a la calzada, un falcónido que no pudimos identificar, pues el cielo gris sólo nos dejó ver la silueta negra del ave de puntiagudas alas y cola larga al paso, ya que nos fue imposible parar con seguridad. Desde el mirador del puerto, localizamos algunas cabras monteses, entre ellas un par de hembras con chivos.
     Prosiguiendo nuestro camino, vimos aves de mayor porte que el carbonero y los pinzones, tales como torcaces, cornejas y algún mirlo. Y además unos ciervos cerca de la carretera. También desde la carretera divisamos algunos buitres leonados cicleando en el cielo. Hicimos otra parada para mirar un arroyo que se precipitaba por un profundo tajo. El continuo murmullo del agua no consiguió apagar el canto del trepador azul ni del carbonero garrapinos, que logré distinguir en el breve periodo que allí estuvimos.
     Raimundo me descubrió un lugar donde no había estado antes, pero del que había oído hablar, las lagunas de Valdeazores y Aguas Negras. Al llegar al sitio donde aparcamos el coche, sin bajarnos, descubrimos al pico picapinos posado apoyado sobre el fino tronco de un joven pino resinero. Por la zona se escuchaba con facilidad a los piquituertos, del que divisamos unos pocos en la horquilla de un alto pino laricio, y los carboneros garrapinos, que no tardamos en ver al ponernos a caminar. Las graznantes voces de los arrendajos y las alarmas de los mirlos, también nos permitieron advertir sus movimientos entre el ramaje o en vuelo. Al chochín tan sólo pudimos oírlo, pero al mito, tras haber escuchado su agudo canto, conseguimos dar con él. El sonido de rocas sueltas desplomándose por una ladera nos permitió ver unos gamos machos.


Quebrantahuesos




































     Allí donde el valle por el que descendíamos, se abría un poco más, descubriendo el espacio aéreo, podíamos ver algún buitre. No dejaban de atraparme la atención los buitres. No sólo por su armonioso planeo entre los paredones rocosos, pues por suerte puedo decir que estoy acostumbrado a verlos, sino que buscaba algo entre ellos. ¡Y por fin más adelante lo encontré! El quebrantahuesos, que tras varias décadas desaparecido por fin vuelve a volar en libertad en estas vastas y abruptas sierras. Raimundo determinó que se trataba de un ejemplar subadulto, pero la importancia de su edad quedaba relativizada, con la emoción del momento de haber contemplado por primera vez al buitre barbudo en estado silvestre en la Sierra de Cazorla.

Laguna de Aguas Negras
     Llegamos a la Laguna de Aguas Negras, donde nadaba una focha, y se oía alguna otra entonando su reclamo entre las eneas de los bordes. Sobre Valdeazores volaban unos pocos buitres, de los que seguía sin apartar la mirada. Entre las rocas por las que corría el Río Borosa descubrimos a la llamativa lavandera cascadeña, y casi a la vez vimos a un zorro escabullirse entre la vegetación arbustiva. Paramos a comer por allí.
     Deshaciendo el camino recorrido, hacia el coche, volvimos a toparnos con algunas de las aves que ya habíamos visto, arrendajos, mirlos y carboneros garrapinos. Pero al llegar al coche se suma otro párido más a la lista, el herrerillo capuchino, delatado por su canto, desde un espino albar. Además, de las profundidades del pinar, llegaron a nuestros oídos las notas del pito real.
     De vuelta por la carretera, paramos a ver un pequeño grupo de gamos, a los que les apuntaba las cuernas en forma de varas, lejos de parecerse a las palas que exhibirán al final de su desarrollo. También vimos cornejas y torcaces. Y volvimos a parar para mirar un rato a una ardilla que desde el suelo se lanzó a trepar por el tronco de un pino. Culminamos la jornada con otro rato de espera y observación en el Puerto de las Palomas, donde además de las cabras, entre los que vimos un par de machos monteses lejanos, también oímos el ajeo de la perdiz y nos estuvieron entreteniendo con su repertorio de voces una pareja de cornejas.

(*) Fotografías: gentileza de Raimundo Gómez.


Lista de Especies Observadas (Orden Sistemático):

  • Ardilla Roja (Sciurus vulgaris)
  • Zorro Rojo (Vulpes vulpes)
  • Cabra Montés (Capra pyrenaica hispanica)
  • Ciervo Rojo (Cervus elaphus)
  • Gamo (Dama dama)
  • Buitre Leonado (Gyps fulvus)
  • Quebrantahuesos (Gypaetus barbatus)
  • Perdiz Roja (Alectoris rufa)
  • Focha Común (Fulica atra)
  • Paloma Torcaz (Columba palumbus)
  • Pito Real Ibérico (Picus sharpei)
  • Pico Picapinos (Dendrocopos major)
  • Lavandera Cascadeña (Motacilla cinerea)
  • Chochín Común (Troglodytes troglodytes)
  • Mirlo Común (Turdus merula)
  • Mito Común (Aegithalos caudatus irbii)
  • Carbonero Común (Parus major)
  • Carbonero Garrapinos (Periparus ater)
  • Herrerillo Capuchino (Lophophanes cristatus)
  • Trepador Azul (Sitta europaea caesia)
  • Arrendajo Común (Garrulus glandarius)
  • Corneja Negra (Corvus corone)
  • Pinzón Vulgar (Fringilla coelebs coelebs)
  • Piquituerto (Loxia curvirostra)

jueves, 15 de septiembre de 2016

PASEO POR EL HAYEDO DEL BETATO

     Otra de las excursiones más significativas que hicimos durante nuestros 10 días de estancia en el Valle de Tena, fue por la tarde del viernes 9 al Bosque del Betato, un pequeño rodal de grandes hayas cercano a Piedrafita. Se le ocurrió a Marta la prodigiosa idea de llevarnos allí. Un breve paseo que si bien no fue muy relevante en cuanto a la variedad y cantidad de aves que pudimos observar, sí lo fue por una especie singular, y un bimbo particular.
     Era ya algo tarde, pero aún quedaban golondrinas sobrevolando los pizarrosos tejados negros de las casas de Piedrafita, desde donde partimos hacia el hayedo. También se oían los pitidos del trepador azul por la arboleda del entorno de los aparcamientos.
     Durante la caminata hasta llegar al Betato pudimos escuchar los gritos de las cornejas, y otros reclamos de pequeños pájaros que provenían del denso sotobosque cercano. Paramos a mirar a los inquietos pájaros cuando se descubrían, pero en seguida cambiaban de rama, y la luz tampoco ayudaba. Había algunos mosquiteros, que asegurar su identificación fue imposible. El único pájaro que pudimos ver con claridad suficiente fue un reyezuelo listado, que además era uno de los que emitían su reclamo mientras lo observábamos.


Hayedo del Betato

     Al adentrarnos en el Hayedo del Betato se adelantó el anochecer. La penumbra cubría con su oscuro manto cada rincón de un bosque de cuento, envuelto por leyendas sobre brujas. Del suelo, cubierto por la hojarasca, se elevaban los troncos de las hayas, que con sus frondosas copas, apenas nos dejaban ver el cielo. Escuchamos un extraño grito al que al principio no le hicimos demasiado caso. Pero a medida que se repetían de cuando en cuando aquellas misteriosas voces, más nos desconcertaba y más nos intrigaba saber de que se trataba. Sentados, hicimos una breve espera que no tardó en dar sus frutos. Enseguida apareció la prodigiosa criatura que producía esos sonidos, que cada cual interpretamos de una manera. Un gran pájaro negro, que volando bajo el dosel forestal, esquivaba con soltura los troncos entre los cuales a nosotros nos costaba seguirle la pista visualmente, hasta que se posó sobre uno. Era el pito negro, que tras permanecer un rato en el tronco, emprendió el vuelo, pasándonos por encima, mientras emitía su sonoro canto. Pero no tardó mucho en volver a aparecer, y nuevamente a posarse en un tronco, permitiéndonos observarlo todo lo bien que nos dejaba la poca luz que penetraba en el bosque, pero suficiente como para apreciarle el penacho rojo de la cabeza, el pico e iris del ojo blanquecinos que contrastan con el negro plumaje del gran pájaro carpintero. Sin duda el broche de oro del último día, para completar el elenco de especies observadas durante estos días de Voluntariado.
     Otros pájaros revoloteaban entre las ramas de las hayas, pero no logramos verlos para saber que eran. Incluso entre las sombras del suelo, me pareció ver un ave del color de la hojarasca, pero despareció en un parpadeo. Al salir del hayedo a una pista forestal, más abierta, pudimos ver en un margen del camino a un joven petirrojo.

(*) Fotografía: gentileza de David Gómez.


Lista de Aves Observadas (Orden Sistemático):

  • Picamaderos Negro (Dryocopus martius)
  • Golondrina Común (Hirundo rustica)
  • Petirrojo Europeo (Erithacus rubecula)
  • Reyezuelo Listado (Regulus ignicapilla)
  • Trepador Azul (Sitta europaea caesia)
  • Corneja Negra (Corvus corone)

lunes, 22 de febrero de 2016

PASEO POR EL ARROYO DEL GALLO

     Subimos a la sierra a primeras horas de la tarde hace un par de días David y yo a recorrer un tramo del Arroyo del Gallo hasta llegar al conocido Salto del Gallo, donde se precipita el agua desde más de 20 metros de altura por una pared de granito. Aunque el día fue soleado y algo cálido, afortunadamente las últimas lluvias han propiciado que se mantenga la corriente de agua. Veníamos de haber echado la mañana en La Ropera, buscando espárragos, y como íbamos con la furgoneta, nos quedamos a dormir por La Lancha.
     Las urracas y los estorninos volaban por las verdes praderas donde pastan las vacas, que vimos al pasar por el paraje de Los Cerrillos. Más adelante, donde el denso monte bajo de chaparros abarca el paisaje desde los márgenes de la carretera hasta casi donde llega la vista, aparecen los grupos de rabilargos en nuestro camino.
     Antes de empezar nuestra marcha, nos cargamos de energía con un delicioso cocido montañés que había traído David de su casa, y que calentamos en la cocina de la furgo. Un petirrojo moviéndose entre las ramas de un pequeño pino inaugura nuestra caminata poco antes de llegar al arroyo. Nos fijamos en los renacuajos de sapo partero que vimos en las primeras pozas. La escorrentía del agua apenas podía silenciar al chochín, que entonaba con fuerza su voz entre la vegetación circundante al arroyo. Frondosos pinares crecen en ambas laderas que definen el cauce, por donde avanzaban nuestros pasos, que albergaban agateadores, trepadores y verdecillos, delatados por sus cantos, así como pinzones y carboneros, que además de oírlos, podíamos ver alguno que otro deambulando entre los claros del bosque. En algunas áreas el pinar está siendo aclarado selectivamente, para permitir el desarrollo de las encinas. Una abubilla se internó en el pinar, que había emprendido el vuelo desde las inmediaciones del arroyo. De vez en cuando pasaba alguna paloma torcaz volando sobre las copas, y también se podían oír sus arrullos mezclarse con otros sonidos del bosque. Altos, divisamos dos ratoneros volando sobre nosotros. Al llegar al Sato del Gallo unos aviones roqueros sobrevolaban la zona, y se descubrió una pareja de mirlos, saliendo entre los labiérnagos. Allí nos quedamos un rato, contemplando un paisaje, que hasta donde la vista alcanzaba, no había ninguna intervención humana que perturbara su esencia natural. Antes de marcharnos, David pudo ver una rana saltar al agua de una poza.

Procesionaria del Pino
(Thaumetopoea pityocampa)
     Prosiguen los pájaros del bosque inundándolo con su repertorio melódico en nuestro paseo a la vuelta. Pero me llama la atención el chochín, que pasa del canto al reclamo, y David no tarda en descubrir al diminuto pájaro en una retama cercana. Nos permite el normalmente inquieto pajarillo observarlo a placer, sin cesar su reclamo mientras tanto. Por unos instantes se oyó a la chova piquirroja, que aunque debió pasar cerca, no logramos ver. Aunque la falsa primavera, adelantada por las suaves temperaturas invernales, ya ha hecho que desfilen precozmente por el suelo las columnas de procesionaria (Thaumetopoea pityocampa), todavía se pueden ver alguna oruga en los bolsones que tejen en la punta de las ramas de los pinos piñoneros.
     Bañándose con los últimos rayos de sol de la tarde, sobre el verde césped que le da su nombre con la que es conocida en lengua inglesa, descubrimos una culebra de collar, una de nuestras especies de serpientes más difíciles de observar. Y digo nuestra, con todas sus consecuencias, pues mientras me dedico a escribir estas líneas, dos días después de esta andanza aquí descrita, me llega la noticia que justo hoy ha sido catalogada como especie propia, separada de la del resto de Europa, al existir la barrera de la reproducción cruzada en áreas de simpatría en el sur de Francia, donde coexisten lo que hasta ahora eran meramente dos subespecies de Natrix natrix. Esta rara culebra de agua que carecía del típico collar negro alrededor del cuello que le da su nombre común en castellano, no dudo en poner en práctica todos sus recursos defensivos. Primero se quedó quieta, tratando de pasar inadvertida entre la hierba, hasta el punto que David la pasó por encima sin advertir su presencia. Después produjo una secreción olorosa maloliente, y a continuación se enroscó haciéndose la muerta, hasta que encontró un agujero bajo una pequeña piedra en el que se introdujo. Decidimos ya dejarla en paz, pues la habíamos estado contemplando durante el tiempo suficiente.


Culebra de Collar Ibérica


























     Cogimos la furgoneta y nos dirigimos a un prado no muy lejano. Íbamos a comprobar una charca temporal en la que encontramos múltiples puestas de sapo corredor. Y aunque no dudamos que aquellos cordones gelatinosos de huevos negros pertenecían al sapo corredor, lo verificamos, al encontrar algunos adultos por la zona aledaña. En nuestras prospecciones también encontramos un escorpión, miriápodos, babosas, una culebrilla ciega y una salamanquesa rosada. Pero lo que más abundaba en el césped del prado eran las peludas orugas de los prados (Ocnogyna baetica), un endemismo ibérico, a veces confundido con la procesionaria, que ni siquiera es urticante.

Sapos Corredores


Oruga de Ocnogyna baetica

























     Repetimos el paseo por el arroyo antes de anochecer. La umbría vaguada por la que baja el agua ya estaba sumida en la penumbra. Los pájaros que cantaban por la tarde estaban ahora callados, sustituidos de vez en cuando por mirlos y algún petirrojo que interrumpían el silencio. Pudimos ver a un par de gamos habían salido a pastar de la espesura del pinar al claro cercano al cauce del arroyo, sin que se percataran de nuestra presencia. Más adelante también pudimos ver un par de agateadores en una encina, avanzando tronco arriba. Tenía la esperanza de poder escuchar retumbar el eco de la voz del cárabo en aquellos bosques, pero no acompañó la suerte.
     Cuando volvimos a la furgoneta, nos fuimos hacia La Lancha. La idea era en esta ruta nocturna encontrarnos con animales cruzando el camino que pudiéramos observar. Nada nuevo bajo el sol, o mejor dicho, bajo la luna, casi llena. Tan solo se nos cruzaron un par de sapos corredores, un conejo y un ratón, más un par de ciervos que vimos junto al camino, en tan largo trayecto. Estacionamos nuestra "casa" con ruedas en una de las curvas de La Lancha, con vistas a las lomas serranas en las que campea el lince entre encinas y lentiscos, donde tras cenar una tortilla de huevos camperos con los espárragos que recolectamos por la mañana, nos quedamos a pasar la noche, y ver si el nuevo día nos depararía alguna sorpresa mañanera. El silencio imperante en la noche, envolvía el ambiente montaraz en una profunda soledad.


Lista de Especies de Observadas (Orden Sistemático):

  • Ratón de Campo (Apodemus sylvaticus)
  • Conejo Europeo (Oryctolagus cuniculus algirus)
  • Ciervo Rojo (Cervus elaphus)
  • Gamo (Dama dama)
  • Busardo Ratonero (Buteo buteo)
  • Paloma Torcaz (Columba palumbus)
  • Abubilla (Upupa epops)
  • Avión Roquero (Ptyonoprogne rupestris)
  • Chochín Común (Troglodytes troglodytes)
  • Petirrojo Europeo (Erithacus rubecula)
  • Mirlo Común (Turdus merula)
  • Carbonero Común (Parus major)
  • Trepador Azul (Sitta europaea caesia)
  • Agateador Común (Certhia brachydactyla)
  • Rabilargo Ibérico (Cyanopica cooki)
  • Urraca (Pica pica melanotos)
  • Chova Piquirroja (Pyrrhocorax pyrrhocorax)
  • Estornino Negro (Sturnus unicolor)
  • Pinzón Vulgar (Fringilla coelebs coelebs)
  • Verdecillo Común (Serinus serinus)
  • Culebrilla Ciega (Blanus cinereus)
  • Salamanquesa Rosada (Hemidactylus turcicus)
  • Culebra de Collar Mediterránea (Natrix astreptophora)
  • Sapo Partero Ibérico (Alytes cisternasii)
  • Sapo Corredor (Epidalea calamita)

sábado, 22 de diciembre de 2012

DE MARCHA SENDERISTA POR DESPEÑAPERROS: EL RÍO DE LA CAMPANA Y LA CUEVA DE LOS MUÑECOS

     Después de un tiempo de inactividad, ayer retomamos Merche, Azu y yo a nuestra tarea de reconocimiento de senderos para Educación Ambiental. Nos dirigimos a Despeñaperros para terminar con los dos que aún nos quedaban allí: El Río de la Campana y La Cueva de los Muñecos. Puesto que no son muy largos, recorrimos los dos ayer mismo.
     De camino hacia el área recreativa de La Aliseda los rabilargos eran las aves que se dejaban ver por el entorno. Allí parte y allí acaba el sendero del Río de la Campana que discurre paralelo y cercano al cauce. Pero antes de iniciar el recorrido del sendero, dimos una vuelta por el área recreativa. Se trata de un enclave privilegiado, que por desgracia está muy descuidado, con las pocas papeleras que tiene, que o bien están rotas, o bien saturadas de basura debido a que no se vacían con frecuencia.

Sendero del Río de la Campana
     Un pico picapinos emitía sus notas monosilábicas oculto en algún lugar del bosque, que poco después lo vimos volar al cruzar el gran claro del área recreativa. Salvo el pájaro carpintero, la calma parecía imperar en la mañana del último día del otoño, hasta que irrumpió en el lugar una bandada de lúganos que se movían entre las desojadas ramas de los alisos del río.
     Empezamos el recorrido por la parte más alta, entre encinas y pinos, para volver por la más baja y cercana al río, bajo un denso pinar y los árboles de la ribera. Ese segundo tramo del sendero comienza en un pequeño llano en el crecen dos fresnos enormes, junto al puente por donde va la carretera que cruza el río, además de unos grandes pinos piñoneros mezclados con unos altos cedros. Caminando por esta segunda parte del sendero, en el mismo sentido en que corren las cristalinas aguas del estrecho río, pudimos ver un mirlo en la orilla de en frente. Y por el mismo cauce revoloteaba una lavandera cascadeña.

Río de la Campana














     Volvimos a La Aliseda de donde partimos hacia el inicio del Sendero de la Cueva de los Muñecos. Antes de llegar al lugar ya se podían descubrir las siluetas de los buitres en su vuelo planeado. Este sendero parte de un museo, actualmente cerrado, y aunque es lineal tiene la peculiaridad de estar dividido en dos tramos opuestos, uno llamado Cerro del Castillo que sube a la cima de un monte donde yacen las ruinas de un antiguo poblado íbero, y otro que baja a la Cueva del Collado de los Jardines, conocida como Cueva de los Muñecos. Nosotros acometimos primero la subida al Cerro del Castillo, y bajamos después a la Cueva de los Muñecos. Junto al Centro de Interpretación del Patrimonio Histórico, edificado sobre un antiguo aprisco, vimos un par de zorzales comunes.

El Cerro de los Órganos contemplado desde la cima del Cerro del Castillo

     La senda sube al principio a través de un encinar que pronto da paso a un área desarbolada en la que aflora la roca desnuda. Desde esta zona despejada, al echar la vista atrás y a pesar de la luz tan dura que había, podíamos ver la umbría del monte de en frente por donde trepa un denso encinar mezclado con quejigos y cornicabras, vestidos de tintes anaranjados y rojizos respectivamente. Los buitres leonados no volaban demasiado lejos sobre nuestras cabezas. Entre las ruinas de la cima pudimos descubrir unos pocos verdecillos, y al coronar lo más alto se nos abre el campo de visión abarcando el paisaje de Despeñaperros y de Monumento Natural de Los Órganos.

El roquedo de la Cueva de los Muñecos
     La bajada la cueva de los Muñecos, por el contrario, atraviesa la espesura del encinar, que solo se abre al llegar a la ubicación de la cueva, donde realizaron distintas excavaciones arqueológicas en las que se hallaron miles de figuras y exvotos ofrecidas a los dioses. Entre las encinas se mezclan alcornoques, y aparecen lentiscos, cornicabras, enebros de la miera y arces de Montpellier, de porte espectacular algunos ejemplares de estas dos últimas especies, de aspecto arbóreo más que arbustivo. Al llegar a la grieta de la cueva, se siguen viendo los planeos de los buitres. A la vuelta, ascendiendo hacia el museo, descubrimos al trepador azul en sus correrías verticales por los troncos de los árboles, que previamente se había delatado su potente trino.
     Para almorzar elegimos volver a La Aliseda, donde nuevamente observamos nomadeando por la zona al cuantioso bando de lúganos que vimos en la mañana.

(*) Fotografías: gentileza de Mercedes Coco.


Lista de Aves Observadas (Orden Sistemático):

  • Buitre Leonado (Gyps fulvus)
  • Pico Picapinos (Dendrocopos major)
  • Lavandera Cascadeña (Motacilla cinerea)
  • Mirlo Común (Turdus merula)
  • Zorzal Común (Turdus philomelos)
  • Trepador Azul (Sitta europaea caesia)
  • Rabilargo Ibérico (Cyanopica cooki)
  • Verdecillo Común (Serinus serinus)
  • Lúgano (Carduelis spinus)

viernes, 29 de octubre de 2010

UNA ESPERA DE NUTRIA EN EL RÍO JÁNDULA

     Ayer salí con José Rico para subir al Encinarejo a hacer una espera de nutria. Colocamos el hide en una orilla del Jándula, desde donde controlábamos un paso estrecho del río y un profundo ensanchamiento del mismo. Pasamos una larga jornada de espera, hasta que prácticamente oscureció, pero valió la pena, pues conseguimos avistar al mustélido acuático, aunque solo fuera fugazmente.
     Quedamos sobre las 10.00 en Andújar, en el mismo cruce desde donde sale la carretera que lleva a la sierra, y sin detenernos en el camino, llegamos directamente hasta el Encinarejo. Preparamos todo cuanto necesitábamos para pasar el día en el hide, y nos armamos de paciencia para hacer la espera. Mientras montábamos el hide, algunos cormoranes volaron sobre nosotros, y para las 11.00 ya estábamos dentro, expectantes para no perder detalle de cuanto sucedía a nuestro alrededor.
     En las primeras horas de la mañana se mostraron muy activos los pájaros cantando, y así escuchamos al chochín, al trepador azul, al piquituerto, al carbonero, a la curruca cabecinegra, al escribano soteño, al ruiseñor bastardo, al pico picapinos y al pito real, así como los cacareos de las desconfiadas urracas, que parecían estar delatando nuestra presencia al resto de los habitantes del bosque. Algo después, aunque no llegamos a verla, oímos al águila imperial en la lejanía. Poco a poco se empezaron a confiar algunos pájaros, y por la playa de la misma orilla donde estábamos empezaron a moverse varias lavanderas cascadeñas, las cuales se dejaron ver a lo largo de casi todo el día. También pasó alguna lavandera blanca, pero sus visitas fueron más breves. Entre tanto, los mosquiteros también se dejaron ver durante toda la jornada, moviéndose inquietos entre los sauces y las zarzas. Algunas gallinetas también estuvieron acompañándonos casi todo el día. En más de una ocasión, las abundantes carpas llamaron nuestra atención por la agitación del agua que producen cuando se asoman a la superficie, e incluso las tuvimos muy cerca, prospectando los someros fondos próximos a la playa donde nos hallábamos.

Lavandera Cascadeña
sobre una roca de granito en medio del Río Jándula

Ciervo
bebiendo agua del Río Jándula
     Las horas iban pasando despacio, y esporádicamente algunos animales se iban mostrando más confiados, y de esta manera un ciervo se acercó a tomar unos tragos de agua en la otra orilla. Pero el sonido de los disparos de la cámara de Jose, no escaparon del fino oído del ungulado que dejó de beber para buscar el origen de procedencia del ruido. No obstante tampoco pareció molestarle demasiado, pues hasta lanzó un berrido al aire. Una urraca se llegó a posar en la misma playa donde nos encontrábamos, pero enseguida levantó el vuelo. También una garza real se posó en el río, entre los cantos rodados del estrechamiento, pero tampoco permaneció mucho tiempo ahí. Los martines pescadores solo pasaron velozmente en un par de ocasiones frente al hide, y un andarríos grande llegó a posarse en un bolo de río delante de nosotros, pero enseguida se fue por donde vino. En cambio un carbonero y las lavanderas cascadeñas se mostraron mucho más confiadas, hasta el punto que llegaron a apostarse directamente en el hide. Y junto con los mosquiteros que revoloteaban entre la maleza, también llegamos a ver petirrojos y una curruca capirotada.

Andarríos Grande
caminando en una somera orilla del Río Jándula


















     Ya eran más de las 16.00. El sol de la tarde había calentado el interior de nuestro escondite y estábamos ya algo inquietos. De repente, en la parte estrecha del río escuchamos un brusco alboroto en el agua. Se trataba de la nutria que por fin se había dignado a aparecer, pero sin darnos mucho tiempo a su observación, pues enseguida se sumergió en las profundidades del ensanchamiento contiguo del río. A pesar de ello, estuvo nadando por la superficie del agua el tiempo justo para poder verla y para que Jose le tomase algunas fotos. Y aunque permanecimos un rato más esperándola, hasta apurar las últimas horas de la tarde, no se volvió a presentar.


Nutria
nadando en las aguas del Río Jándula

     Mientras desmontábamos el hide y recogíamos se escuchaba en las proximidades la alarma del mirlo, y conforme oscurecía un lejano cárabo comenzó a ulular. Y para rematar el día, cuando regresábamos ya de noche, al pasar el puente de hierro que cruza el Río Jándula, nos topamos con una piara de jabalíes compuesta por dos adultos y cuatro o cinco bermejos.

(*) Fotografías: gentileza de José Rico.


Lista de Especies Observadas (Orden Sistemático):

  • Nutria Paleártica (Lutra lutra)
  • Jabalí (Sus scrofa)
  • Ciervo Rojo (Cervus elaphus)
  • Cormorán Grande (Phalacrocorax carbo)
  • Garza Real (Ardea cinerea)
  • Águila Imperial Ibérica (Aquila adalberti)
  • Gallineta Común (Gallinula chloropus)
  • Andarríos Grande (Tringa ochropus)
  • Cárabo Común (Strix aluco sylvatica)
  • Martín Pescador (Alcedo actthis)
  • Pito Real (Picus viridis sharpei)
  • Pico Picapinos (Dendrocopos major)
  • Lavandera Blanca (Motacilla alba alba)
  • Lavandera Cascadeña (Motacilla cinerea)
  • Chochín Común (Troglodytes troglodytes)
  • Petirrojo Europeo (Erithacus rubecula)
  • Mirlo Común (Turdus merula)
  • Ruiseñor Bastardo (Cettia cetti)
  • Curruca Cabecinega (Sylvia melanocephala)
  • Curruca Capirotada (Sylvia atricapilla)
  • Mosquitero Común (Phylloscopus collybita)
  • Carbonero Común (Parus major)
  • Trepador Azul (Sitta europaea caesia)
  • Urraca (Pica pica melanotos)
  • Piquituerto Común (Loxia curvirostra)
  • Escribano Soteño (Emberiza cirlus)
  • Carpa (Cyprinus carpio)