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martes, 21 de junio de 2016

SUBIDA A LOS LAVADEROS DE LA REINA, DESDE LA DEHESA DEL CAMARATE

     De nuestra estancia en Sierra Nevada, la jornada más significativa en lo que a observación de fauna se refiere, fue el día 13, cuando, guiados por Javier Plana, guía-interprete del Parque, y por David Sánchez, subimos hasta los Lavaderos de la Reina desde la Dehesa del Camarate. Y todavía fueron más observaciones de las que aquí cuento, pues he omitido la avifauna urbana, que pudimos ver desde que salimos de La Calahorra, así como por los pueblos por los que pasamos, tanto de ida como a la vuelta.

Mostajo en flor
     A pesar de su nombre, nada tiene que ver con un bosque aclarado de matorral y de suaves pendientes la Dehesa del Camarate, punto de quedada y lugar de inicio de nuestra ruta, una parte coche, la otra andando. Todo lo contrario, un frondoso bosque de mostajos, robles y cerezos, mezclados con las densidades de arces y majuelos que componen el sotobosque, trepa por la umbría del valle del Río Alhama, donde también se pueden encontrar algunos abedules junto al río, y hasta tejos en los lugares más secretos de este “Bosque Encantado”. Un exuberante vergel de cuyas entrañas se manifestaban sonoramente el chochín y la curruca capirotada, mientras por las ramas superiores se paseaba, cantando, el herrerillo común. Toda una joya botánica, conservada en su estado primigenio de las alteraciones humanas, y sin duda uno de los rincones más hermosos que atesora Sierra Nevada.



Tejo

     Hicimos algunas paradas a lo largo del trayecto, en algunos puntos significativos de la Dehesa del Camarate, donde nuestros guías acompañantes nos aportaban datos relevantes del lugar. En un tentadero, pues el nombre de Dehesa de esta finca ahora incorporada al Parque Nacional le viene porque criaban vacas bravas, de las que todavía quedan algunas, pudimos ver lavanderas blancas por el entorno, y en el cielo descubrir los cicleos de una pareja de águilas calzadas. La primera que vimos, de fase oscura, me desconcertó un poco hasta poder identificarla, despejándome todas las dudas al aparecer su conyugue, del morfo más habitual, el claro. A cierta altura ya, en otra parada donde el bosque se va aclarando paulatinamente, dejando entrever las verdes manchas de hierbazales, se elevó en el cielo una ruidosa congregación de chovas piquirrojas.

Chovas Piquirrojas, evolucionando en el azul cielo

     Dejamos los coches en la difusa frontera donde robles y mostajos van progresivamente desapareciendo, ganándole terreno los prados al arbolado. A lo lejos podía oírse el cuco, pero más cerca teníamos el cacareo de las urracas, revoloteando entre los escaramujos y majuelos. También entonaba su armoniosa estrofa la totovía. A nuestro alrededor se movían infinidad de mariposas, atraídas por el suelo empapado de aquellos prados montanos, donde la primavera aún vive su apogeo, resistiéndose a la inminente llegada del estío. Entre esos lepidópteros diurnos destacaba la vistosa Iphiclides podalirius que gratamente me sorprendió por su relativa abundancia.
     Nueve kilómetros de marcha a pie, principalmente ascendente, nos separaban hasta llegar a los Lavaderos de la Reina, paseo que discurría entre piornos almohadillados y enebros y sabinas rastreras, y en el que cruzamos por arroyos de aguas cristalinas que se precipitaban por los barrancos, alimentándose del deshielo en las rocosas cumbres donde todavía perduraba algo de nieve. No pasaron desapercibidos los buitres leonados a lo largo nuestra andanza, que aunque volaban altos eran bastante visibles, y al principio también se dejó ver alguna que otra tarabilla común. Interrumpimos la caminata para mirar a un grupo de jabalíes, avanzando entre los piornos y los enebros de una soleada ladera. Piara mixta en cuanto a la edad pues estaba compuesta por adultos, bermejos y rayones. Estampa inédita a mis ojos, pues acostumbrado a descubrirlos emboscados, me sorprendió verlos rompiendo monte entre esos arbustos de montaña, desprotegidos por completo de árboles.

Escribano Hortelano

     Pero mi atención fue captada por un pájaro que surgió casi simultáneamente que los jabalíes junto al camino y que volando paralelamente a este, se posó un poco más abajo, sobre un arbusto del borde. Volando de espaldas a nosotros, por las bandas blancas laterales de su cola, delató que se trataba de un emberizido. Por los tonos marrones, salpicado de negro, del dorso, pensé que sería un escribano montesino, pero al posarse al descubierto me llevé la grata sorpresa de poder comprobar que se trataba nada más y nada menos que de un escribano hortelano. Entonces caí en la cuenta que el sonido que se repetía en los alrededores era su monosilábico canto. Este ejemplar en concreto se mostró bastante confiado, y estuvo revoloteando a nuestro alrededor, posándose siempre en puntos bien visibles, y relativamente cercanos. Todo un lujo poder contemplar en tan buenas condiciones a este pájaro.

Una alfombra de diversas flores tapizaba el entorno del camino



Collalba Gris































     Las notas del escribano hortelano no cesaron de oírse por el área contigua al camino, y aunque lo seguíamos viendo cuando salía volando, se ocultaban de nuestra vista al posarse de nuevo. Se le suma con su incesante repertorio musical la alondra, y entre otros pájaros que pudimos ver por el camino aparecen las collalbas grises entre las rocas, al escalar cotas, y algún colirrojo tizón entre las grandes piedras por las que desfilaban algunos de los arroyos que atravesamos, recorridos por la lavandera cascadeña. Pudimos ver a pasar también por una de estas vaguadas por las que corrían los arroyos, otra piara de jabalíes. Entre la hierba de las orillas se desplazaban aceiteras (Berberomeloe majalis) de lustrosa capa negra brillante. En otros herbazales, también bastante húmedos, pero ya alejados de los arroyos, encontramos algún ejemplar de Eumigus monticola. Pasábamos junto a una sucesión de cascadas y saltos de agua del tramo alto del Río Maitena, cerca ya de las primeras nieves. En este abrupto paisaje vimos las primeras cabras monteses, resguardadas a la sobra de las grandes rocas.

Aceiteras
Eumigus monticola

La flor lila de Pinguicola nevadensis
     La primavera nos brindó la oportunidad de observar en flor algunas especies que salpicaban de color los verdes prados de montaña, como las azules gitanillas (Gentiana verna) o el amarillo cuernecillo (Lotus corniculatus glacialis/carpetanus), o las endémicas violetas (Viola crassiuscula) y la tiraña de Sierra Nevada (Pinguicula nevadensis). Y asociadas a ellas se dan multitud de insectos, como las mariquitas de los siete puntos (Coccinella septempunctata) y mariposas, entre ellas la moteada Issoria lathonia. En las pedreras aparecían cubriendo el suelo como blancos copos caídos, la estrella de las nieves (Plantago nivalis), también en flor.

Gentiana verna














Issoria lathonia

     Almorzamos junto al borreguil de una laguna de acorazonada forma. A nuestras espaldas, quedaban las oscuras y desnudas cimas de los Tajos Negros, cubiertos aún por blancas manchas de nieve. Durante la comida, y el descanso que allí hicimos, se acercaron algunas cabras, mientras otras se dejaron ver en la lejanía. De vez en cuando se levantaba un ingente bando de escandalosas chovas. Altos, también podíamos divisar a los buitres en vuelo. Y además se estuvo escuchando un rato el canto del bisbita campestre. Las chorreras y surgencias de agua en este antiguo circo glacial en el que nos hallamos por encima de los 2.600 metros de altitud, conforman los llamados Lavaderos de la Reina, que junto al deshielo en la falda norte de los Tajos Negros de Cobatillas originan la escorrentía que ve nacer al Río Maitena. Nuestra compañera Lorena aprovechó también el descanso para entrevistar a Javier, sobre el paraje en el que nos encontrábamos, y sobre Sierra Nevada en general.

Saltos de agua del tramo alto del Río Maitena. Al fondo, Tajos Negros de Cobatillas
Cabra Montés, hembra pastando en un prado de montaña

     Después de comer seguimos subiendo un poco más hasta llegar a la primera mancha de nieve, que sacó nuestro lado más infantil. Y como si estuviera confinado a la nieve, vimos allí a una de las reliquias glaciales de Sierra Nevada. Una pareja de acentores alpinos moviéndose por las rocas. De vuelta, siguiendo el cauce del río para disfrutar de la espectacularidad de sus saltos de agua, desmantelamos los restos de una corraleta que encontramos. Y haciendo honor a su nombre, en estos saltos de agua vimos de nuevo a un par de lavanderas de las cascadas.
     Los nueve kilómetros que nos quedaban de vuelta sobre nuestros pasos nos permitieron volver a ver collalbas grises, buitres y escribanos hortelanos, además de pardillos y un cernícalo vulgar que se suman a la lista de avistamientos. Las cabras monteses se mostraban más activas al atardecer, y se dejaron ver con más facilidad a nuestro regreso. Y de nuevo nos topamos con los jabalíes. Primero con una hembra que conducía ella sola a cuatro rayones, y que no deparó en nosotros, por lo que la vimos moverse tranquilamente por los piornales. Y después nos encontramos con otra piara mixta, que probablemente sería alguna de las que habíamos visto a la ida. Cerca ya de los coches, donde los arbustos tenían ya cierto porte, se nos cruzó un macho de cabra montés.

Jabalina, acompañada de sus rayones, entre piornos y enebros

     Pero nuestras observaciones continúan durante el trayecto de bajada por la Dehesa del Camarate, improvisando breves paradas. Una pequeña cabra montés que cruzó el camino, y otra manada de jabalíes avanzando por el robledal fueron los motivos. Además también pude ver a una pareja de oropéndolas en vuelo, cruzando un barranco de lado a lado. Y hasta una cierva para rematar nuestra visita, a las puertas de la Dehesa del Camarate, especie esta, introducida en algunas fincas aledañas a Sierra Nevada para su caza, por donde va colonizando poco a poco algunas áreas.

(*) Fotografías: gentileza de David Sánchez.                                                                              


Lista de Especies Observadas (Orden Sistemático):                                        

  • Jabalí (Sus scrofa)
  • Ciervo Rojo (Cervus elaphus)
  • Cabra Montés (Capra pyrenaica hispanica)
  • Buitre Leonado (Gyps fulvus)
  • Aguililla Calzada (Aquila pennata)
  • Cernícalo Vulgar (Falco tinnunculus)
  • Cuco Común (Cuculus canorus)
  • Alondra Común (Alauda arvensis)
  • Totovía (Lullula arborea)
  • Bisbita Campestre (Anthus campestris)
  • Lavandera Blanca (Motacilla alba alba)
  • Lavandera Cascadeña (Motacilla cinerea)
  • Chochín Común (Troglodytes troglodytes)
  • Acentor Alpino (Prunella collaris)
  • Colirrojo Tizón (Phoenicurus ochruros)
  • Tarabilla Europea (Saxicola rubicola)
  • Collalba Gris (Oenanthe oenanthe)
  • Curruca Capirotada (Sylvia atricapilla)
  • Herrerillo Común (Cyanistes caeruleus)
  • Oropéndola Europea (Oriolus oriolus)
  • Urraca (Pica pica melanotos)
  • Chova Piquirroja (Pyrrhocorax pyrrhocorax)
  • Pardillo Común (Carduelis cannabina)
  • Escribano Hortelano (Emberiza hortulana)

domingo, 11 de enero de 2015

AGUARDO EN EL HIDE DEL MULADAR

     En un rincón de las estribaciones de Sierra Madrona hay un muladar, desde donde a través de las ventanas de un hide, tuve una apasionante vivencia campera hace un par de días. Fui testigo de unas espectaculares secuencias que tuvieron por protagonistas a las aves necrófagas, como si estuviera visionando un documental, que aquí narro lejos de la elocuencia de haberlo podido presenciar en directo.
     En camino, por la noche, se nos cruzó un ratón en la carretera. Circulando ya por los carriles interiores de la finca, vimos una liebre con las luces de la furgoneta, e intuimos las siluetas de unos ciervos en la oscuridad, bajo el resplandor de la luna decreciente. Una vez colocados en el interior del hide, cada cual en su sitio, solo rompía el silencio el búho real con su cantar, mientras esperábamos el amanecer.
     Con el clareo de las primeras luces, pudimos ver la primera ave que hizo su aparición en el muladar, una hembra de colirrojo tizón que se posó sobre el cadáver del ciervo. Sopló el aire con cierto vigor, el rato posterior a la salida del sol que bañaba de luz las altas lomas, pero no hacía demasiado frío. Un par de zorzales se posaron en las partes altas del las encinas, mientras ya podíamos ver los buitres leonados posados en los cercanos riscos. Despegaron los primeros, pero pasaron de largo. Escuchamos al águila imperial, y también a los cuervos, pero todavía no había entrado nada al muladar. Los bandos de palomas también pasaban cerca. Unos aviones roqueros revolotearon por allí. Otro grupo de buitres cicleó sobre el muladar, pero altos, antes de alejarse, mientras una lavandera cascadeña se afanaba en la caza de insectos entorno a la carroña.
     El grueso de colonia de buitres leonados, junto algún negro, volaba, desfilando hacia otra parte. El vuelo bajo de una joven águila real junto a un viejo buitre negro sobre el muladar, creó el primer momento de gran expectación en el grupo que aguardaba que llegara a posarse alguna gran rapaz a tiro de sus objetivos fotográficos. Poco después un par de buitres leonados, dieron unas vueltas sobre el muladar, volando bajo, pero también se fueron.

Águila Imperial joven, sobre la copa de una encina

     A nuestras espaldas podían oírse los arrendajos, y mientras uno de estos córvidos se entretenía en picotear un trozo de carne en un posadero de una encina seca, se dejó caer el águila imperial, que vino a pararse sobre la copa de una encina. Era un ejemplar joven que permaneció bastante rato en el sitio que eligió de posadero, mientras simultáneamente unos milanos reales comenzaron a sobrevolarnos. Y solo cuando el águila se fue, se dedicaron los milanos a dar pasadas y hacer picados para tratar de coger con sus garras algún trozo de carne. Solo un milano se atrevió a aterrizar en el suelo, aunque por un breve momento, tras llevarse un jirón de carne. Entre tanto un joven buitre negro se paró cerca del muladar, lejos del hide, pero después de un rato se acabo marchando.
     Se sucedió el rato de actividad de las rapaces, con la calma, en el que el grupo deparaba entonces en los colirrojos tizones y los arrendajos que visitaban el muladar. Alguna paloma se adentraba en el interior de las copas de las encinas del interior del recinto acotado, mientras que de vez en cuando, algún que otro zorzal pasaba volando. También se acercaron los primeros rabilargos, que expulsaron a la lavandera cascadeña de las inmediaciones de la carroña. De todos modos, a la cascadeña le salió otro competidor más directo. Una lavandera blanca, ligeramente más grande, que también se dedicaba a capturar insectos, alejaba a la cascadeña de su lado, allá donde iba. Se oían a las perdices por detrás de nuestra posición. Un cernícalo pasó raudo sobre el muladar. Y llegó el primer cuervo, a posarse sobre una encina, desde donde emitía su llamada, hasta que poco después apareció su compañero.

El vuelo de una joven Águila Real

     De repente los rabilargos y los arrendajos desaparecieron. Y del cielo cayó una joven águila real, que en seguida se vio acosada por la pareja de cuervos, hasta posarse en interior de la frondosa copa de una encina. No podíamos verla, pero sabíamos que estaba allí. Los rabilargos, los arrendajos y uno de los cuervos marcaban su posición con sus voces de alarma. Pero el águila trepó con un aleteo hasta la percha superior de la encina, coronándola, y descubriéndose ante nuestra atónita mirada. Y desde ahí se tiró al suelo, donde anduvo y estuvo picoteando los viejos esqueletos. Alzó el vuelo para intentar apostarse en un posadero, la rama seca de una encina, pero el lance de los cuervos puso al gigante alado en retirada.

Deslizándose planeando
Aterrizando






























     Pero no esperamos mucho tiempo, cuando la joven águila imperial vuelve aparecer, parándose directamente en el suelo, bajo una encina. Y casi a la vez llegó otra vez la joven real, que fue a colocarse frente a la imperial. Los retoños de otra encina que teníamos delante no nos dejaron ver con claridad la breve escaramuza, que acabó abandonado la imperial para posarse sobre la copa de una encina. La real imitó a su competidora, apostándose en otra encina. Y en una tercera encina, la pareja de cuervos estaba tan pendiente de las águilas como nosotros. Más impaciente que la imperial, la real cambia de encina, a lo que los cuervos responden arrojándose en picado sobre ella, en el corto trayecto. Las águilas permanecieron tranquilamente sobre sendas encinas durante un largo rato. La primera en irse fue la real, y bastante después hizo lo mismo la imperial.


Levantando el vuelo
Increpada por un cuervo






























     Los milanos también retornaron con sus acrobacias aéreas, sus virajes y sus picados para llevarse algún pedazo de carne consigo. El cernícalo también volvió a aparecer por allí. Un nuevo visitante fue la abubilla, prospectando el suelo. Los cuervos siguieron por allí, y bajando a recoger trozos de carne sueltos. Los arrendajos pasaban y parecían pararse por curiosear. Los rabilargos iban y venían sobre la carcasa del ciervo. Los colirrojos tizones se dedicaban a capturar insectos, sin que mediasen enfrentamientos con las dos lavanderas. Y el desfile de buitres comenzó de nuevo, esta vez en dirección al roquedo.
     Entrada la tarde, cuando ya no se espera que llegue ningún comensal del muladar, avisamos al guarda para que viniese a buscarnos. Es muy importante seguir este procedimiento, pues aunque aparentemente no haya ningún ave cerca, si alguna llega a detectarnos salir directamente desde el hide, podría recelar. Antes de salir de la finca pudimos ver tres abubillas, unos ciervos, un gavilán y algunos muflones. Por la carretera vimos los estorninos congregados en los cables de los tendidos eléctricos, un par de cigüeñas en los campos, más un par de ratoneros sobre sendos postes de las dehesas del Valle de los Pedroches.

Fotografías: gentileza de Julen Gayarre y Luke Massey.


Lista de Especies Observadas (Orden Sistemático):

  • Ratón de Campo (Apodemus sylvaticus)
  • Liebre Ibérica (Lepus granatensis)
  • Muflón (Ovis orientalis)
  • Ciervo Rojo (Cervus elaphus)
  • Cigüeña Blanca (Ciconia ciconia)
  • Milano Real (Milvus milvus)
  • Buitre Leonado (Gyps fulvus)
  • Buitre Negro (Aegypius monachus)
  • Gavilán Común (Accipiter nissus)
  • Busardo Ratonero (Buteo buteo)
  • Águila Imperial Ibérica (Aquila adalberti)
  • Águila Real (Aquila chrysaetos)
  • Cernícalo Vulgar (Falco tinnunculus)
  • Perdiz Roja (Alectoris rufa)
  • Paloma Torcaz (Columba palumbus)
  • Búho Real (Bubo bubo)
  • Abubilla (Upupa epops)
  • Avión Roquero (Ptyonoprogne rupestris)
  • Lavandera Blanca (Motacilla alba alba)
  • Lavandera Cascadeña (Motacilla cinerea)
  • Colirrojo Tizón (Phoenicurus ochruros)
  • Zorzal Común (Turdus philomelos)
  • Arrendajo Común (Garrulus glandarius)
  • Rabilargo Ibérico (Cyanopica cooki)
  • Cuervo Grande (Corvus corax)
  • Estornino Negro (Sturnus unicolor)

lunes, 20 de mayo de 2013

PASEANDO POR LOS CAHORROS

     El último día que estuve en Granada, ayer, antes de regresar a Andújar, salí a dar un breve paseo por las estribaciones de Sierra Nevada en compañía de Eli y su amiga Nati, buena conocedora del mundo de las aves, con quienes compartí una amena jornada. El sitio que elegimos para estirar las piernas fueron Los Cahorros, dada su cercanía a Granada y el poco tiempo del que yo disponía. Para los tres, constituía la primera vez que íbamos allí.
     En las altas y lejanas cumbres de Sierra Nevada, que se vislumbran desde la misma Granada y también llegando a Monachil, resplandecía bajo el sol el blanco manto de nieve que las cubre, oponiendo resistencia el frío de un invierno tardío. Por debajo de esas cotas, la Naturaleza desplegaba su máximo esplendor en el apogeo de la primavera reinante, ajena a los calores de mayo que ya asolan los campos de las vegas de altitudes más bajas.
     No recorrimos todo el sendero, ni siquiera llevábamos un rumbo predeterminado. Íbamos improvisando nuestra marcha, parando aquí y allá, disfrutando del paisaje que nos rodeaba, un abrupto estrechamiento rocoso por el que discurría el caudaloso río Monachil, paralelo al cual, estaban trazados los caminos que constituyen el sendero de Los Cahorros, labrado en la piedra, y con puentes colgantes sobre el río.

Sendero de Los Cahorros, sobre la garganta del Río Monachil

     Encaminándonos dirección al principio del sendero, nos detuvimos a mirar como una lagartija se soleaba en un muro, y al llegar al punto de partida, busqué con los prismáticos al carbonero que cantaba entre las ramas de un arbolillo. Eran las primeras horas de la tarde, y a parte de la actividad humana, otros senderistas y excursionistas, así como algunos escaladores, no parecía que hubiese ningún animal en las inmediaciones. Quizás yo tampoco iba prestando mucha atención al principio. Cuando cruzamos el primer puente, paramos a orillas del río a almorzar.
     Resultó bastante entretenido el trecho que recorrimos. En algunos puntos debíamos agarrarnos a unas asas metálicas puestas en la pared. Otro tramo lo salvamos Eli y yo sentándonos al borde del poyete del camino y dando pequeños saltos y arrastrando el culo. En otro tramo pasamos bajo una gruta en la roca. Al salir de esta gruta estuvimos un rato viendo a una pareja de colirrojos tizones. Entre las grietas de las rocas crecían diversas especies de plantas que no conocíamos. El camino se abría a campo abierto donde dimos la vuelta. En este lugar crecía el espino albar, cubierto copiosamente de albas flores, y los aviones roqueros volaban a cielo descubierto. Y sobre las escarpadas aristas rocosas vimos el vuelo de un halcón que portaba en sus garras una presa abatida.

Flores del Espino Albar

     De vuelta sobre nuestros pasos, logramos ver tanto algunas lavanderas blancas, como algún que otro espécimen de lavandera cascadeña, pero ambas especies compartían el recorrido del río. Cuando regresamos, antes de volver a los aparcamientos, tomamos una ruta alternativa, adentrándonos en una zona más boscosa. Parecía estar menos concurrido este tramo de la ruta. Aquí detectamos al chochín por su canto, y entre la vegetación logramos ver un petirrojo. Los negros mirlos también estaban presentes, que volaban entre la vegetación ripícola, a veces alarmados. Y más arriba, cercanas a los ambientes rupícolas, volaba un bando de aves, también negras, que habían llamado nuestra atención por sus voces, las chovas piquirrojas.

(*) Fotografías: gentileza de Natividad Aguilera.


Lista de Especies Observadas (Orden Sistemático):

·         Halcón Peregrino (Falco peregrinus brookei)
·         Avión Roquero (Ptyonoprogne rupestris)
·         Lavandera Blanca (Motacilla alba alba)
·         Lavandera Cascadeña (Motacilla cinerea)
·         Chochín Común (Troglodytes troglodytes)
·         Petirrojo Europeo (Erithacus rubecula)
·         Colirrojo Tizón (Phonicurus ochruros)
·         Mirlo Común (Turdus merula)
·         Carbonero Común (Parus major)
·         Chova Piquirroja (Pyrrhocorax pyrrhocorax)
·         Lagartija Ibérica (Podarcis hispanica)

sábado, 22 de diciembre de 2012

DE MARCHA SENDERISTA POR DESPEÑAPERROS: EL RÍO DE LA CAMPANA Y LA CUEVA DE LOS MUÑECOS

     Después de un tiempo de inactividad, ayer retomamos Merche, Azu y yo a nuestra tarea de reconocimiento de senderos para Educación Ambiental. Nos dirigimos a Despeñaperros para terminar con los dos que aún nos quedaban allí: El Río de la Campana y La Cueva de los Muñecos. Puesto que no son muy largos, recorrimos los dos ayer mismo.
     De camino hacia el área recreativa de La Aliseda los rabilargos eran las aves que se dejaban ver por el entorno. Allí parte y allí acaba el sendero del Río de la Campana que discurre paralelo y cercano al cauce. Pero antes de iniciar el recorrido del sendero, dimos una vuelta por el área recreativa. Se trata de un enclave privilegiado, que por desgracia está muy descuidado, con las pocas papeleras que tiene, que o bien están rotas, o bien saturadas de basura debido a que no se vacían con frecuencia.

Sendero del Río de la Campana
     Un pico picapinos emitía sus notas monosilábicas oculto en algún lugar del bosque, que poco después lo vimos volar al cruzar el gran claro del área recreativa. Salvo el pájaro carpintero, la calma parecía imperar en la mañana del último día del otoño, hasta que irrumpió en el lugar una bandada de lúganos que se movían entre las desojadas ramas de los alisos del río.
     Empezamos el recorrido por la parte más alta, entre encinas y pinos, para volver por la más baja y cercana al río, bajo un denso pinar y los árboles de la ribera. Ese segundo tramo del sendero comienza en un pequeño llano en el crecen dos fresnos enormes, junto al puente por donde va la carretera que cruza el río, además de unos grandes pinos piñoneros mezclados con unos altos cedros. Caminando por esta segunda parte del sendero, en el mismo sentido en que corren las cristalinas aguas del estrecho río, pudimos ver un mirlo en la orilla de en frente. Y por el mismo cauce revoloteaba una lavandera cascadeña.

Río de la Campana














     Volvimos a La Aliseda de donde partimos hacia el inicio del Sendero de la Cueva de los Muñecos. Antes de llegar al lugar ya se podían descubrir las siluetas de los buitres en su vuelo planeado. Este sendero parte de un museo, actualmente cerrado, y aunque es lineal tiene la peculiaridad de estar dividido en dos tramos opuestos, uno llamado Cerro del Castillo que sube a la cima de un monte donde yacen las ruinas de un antiguo poblado íbero, y otro que baja a la Cueva del Collado de los Jardines, conocida como Cueva de los Muñecos. Nosotros acometimos primero la subida al Cerro del Castillo, y bajamos después a la Cueva de los Muñecos. Junto al Centro de Interpretación del Patrimonio Histórico, edificado sobre un antiguo aprisco, vimos un par de zorzales comunes.

El Cerro de los Órganos contemplado desde la cima del Cerro del Castillo

     La senda sube al principio a través de un encinar que pronto da paso a un área desarbolada en la que aflora la roca desnuda. Desde esta zona despejada, al echar la vista atrás y a pesar de la luz tan dura que había, podíamos ver la umbría del monte de en frente por donde trepa un denso encinar mezclado con quejigos y cornicabras, vestidos de tintes anaranjados y rojizos respectivamente. Los buitres leonados no volaban demasiado lejos sobre nuestras cabezas. Entre las ruinas de la cima pudimos descubrir unos pocos verdecillos, y al coronar lo más alto se nos abre el campo de visión abarcando el paisaje de Despeñaperros y de Monumento Natural de Los Órganos.

El roquedo de la Cueva de los Muñecos
     La bajada la cueva de los Muñecos, por el contrario, atraviesa la espesura del encinar, que solo se abre al llegar a la ubicación de la cueva, donde realizaron distintas excavaciones arqueológicas en las que se hallaron miles de figuras y exvotos ofrecidas a los dioses. Entre las encinas se mezclan alcornoques, y aparecen lentiscos, cornicabras, enebros de la miera y arces de Montpellier, de porte espectacular algunos ejemplares de estas dos últimas especies, de aspecto arbóreo más que arbustivo. Al llegar a la grieta de la cueva, se siguen viendo los planeos de los buitres. A la vuelta, ascendiendo hacia el museo, descubrimos al trepador azul en sus correrías verticales por los troncos de los árboles, que previamente se había delatado su potente trino.
     Para almorzar elegimos volver a La Aliseda, donde nuevamente observamos nomadeando por la zona al cuantioso bando de lúganos que vimos en la mañana.

(*) Fotografías: gentileza de Mercedes Coco.


Lista de Aves Observadas (Orden Sistemático):

  • Buitre Leonado (Gyps fulvus)
  • Pico Picapinos (Dendrocopos major)
  • Lavandera Cascadeña (Motacilla cinerea)
  • Mirlo Común (Turdus merula)
  • Zorzal Común (Turdus philomelos)
  • Trepador Azul (Sitta europaea caesia)
  • Rabilargo Ibérico (Cyanopica cooki)
  • Verdecillo Común (Serinus serinus)
  • Lúgano (Carduelis spinus)

domingo, 23 de octubre de 2011

DOBLE SESIÓN DE HIDE: POR LA MAÑANA EN LA ROPERA

     A David le habían contado que un avetoro estaba parando en la desembocadura del Jándula, así que ayer por la mañana, temprano, decidimos ir en su busca. Aunque nos plantamos con el hide, ocultos entre la vegetación ripícola, a la orilla del río, no hubo suerte con la rara garza. En cambio si avistamos a muchas otras aves en las cuatro horas largas que allí estuvimos.
     En el corto trayecto que separa Andújar de La Ropera vimos algunos gorriones iniciando su actividad mañanera, y un mochuelo, oteando desde un poste, apurando su actividad nocturna.
     Cuando llegamos al sitio, decidimos montar el hide bajo las ramas de un sauce, y comenzó nuestra espera. Las primeras manifestaciones que tuvimos de las aves eran sonoras. La repetitiva estrofa del ruiseñor bastardo, la grave voz del verderón, y los ruidosos graznidos de los rabilargos. Poco a poco se veía alguna gallineta prospectando el borde de la orilla de enfrente, y el río era cruzado por algún mirlo, algún arrendajo, y varios rabilargos. Los patos parecían saber que estábamos allí, y solo pasaban en vuelo siguiendo el cauce.

Lavandera Cascadeña

     La orilla donde estábamos era bastante interesante, puesto que teníamos delante un extenso banco de lodo, y justo en frente un pequeño islote. Una garza real estuvo bastante tiempo posada sobre este banco de lodo, pero muy alejada de nosotros. Los andarríos chicos merodeaban algo más cerca, y de vez en cuando levantaban el vuelo y pasaban cerca de nosotros, dejando oír sus trinos. También acudieron a estos lodos algunos zorzales charlos, pero siempre muy cerca de la espesura de la vegetación del borde. El martín pescador dio varias pasadas, llegando a posarse no solo en la orilla de en frente, si no también en la que estábamos nosotros, cerca del hide, pero oculto entre el follaje de las ramas de los árboles. Las lavanderas, tanto la blanca como la cascadeña, fueron los pájaros más confiados, que más se acercaron a nosotros. Poco a poco también se nos acercaron los andarríos chicos, pero siempre guardando las distancias, e incluso llegaron un par de andarríos grandes al mismo banco, aunque algo lejos de nosotros. Entre la somera vegetación del islote pululaba algún mosquitero y un par de bisbitas. Entre tanto los patos ya habían empezado a nadar en los alrededores de nuestra ubicación, varios reales y algunos frisos. En un momento de calma, en el que ningún ave se observaba por las inmediaciones, apareció una hembra de aguilucho lagunero, volando despacio sobre el río, vigilando el río, buscando alguna presunta presa. Pasado el peligro, la actividad ornítica reapareció en aquel tramo de río. Los ánades reales y frisos volvieron a nadar por allí, los andarríos grandes y chicos volvieron a seguir sondeando aquel lodo de la orillas, las lavanderas volvieron a revolotear en las cercanías. También surgían de la espesura del bosque en galería, carboneros y pinzones, y alguna que otra curruca capirotada que de vez en cuando se paraban en las ramas bajas de los sauces que asomaban a la orilla.

Andarríos Chico

     La mañana había avanzado aproximándose a las horas centrales del día, y poco a poco la actividad de los pájaros disminuyó hasta acabar desapareciendo por completo. Entonces decidimos levantar el hide. Yendo hacia el coche, nos topamos con petirrojo y podíamos escuchar a los pardillos cantar.

Fotografías: gentileza de David Torres.


Lista de Aves Observadas (Orden Sistemático):

  • Garza Real (Ardea cinerea)
  • Ánade Friso (Anas strepera)
  • Ánade Azulón (Anas platyrhynchos)
  • Aguilucho Lagunero Occidental (Circus aeruginosus)
  • Gallineta Común (Gallinula chloropus)
  • Andarríos Grande (Tringa ochropus)
  • Andarríos Chico (Actitis hypoleucos)
  • Mochuelo Europeo (Athene noctua vidalii)
  • Martín Pescador Común (Alcedo atthis)
  • Bisbita Pratense (Anthus pratensis)
  • Lavandera Blanca (Motacilla alba alba)
  • Lavandera Cascadeña (Motacilla cinerea)
  • Petirrojo Europeo (Erithacus rubecula)
  • Mirlo Común (Turdus merula)
  • Zorzal Charlo (Turdus viscivorus)
  • Ruiseñor Bastardo (Cettia cetti)
  • Curruca Capirotada (Sylvia atricapilla)
  • Mosquitero Común (Phylloscopus collybita)
  • Carbonero Común (Parus major)
  • Arrendajo Común (Garrulus glandarius)
  • Rabilargo Ibérico (Cyanopica cooki)
  • Gorrión Común (Passer domesticus)
  • Pinzón Vulgar (Fringilla coelebs coelebs)
  • Verderón Común (Chloris chloris)
  • Pardillo Común (Carduelis cannabina)