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miércoles, 4 de mayo de 2016

SENDERISMO EN CONTADERO-SELLADORES Y EN EL CENTENILLO

     Con la idea de hacer senderismo y de observar un poco el área nororiental de la Sierra de Andújar, Elena, Fran y yo, nos desplazamos hace un par de días hasta aquella zona, a la finca de Contadero-Selladores, donde hace unas semanas estuve de Voluntariado, y a la aldea minera de El Centenillo, lugares a los que tenemos menos oportunidad de acudir con frecuencia.

Bosque Mediterráneo, autóctono y bien conservado, cubriendo los montes de Contadero-Selladores

     La Naturaleza en su apogeo primaveral, impregnaba de vida los lugares por los que pasamos, en los que estuvimos. Saliendo de Andújar era fácil ver estorninos y tórtolas turcas en los tendidos eléctricos que se elevan sobre los campos de cultivo aledaños al pueblo. Al pasar por la zona donde comienza el monte aparecían las urracas. Pero no es hasta donde empezamos a circular por la estrecha y bacheada carretera que nos conduciría hasta Contadero-Selladores donde se amplían nuestras observaciones de aves, y donde tenemos oportunidad de pararnos con más detenimiento a tratar de verlas con calma. Urracas, rabilargos y palomas torcaces se suceden con regularidad a lo largo del camino, intercaladas con algunas abubillas mirlos y pinzones.
     Cuando nos parábamos a ver algo, solíamos descubrir otras cosas, con lo que se alargaban nuestras detenciones. Así nos pasó donde paramos a contemplar los abejarucos, que también vimos a la abubilla, detectamos a los trigueros por su canto, posados en las alambradas, mientras se paseaban las golondrinas sobre los floridos mantos de hierba que cubrían el campo. Otras paradas más breves, y específicas, se las dedicamos a los alcaudones, tanto comunes como a un real, y a los aláudidos más montaraces, las cogujadas montesinas y a las totovías, a los cuales también escuchamos. Pararnos para ver una liebre que cruzó la pista con bastante tranquilidad para lo apresuradas que suelen ser, nos permitió ver también unas perdices. Apenas pudimos ver unos instantes, en sus huidizos vuelos al pito real, el zorzal charlo y un críalo, alejándose del camino a nuestro paso. En una zona de pastizal más abierto podían verse con facilidad las tórtolas turcas, estorninos, gorriones y trigueros, pero aquí nos detuvimos a mirar a unas lavanderas boyeras, machos de subespecie alemana que se encuentran en paso. Detenernos más adelante para mirar con los prismáticos a unos buitres de altos vuelos, nos dio la oportunidad de ver elevarse una nutrida columna de chovas piquirrojas, volando en espiral en una corriente térmica. También se dejó ver algún que otro ciervo, y paramos en la carretera para ver a un lagarto que soleaba en el asfalto.
     Paramos un rato también en el Mirador de los Pastores, desde donde vimos pasar volando vencejos, aviones y palomas sobre las dehesas de los alrededores. Después iniciamos el Sendero de los Cuatro Términos porque culmina en un punto donde se juntan los términos municipales de Andújar, Villanueva de la Reina, Baños de la Encina y El Hoyo. Jara pringosa, enebros de la miera, labiérnagos y madroños constituyen el sotobosque que circunda este sendero, del que despuntan encinas y alcornoques, y bajo cuya sombra brotan las peonías. Nos vimos envueltos en la esencia misma del Monte Mediterráneo. Carboneros, pinzones y arrendajos aportaban sonido al bosque, a los cuales llegamos a ver.

Las dehesas, vistas desde el Mirador de los Pastores

     Almorzamos en el Área Recreativa de La Aliseda, por donde pasó un águila calzada sobre el dosel del pinar. Podía oírse el canto de la tórtola común, y también se movió por allí algún que otro arrendajo. Después nos dirigimos hacia la aldea de El Centenillo, donde completamos nuestros recorridos senderistas con dos cortos itinerarios. En ambos contemplamos restos del patrimonio minero de la zona. Primero hicimos el Sendero circular de Pozo Nuevo, con espectaculares vistas a las lomas del este, nexo de unión entre la Sierra de Andújar y Despeñaperros. Se oyeron pinzones y algún carbonero durante el recorrido.

Sierras orientales, a caballo entre Andújar y Despeñaperros

     Al pasar por el poblado de El Centenillo, para dirigirnos al inicio del Sendero del Cerrillo del Plomo pudimos ver gorriones y estorninos, pero nos fijamos en una lavandera boyera que se movía por sus aledaños. Al mirarla detenidamente, nos dimos cuenta que se trataba de un macho de la raza italiana, que exhibía el casco de la cabeza gris oscuro.
     El Sendero del Cerrillo del Plomo es lineal, bajando por lo más profundo en un valle, entre pinares, hasta llegar al cerro propiamente dicho, donde escuchamos al agateador y al pico picapinos. Al pájaro carpintero lo acabamos viendo cuando levantó el vuelo. De vuelta, cuando íbamos subiendo se nos cruzó una joven lagartija colilarga y vimos a una pareja de chovas, que habían llamado nuestra atención con sus voces. De los pinares circundantes a la senda también las ásperos sonidos del arrendajo.

Anochecer en la Sierra de Andújar

     En el camino de vuelta, al atardecer, se multiplicaron el número de ciervos que vimos, alguno hasta en la misma pista. Pero al poco de haber iniciado el camino nos detuvimos a contemplar el vuelo de tres águilas calzadas. Durante la marcha levantamos a nuestro paso, pinzones y totovías, así como algún mirlo que se cruzó en el camino. Además se atravesó la carretera un apresurado zorro, y al pararnos para tratar de verlo, descubrimos la silueta de una rapaz posada junto a una alberca. Cuando levantó el vuelo comprobamos que se trataba de un ratonero, Pero se siguieron sucediendo cosas, y en la alberca deparamos que nadaban una pareja de patos. Cuando salieron a tierra, y dejó de darles directamente la luz del sol, aseguramos que se trataba de azulones. Otra parada se la dedicamos a un águila culebrera que estaba posada en lo alto de una torreta metálica del tendido eléctrico. Nos paramos un rato en el Mirador de los Alarcones, a comisquear algo, mientras contemplábamos con las últimas luces el Embalse del Rumblar. En el entorno, había trigueros, estorninos, gorriones y tórtolas turcas. Al caer la oscuridad, solo vimos algunos ciervos más, de los que estaban junto a la carretera.

(*) Fotografías: gentileza de Elena Pulido.


Lista de Especies Observadas (Orden Sistemático):

  • Liebre Ibérica (Lepus granatensis)
  • Zorro Rojo (Vulpes vulpes)
  • Ciervo Rojo (Cervus elaphus)
  • Ánade Azulón (Anas platyrhynchos)
  • Buitre Leonado (Gyps fulvus)
  • Busardo Ratonero (Buteo buteo)
  • Culebrera Europea (Circaetus gallicus)
  • Aguililla Calzada (Aquila pennata)
  • Perdiz Roja (Alectoris rufa)
  • Paloma Torcaz (Columba palumbus)
  • Tórtola Europea (Streptopela turtur)
  • Tórtola Turca (Streptopela decaocto)
  • Críalo Europeo (Clamator glandarius)
  • Abejaruco Común (Merops apiaster)
  • Abubilla (Upupa epops)
  • Vencejo Común (Apus apus)
  • Pito Real Ibérico (Picus sharpei)
  • Pico Picapinos (Dendrocopos major)
  • Cogujada Montesina (Galerida theklae)
  • Totovía (Lullula arborea)
  • Golondrina Común (Hirundo rustica)
  • Avión Común (Delichon urbicum)
  • Lavandera Boyera Alemana (Motacilla flava flava)
  • Lavandera Boyera Italiana (Motacilla flava cinereocapilla)
  • Mirlo Común (Turdus merula)
  • Zorzal Charlo (Turdus viscivorus)
  • Carbonero Común (Parus major)
  • Agateador Común (Certhia brachydactyla)
  • Alcaudón Común (Lanius senator)
  • Alcaudón Real (Lanius meridionalis)
  • Arrendajo Común (Garrulus glandarius)
  • Rabilargo Ibérico (Cyanopica cooki)
  • Urraca (Pica pica melanotos)
  • Chova Piquirroja (Pyrrhocorax pyrrhocorax)
  • Estornino Negro (Sturnus unicolor)
  • Gorrión Común (Passer domesticus)
  • Pinzón Vulgar (Fringilla coelebs coelebs)
  • Triguero (Miliaria calandra)
  • Lagartija Colilarga (Psammodromus algirus)
  • Lagarto Ocelado (Timon lepidus lepidus)

sábado, 9 de enero de 2016

RUTA CAMPERA POR LA SIERRA DE ANDÚJAR

     Mi segunda salida campera del año fue hace tres días a la Sierra de Andújar, en compañía de Raimundo y Esteban, y en la que pude conocer a Ana. No estaba en el mejor momento de salud, y el día, gris, húmedo y frío, se tornó en una jornada bastante completa en lo que a observaciones de fauna se refiere.
     Como de costumbre, quedamos al inicio de la carretera que sube a la sierra, pero en lugar ir directamente hacia allí, nos dimos una vuelta por la zona de Los Cerrillos. Entre los olivares, otros cultivos y el cinturón de pastizal que constituyen Los Cerrillos, área de transición entre la sierra y los campos de labor, podían verse urracas, estorninos, tórtolas turcas, y lavanderas blancas y cogujadas. Sobre unos juncos que crecían junto a un arroyó se posó una tarabilla. En nuestro camino se cruzó literalmente un gavilán, volando bajo y a gran velocidad, al que paramos a ver hasta ocultarse en unas adelfas. Por allí cerca también pudimos ver una garcilla bueyera.
     Nos acompañaron en nuestro camino por la sierra urracas, rabilargos, tórtolas turcas, algunos pinzones y unos mirlos. Nuestro destino fue La Lancha, y llegando a las curvas donde aguardaríamos en espera de ver al lince, nos fijamos en un alcaudón real que oteaba desde lo alto de un poste. Pero eché de menos durante el recorrido los ciervos que suelen verse junto al camino, seguramente refugiados en la tranquilidad de áreas más interiores, alejados del trasiego de vehículos de esta época.
     En nuestras observaciones descubrimos algunos ciervos lejanos. Unas perdices tomaban un baño de tierra en una pista. Divisamos un par de chovas en vuelo a las que antes escuchamos sus llamadas. Sonaban entre los arbustos los reclamos de las currucas cabecinegras y rabilargas. En el interior de un acebuche al que me acerqué atraído por sus reclamos descubrí unos herrerillos y una familia de mitos. Nunca supe si tal algarabía se debía a algún conflicto de relaciones interespecíficas. Los buitres planeaban dispersos, siendo complicado distinguir los leonados de los negros de lejos, a falta de luz contra el gris cielo.

Buitre Leonado

Buitre Negro






































     Entre los buitres, apareció el águila imperial. Nos acercamos hacia donde estaba, pero pronto nos centramos en buscar otra cosa. Nos acababan de decir que un lince acababa de cruzar el camino, y el moteado gato no tardó en dejarse ver. Lo estuvimos contemplando desde unos 200 metros de distancia, unos cuantos minutos. Probablemente se tratara del mismo ejemplar que vimos Raimundo y yo el 2 de enero, y aunque entonces lo vimos en un par de ocasiones, fue a más de un kilómetro de distancia. En su camino hizo una parada para orinar, marcando así su territorio. Pero su camino lo llevó a volcar al otro lado de la ladera. Ya que lo había visto, y no tenía mayor interés en seguirlo. Me quedé con Esteban, y mientras esperábamos que Ana y Raimundo volvieran, vimos un verderón posarse en la alambrada.
     Apuntar, eso sí, que con la presencia de tanta gente como acude a este lugar atraída por el celo del lince, tanto como los propios linces, resulta fácil verlos, pues más tarde o más temprano alguien acaba localizándolo, más lejos o más cerca. No es lo más atractivo observarlo entre tanta gente para el naturalista, ni tampoco el fotógrafo consigue imágenes exclusivas e inéditas de la especie, pero es un aliciente esta facilidad con la que se puede descubrir al lince, que también se mueve más impulsado por sus instintos reproductores en esta época, periodo delicado y crucial para la especie. Y aunque se pude presumir más o menos un comportamiento éticamente correcto en los observadores y fotógrafos de naturaleza, también es cierto que estas concentraciones en el camino de La Lancha pueden constituir una barrera que los linces no pueden cruzar, sobre todo cuando se forman procesiones de gente que, llevados por el interés que suscita observarlos y que lógicamente siente cualquiera al que le gusten los animales, les siguen a cada paso, para satisfacer la curiosidad que sana y egoístamente tenemos los amantes de la Naturaleza. Por desgracia sigue quedando algún descerebrado, que intuyendo la trayectoria que seguirá el lince, se coloca cortándole el paso en aras de capturar la foto “perfecta”, pero afortunadamente son muchos los que toman consciencia de ello, y aunque se apelotonen en un determinado punto para verlo, este queda transversal o paralelo al sentido en el que se desplaza el animal.
     Cuando de nuevo nos juntamos los cuatro, elegimos un nuevo destino, y tiramos para el Encinarejo. Volvimos a ver al alcaudón real cuando nos íbamos. De camino, vimos rabilargos, urracas y bastantes tórtolas turcas. Paramos para ver una pareja de pitos reales en una dehesa. Mientras uno de los componentes voló lejos, el otro se posó en una encina no muy lejana, pero como es costumbre en los pájaros carpinteros optó por ponerse en la otra cara del tronco, opuesta a nosotros. Más adelante volvimos a parar, junto a un arroyo en cuyo entorno encontramos un tritón ibérico, en fase terrestre, y que aunque era adulto, se trataba de un ejemplar inmaduro.

Tritón Ibérico

     Pasaron los cormoranes sobre el Río Jándula, mientras comíamos en la aledaña área recreativa del Encinarejo, sobrevolada por los aviones roqueros. Después de almorzar dimos un paseo junto al río. Revoloteaba un mosquitero entre los cantos rodados entre los que corría el agua, adonde acudieron a beber unos jilgueros. Fue fácil descubrir al escribano montesino en las desnudas ramas de un sauce. Se escuchó el regañante reclamo del carbonero provenir del soto fluvial.
     Pasamos el resto de la tarde, hasta que nos fuimos, en el mirador, desde donde divisamos ciervos ciervos y gamos al frente. Los aviones roqueros también volaban por allí, y además de los cormoranes, también pasó la garza real, dejándonos oír su graznido. Acudió un carbonero que estuvo posado brevemente en los lentiscos cercanos. Y vimos el vuelo batido del martín pescador recorrer el cauce, junto a la deshojada fresneda, que más tarde eligió una rama como posadero no muy lejos del mirador desde el que lo observábamos.

Martín Pescador

(*) Fotografías: gentileza de Raimundo Gómez.


Lista de Especies Observadas (Orden Sistemático):

  • Lince Ibérico (Lynx pardinus)
  • Ciervo Rojo (Cervus elaphus)
  • Gamo (Dama dama)
  • Cormorán Grande (Phalacrocorax carbo)
  • Garcilla Bueyera (Bubulcus ibis)
  • Garza Real (Ardea cinerea)
  • Buitre Leonado (Gyps fulvus)
  • Buitre Negro (Aegypius monachus)
  • Gavilán Común (Accipiter nisus)
  • Águila Imperial Ibérica (Aquila adalberti)
  • Perdiz Roja (Alectoris rufa)
  • Tórtola Turca (Streptopelia decaocto)
  • Martín Pescador Común (Alcedo atthis)
  • Pito Real Ibérico (Picus sharpei)
  • Pico Picapinos (Dendrocopos major)
  • Cogujada Común (Galerida cristata)
  • Avión Zapador (Ptyonoprogne rupestris)
  • Lavandera Blanca (Motacilla alba alba)
  • Tarabilla Europea (Saxicola rubicola)
  • Mirlo Común (Turdus merula)
  • Curruca Rabilarga (Sylvia undata)
  • Curruca Cabecinegra (Sylvia melanocephala)
  • Mosquitero Común (Phylloscopus collybita)
  • Mito Común (Aegithalos caudatus irbii)
  • Carbonero Común (Parus major)
  • Herrerillo Común (Cyanistes caeruleus)
  • Alcaudón Real (Lanius meridionalis)
  • Rabilargo Ibérico (Cyanopica cooki)
  • Urraca (Pica pica melanotos)
  • Chova Piquirroja (Pyrrhocorax pyrrhocorax)
  • Estornino Negro (Sturnus unicolor)
  • Pinzón Vulgar (Fringilla coelebs coelebs)
  • Jilguero (Carduelis carduelis)
  • Verderón Común (Chloris chloris)
  • Escribano Montesino (Emberiza cia)
  • Tritón Ibérico (Lissotriton boscai)

domingo, 19 de julio de 2015

PASEO POR LA LAGUNA DEL CAMINO DE VILLAFRANCA Y LA LAGUNA DE LAS YEGUAS

     En mi segunda visita al Complejo Lagunar de Alcázar de San Juan, en la mañana del presente día, me dediqué a buscar los caminos que llevaban a la Laguna del Camino de Villafranca y la Laguna de las Yeguas. Como el día anterior, estuvo la mañana nublada al principio, despejada después. Empleé el mismo tiempo que ayer, unas cuatro horas, pero en lugar de esperar en observatorios, lo invertí en caminar alrededor de las lagunas. Y aunque la jornada matutina dominical no me deparó tantas observaciones como la del sábado, sí que me dejó alguna agradable sorpresa.
     Mis observaciones comienzan a la salida del pueblo, con un bando de pardillos, a los que primero escuché, otro cercano grupo de gorriones, y una tórtola turca posada en el suelo entre ambos. Ya que debía pasar cerca de la Laguna de la Veguilla inevitablemente vi los flamencos en sus aguas, y a las gaviotas reidoras y sombrías, y a los vencejos sobrevolándolos. Los conejos se movían entre las lindes del bosque de tarajes y los campos, y las grajillas, emparejadas, permanecían posadas en sus respectivos postes, lanzándose algún graznido de vez en cuando. Desde lo alto de un pequeño montículo, minado por los conejos que asomaban por las bocas de las madrigueras, oteaban unas urracas. Un joven pinar, a modo de bosque-isla, rompía la monotonía del paisaje dominado por el sistema agrario. Pero los pinos en formación, alineados, denotaba su origen en una repoblación forestal. Más adelante, por el mismo camino que iba recorriendo, también lo andaban un par de cogujadas, que de vez en cuando cantaban, hasta que salieron volando. Un milano negro, gaviotas sombrías, y unas solitarias palomas volaron sobre el barbecho que separa la Laguna de la Veguilla de la Laguna del Camino de Villafranca, la más extensa de todas.

Laguna del Camino de Villafranca

     Pero una gran extensión gris denotaba su carácter estacional y que la laguna estaba seca. No había resistido el tórrido estío. Los grises oscuros de las partes centrales y más hondas indicaban que aún queda barro fresco, frente a la dura costra gris claro del perímetro de la laguna. Ningún ave acuática quedaba allí. Tan solo alguna que otra golondrina revoloteaba por la zona. Los tarajes eran más pequeños, y el bosque que forman rodeando la laguna es mucho más estrecho e interrumpido que en la Laguna de la Veguilla, pero igualmente era aprovechado como refugio por los conejos, o por alguna abubilla o las urracas para posarse en las ramas. Me asomé a los dos observatorios de esta laguna, y evidentemente no vi nada. Pero me llevé una terrible sensación de abandono de estas instalaciones. Una liebre se dio una carrera hasta un olivar.

Entorno de las lagunas

Páramo de los alrededores


























     Pude escuchar aisladamente un sonido, que no había oído antes, pero que captó mi atención. Miré hacia arriba tratando de descubrir al autor, pero no lo conseguí. Se volvió a repetir más cerca, y después se fue alejando paulatinamente, pero sin ver nada. Acto seguido, la silueta de un ave, que era casi un punto en el cielo, se echó a tierra. Tal vez fuera solo casualidad, pero lo sucedido me dio una pista de quien se podía tratar, y acerté a la primera. Con el móvil, pude comprobar que había escuchado, y aunque fuera fugazmente, también había conseguido ver por primera vez, a la ganga. Me acerqué a probar suerte, y salió otra volando de alguna parte, que aterrizó más cerca. Acercándome cautelósamente a esta segunda ganga, salió volando la primera desde bastante cerca de por donde iba, sin que la hubiese visto antes. Se perdió en el horizonte, y yo ya iba centrado en tratar de descubrir a la segunda en el suelo. Mientras, pude ver otro par de gangas más, que pasaron volando en el mismo sentido en que yo caminaba, y que a saber donde se dejarían caer. La suerte me sonrío, y gracias a sus movimientos por tierra la pude ver a unos 50 metros de distancia. Un día más volví a maldecir haberme venido sin los prismáticos, pues además estuvo un considerable rato, antes de emprender el vuelo, efectuando cortos desplazamientos por tierra que interrumpía con la quietud.

Costra salina sobre el fondo de la seca Laguna de las Yeguas

     El calor empezaba apretar, pero seguí mi camino hasta la Laguna de las Yeguas, que también se encuentra seca. Unos gorriones revoloteaban por el tejado de una casa. Los tarajes crecen como arbustos aislados y dispersos a su alrededor, y la presencia de algunas matas de salicornia denotan que su naturaleza es salobre. Traté de rodearla, pero cuando comprobé que el camino se separaba demasiado de la laguna, retrocedí. Tan solo vi alguna golondrina por aquí. Pequeños saltamontes acompañaban mis pasos con sus saltos. Una pequeña y rápida lagartija se me cruzó sin que me diera tiempo a verla con claridad, ocultándose rápidamente bajo el pasto.















     Al llegar de nuevo a La Laguna del Camino de Villafranca, tomé otro camino, el de la otra orilla a los observatorios. El seco camino me acabó llevando al pinar, después de una calurosa y estéril caminata. En la suave ladera de un pequeño cerro volaban dos cernícalos, cerniéndose, cayendo en picado y nuevamente remontando. Dos agrupaciones de cigüeñas se elevaban con las corrientes térmicas, y se deslizaban suavemente por el aire cuando llegaban al final. Junto con ellas volaba una rapaz que no pude identificar.
     Pasé junto a la Laguna de la Veguilla. Como un oasis en el desierto, el agua es fuente de vida. Porque aunque no eran las horas más propicias, además de los flamencos, pude ver en esta ocasión a unas cigüeñuelas. Pasaron un par de bandos de estorninos. Las golondrinas daban pasadas a ras del suelo y sobre los espesos tarajes, y escuché a los pardillos.


Lista de Especies Observadas (Orden Sistemático):

  • Liebre Ibérica (Lepus granatensis)
  • Conejo Europeo (Oryctolagus cuniculus algirus)
  • Cigüeña Blanca (Ciconia ciconia)
  • Flamenco Común (Phoenicopterus roseus)
  • Milano Negro (Milvus migrans)
  • Cernícalo Vulgar (Falco tinnunculus)
  • Cigüeñuela Común (Himantopus himantopus)
  • Gaviota Reidora (Chroicocephalus ridibundus)
  • Gaviota Sombría (Larus fuscus)
  • Ganga Ibérica (Pterocles alchata)
  • Paloma Bravía (Columba livia)
  • Tórtola Turca (Streptopelia decaocto)
  • Vencejo Común (Apus apus)
  • Abubilla (Upupa epops)
  • Cogujada Común (Galerida cristata)
  • Golondrina Común (Hirundo rustica)
  • Urraca (Pica pica melanotos)
  • Grajilla Occidental (Corvus monedula)
  • Estornino Negro (Sturnus unicolor)
  • Gorrión Común (Passer domesticus)
  • Pardillo Común (Carduelis cannabina)

jueves, 18 de junio de 2015

UNA VISITA GUIADA HASTA LA LANCHA

     Bastante más tarde de lo que es aconsejable, pasado el medio día, iniciamos Fran, Hada y yo una jornada campera hace un par de días. Y más importante aún es salir pronto, sobre todo si se quiere observar animales, en los últimos días de una primavera que agoniza abrasada por un precoz verano, en los que la tónica habitual es el fuerte calor. Pero nuestra intención solo  era dar un paseo por la sierra, lejos de dedicarnos, pretenciosamente, a tratar de observar nada en concreto. Por suerte para nosotros, justo hasta el día anterior, había llovido, y también refrescado bastante durante la semana, por lo que disfrutamos de unas temperaturas suaves, y hasta se podía soportar estar al sol un rato.
     Hada, que vino de visita a Andújar, fue quien me propuso acompañarlos, y Fran a quien se le ocurrió que fuésemos hasta el Embalse del Jándula. A pesar de la demora con la que salimos, y que yo no iba demasiado atento al entorno, sino más bien integrado en las conversaciones con mis amigos, resultó la jornada más fructífera de lo que esperaba, deparándonos alguna grata sorpresa.
     Hasta llegar a las Viñas, no me percaté de la presencia de ningún ave, que seguro que la hubo, a lo largo del trayecto. Fueron unos rabilargos que cruzaron la carretera. Más adelante un abejaruco posado en un poste, y a continuación nos detuvimos un momento para observar un mochuelo posado en un cable del tendido eléctrico, a pleno sol, totalmente expuesto. Prestaba más atención a un grupo de urracas que a nosotros, de hecho, cambio de posición, posándose sobre el mismo tendido, pero más cerca del coche desde cuyo interior lo observábamos. Las urracas seguían apareciendo en el entorno cuando reanudamos el camino.
     Aunque lo difícil sería no ver ciervos en la Sierra de Andújar, si se tiene un mínimo interés en la fauna, lo menos es dedicarle un vistazo cuando te encuentras con los primeros, y así lo hicimos nosotros. Era una hembra acompañada por la cría del año anterior, y su moteado cervatillo de este año. La simpatía que despiertan las crías del resto de mamíferos en los seres humanos hizo que nos fijásemos más en su belleza salpicada de manchas blancas sobre una brillante librea rojiza, que en las pardas ciervas adultas. No muy lejos de los ciervos, estaba sus próximos parientes los gamos, un grupo de paletos machos que exhibían ya una cornamenta plenamente desarrollada, pero todavía cubierta por el terciopelo. Así pudimos ver las claras diferencias que distinguen fácilmente a ambas especies de cérvidos.
     La tormenta del día anterior debió ser bastante fuerte, pues en algunos tramos de carretera encontramos coladas de barro cubriendo el asfalto. Pero también dejó agua acumulada en las pozas de los arroyos, que aliviará la sed de plantas y animales, aunque solo dure unos días.
     Las tórtolas turcas preferían dejarse ver volando bajo las copas de las encinas, que posadas sobre ellas o sobre algún poste, como también lo hacían urracas y rabilargos. Volvimos encontrarnos con otra área compartida por ciervos y gamos. En esta ocasión fue un pequeño gamo, que con la gracilidad de sus trotes y saltos atrajo nuestra atención. Alguna que otra perdiz que vimos en algún momento de nuestro recorrido, seguida por sus pollos, trepaba ladera arriba, o se movía en zigzag entre las rocas y los lentiscos.
     Pero como de lo que se trataba es de hacerle a Hada una visita guiada, en la que pudiera hacerse una idea de las cosas más pintorescas de nuestro entorno, Fran hizo una parada en las tumbas esculpidas en granito que hay junto al camino. 
Descubrimos aquí, a pesar de su mimetismo, un insecto palo, al que estuvimos mirando con curiosidad.
     En las primeras “curvas de La Lancha” nos detuvimos un rato para ver un alcaudón real posado en un poste, hasta que se fue de allí. Hicimos una parada en las últimas curvas, para probar suerte. Pero tan solo vimos pequeños y dispersos grupos de ciervos sesteando a la sombra de las encinas. De vez en cuando miraba a un cielo, en el que alternaban nubes y claros, tratando de descubrir el vuelo de alguna rapaz. Y en una de estas ocasiones pasó un buitre negro a baja altura, deslizándose por el aire sin aparente esfuerzo.
     La siguiente parada fue en el Mirador del Embalse del Jándula, desde donde además de contemplar las aguas estancadas del pantano, y el paisaje que las contiene, se podía ver el infatigable vuelo de los vencejos y las golondrinas. También pude escuchar las notas del agateador y del pico picapinos, pero sin llegar a verlos.
     Bajando hacia la presa, improvisamos una parada para tratar de identificar un pequeño pájaro que al final no se dejó ver. En cambio no fue necesario parar para asegurarnos que eran perdices unas aves que se dejaron caer en vuelo desde el camino, ladera abajo. Ya íbamos buscando un lugar donde almorzar. Pensé en un pequeño rellano, junto a la orilla del embalse, pero al llegar daba el sol, y además el pasto seco no invitaba a sentarnos en el suelo. Pero desplazarnos hasta aquí nos permitió ver un arrendajo, que también nos dejó escuchar su áspera voz.
     Optamos finalmente por comer en la presa, a la sombra de la bóveda bajo la cual cría una colonia de aviones comunes. Antes de empezar a comer nos asomamos al otro lado de la presa, donde descubrimos un par de hembras de cabra montés, acompañadas por sendos chivos, al fondo del precipicio, a la orilla del río, donde nadaban plácidamente un par de ánades reales. Mientras comíamos, además de ver y entrar salir constantemente a los aviones para cebar a su prole, de escuchar sus continuos reclamos, también se vieron los gorriones comunes por el entorno de la presa. Después de comer nos volvimos a asomar a la presa, y nos dejamos maravillar por el vuelo de los aviones, que pasaban a nuestra altura, o por debajo. La mayoría comunes, pero también algún roquero, lo que nos permitía ver sus patentes diferencias. Ya no vimos las cabras, pero fijándome en los patos, que vestían el discreto plumaje de eclipse, me di cuenta que había cuatro más.
     En las siguientes horas, nos dedicamos a dar un paseo calmadamente, para bajar la comida. En torno a la boca del túnel que hay junto la presa revoloteaban los aviones roqueros, mientras que la hembra del roquero solitario permanecía posada sobre un muro de piedra. Hacia la salida al otro lado del túnel se agolpaban los opiliones en las paredes.
     Decidimos bajar al canal de desembalse previsto para cuando el pantano acumula más agua de la que puede contener. Atravesamos otro túnel que aprovechaban los aviones para construir sus nidos en el techo. En los charcos que había entre las grietas del lecho rocoso que forma el suelo viven las ranas, que no dudaban en refugiarse en sus aguas al acercarnos. Al salir sorprendimos a una lagartija colilarga.
    Nos sentamos al borde del acantilado granítico, donde estuvimos un buen rato, viendo el continuo trasiego de los aviones. Dos cabras, probablemente las de antes, caminaban por el fondo, junto al río, donde en la otra orilla sobre la lisa superficie de los granitos se soleaban un par de galápagos. Se oía el croar de las ranas. La oropéndola intercambiaba su aflautado canto con las ásperas notas de su reclamo, y vimos un par de machos persiguiéndose entre los eucaliptos del río. Se escuchaba también la melodía del roquero solitario, y acabamos viendo al macho sobre la repisa del muro en la que estuvo posada la hembra antes. Un mirlo se movía entre las adelfas y otros arbustos que crecían en la pared rocosa, y un arrendajo pasó volando alto hacia el lado del pantano. Después seguimos caminando por el desaguadero, viendo las ranas saltar a los charcos formados por la lluvia.
     Al regresar por el túnel de la presa, pudimos oír con mucha claridad los agudos chillidos de los murciélagos. Tomamos el camino de vuelta, pero teníamos previsto hacer más paradas. Nos detuvimos para recorrer a pie un corto camino. En un trecho en el que había barro se concentraban las abejas para tomar agua. De nuevo pude oír al pico picapinos, pero al igual que la vez anterior tampoco conseguí verlo. Pero sí vimos otra lagartija colilarga volviendo hacia el coche, más un pájaro que no me dio tiempo a identificar.

Pollos de Golondrina Común en el nido

     La siguiente parada fue para andorrear entre las ruinas del viejo poblado de La Lancha. En la primera de las casas a las que entramos vimos una salamanquesa en el techo. En el resto destacaba la presencia de los nidos de golondrina, sobre todo comunes, y algunos de ellos estaban ocupados con pollos. Los adultos iban y venían, entraban y salían. También vimos alguna que otra golondrina dáurica volando por el entorno del poblado, como también lo hacían las palomas torcaces entre los altos eucaliptos, bajo alguno de los cuales podía oírse el zumbido de las abejas. Y muy altas pasaron una pareja de chovas, a las que primero oímos graznar.

     Antes de llegar de nuevo a las famosas curvas, utilizadas como oteaderos para la observación por los naturalistas, paramos para mirar tres córvidos apostados en lo alto de unas rocas, que no puedo asegurar que fueran grajillas. Pararnos a mirar a las negras aves, me llevó a descubrir bajo ellas a un muflón macho que asomaba la cabeza entre las piedras, dotado de grandes cuernos, pero sin que le viéramos el cuerpo.
     Paramos un rato en otra “curva” diferente de donde estuvimos a la ida. Con la caída de la tarde, pudimos ver más ciervos, que ya empezaban a moverse. Pero yo seguía mirando al cielo, ya prácticamente despejado, extrañado por la ausencia de buitres, o alguna otra rapaz. Así mismo también estuvimos echando en falta los conejos. El pito real cantó desde alguna parte del inmenso paisaje que se abría a nuestros ojos. Un paisaje adehesado con pastos agostados y raquíticas encinas que lejanamente, contemplado bajo las luces anaranjadas del atardecer, nos recordaba a las sabanas africanas. También se oían los rabilargos, pero no las urracas. Pude ver un arrendajo en uno de los momentos que rodeé la mirada hacia el monte que se elevaba a nuestras espaldas. También vi un mamífero que no pude identificar, pero que por su silueta y su apresurada forma de moverse me recordó a un tejón, que antes que me diese tiempo a llevarme los prismáticos a los ojos, ya se había ocultado entre los lentiscos de la vaguada.
     Cogimos el coche ya con la idea de volver a Andújar, aunque íbamos despacio, casi parando a ver algún ciervo o gamo que nos llamase la atención. Y entre las muchas urracas, una cabalgaba a lomos de un ciervo usándolo como atalaya móvil para capturar los insectos  que espantara el ciervo a su paso, mientras pacía. El posible beneficio que el ciervo sacaría de portar una urraca sería una huída a tiempo en caso de que córvido se alertara. Un pito real, que voló desde un poste de madera al encinar. Los mirlos comenzaban su actividad crepuscular. Y por fin vemos conejos, aunque solo fueron cuatro. Y tras ver al cuarto, pude ver a una abubilla posarse sobre una piedra, y desplegando su cresta.
     Pues como digo, no teníamos prevista ninguna parada más, pero vi un pequeño animal que brincaba sobre el pasto, en la penumbra, que atrajo mi atención como un imán. Esos aires gatunos que gastaba al moverse me dispararon todas las alarmas en una fracción de segundo, y a grito de ¡lince!, aún sin estar seguro completamente, hice parar el coche. Ya no tardamos en confirmar que estábamos viendo un precioso cachorro de lince ibérico, cubierto por esa especie de borra que le da un aspecto rechoncho tan diferente del apretado y moteado pelaje que estiliza el aspecto de los adultos. Pero, ¿solo? Nuestra pregunta tampoco tardó en responderse, pues pronto localicé a la madre, prácticamente invisible, tumbada en el pasto. La ligera inclinación del terreno, la hierba seca y la tenue luz, nos dificultaban verlos con claridad a pesar de estar a menos de 50 metros. Pero los saltos y las carreras del cachorro nos brindaron un espectáculo inolvidable.
     Al rato, cuando llegó otro coche que se paró poco más adelante de nosotros, se levantó la madre, y se marchó monte arriba, seguida por la cría que iba trotando con enérgicos saltos que contrastaban con el pausado andar su progenitora, perdiéndose enseguida de vista, bajo las copas de las encinas. A pesar de la escasa inclinación del terreno, apenas había fondo. Después de ese rato de emoción contenida, nos quedamos allí mismo para liberarla, hablando de lo sucedido, sin deparar en que había un tercer lince adulto, que solo vimos cuando asomó media cabeza por encima del pasto, enseñándonos sus puntiagudas orejas rematadas en los pinceles. Pero después de un tiempo, también acabó largándose por donde se lo hicieron la madre y el cachorro. Es posible que pudiera tratarse de una cría del año pasado.

     En ese intermedio que hubo entre la observación de la madre y la cría con la del tercer lince, deparé en una tórtola turca posada en un poste, una hembra de pinzón sobre el camino, y un alcaudón, probablemente el común, parado en la alambrada, que enfrascado en la tertulia, no aseguré su identificación. Y volviendo a aquel símil, quizás no muy acertado, sobre dehesas ibéricas y sabanas, las encinas serían como las acacias, los ciervos jugarían el papel de los antílopes, y el lince se asemejaría al leopardo en nuestras “sabanas mediterráneas”.
     Para Hada y Fran fueron sus primeros linces, nada más y nada menos que ¡un triple bimbo lincero! Para mí, un avistamiento igualmente emocionante, fue la primera vez que veo linces en un mes de Junio. También la primera vez que veo tres juntos. Y además la primera vez que consigo ver un cachorro de la última fiera mediterránea, que representa una esperanza de supervivencia para la especie de felino más amenazada del mundo.
     En el coche seguimos hablando del extraordinario acontecimiento que acabábamos de vivir. No obstante eso no me impedía reconocer la hermosa silueta de los ciervos contra el cielo del anochecer, o distinguir aún a otro pito real que salió volando desde otro poste donde estaba posado, o escuchar los maullidos de los mochuelos a través de la ventanilla. Más adelante pude ver un mochuelo levantar el vuelo desde una piedra, y casi inmediatamente, nos detuvimos a ver a uno que salió volando desde la carretera para posarse sobre un chaparro, desde el que se cambio a un poste de la valla del camino, situándose con este movimiento aún más cerca. Y mientras se dejó ver este último mochuelo, pude llegar a escuchar al chotacabras pardo.


Lista de Especies Observadas (Orden Sistemático):

  • Conejo Europeo (Oryctolagus cuniculus algirus)
  • Lince Ibérico (Lynx pardinus)
  • Muflón (Ovis orientalis)
  • Cabra Montés (Capra pyrenaica hispanica)
  • Ciervo Rojo (Cervus elaphus)
  • Gamo (Dama dama)
  • Ánade Azulón (Anas platyrhynchos)
  • Buitre Negro (Aegypius monachus)
  • Perdiz Roja (Alectoris rufa)
  • Paloma Torcaz (Columba palumbus)
  • Tórtola Turca (Streptopelia decaocto)
  • Mochuelo Europeo (Athene noctua vidalii)
  • Chotacabras Cuellirrojo (Caprimulgus ruficollis)
  • Vencejo Común (Apus apus)
  • Abubilla (Upupa epops)
  • Abejaruco Europeo (Merops apiaster)
  • Pito Real Ibérico (Picus sharpei)
  • Pico Picapinos (Dendrocopos major)
  • Golondrina Común (Hirundo rustica)
  • Golondrina Dáurica (Cecropis daurica)
  • Avión Común (Delichon urbicum)
  • Avión Roquero (Ptyonoprogne rupestris)
  • Roquero Solitario (Monticola solitarius)
  • Mirlo Común (Turdus merula)
  • Agateador Común (Certhia brachydactyla)
  • Alcaudón Real (Lanius meridionalis)
  • Oropéndola Europea (Oriolus oriolus)
  • Arrendajo Común (Garrulus glandarius)
  • Rabilargo Ibérico (Cyanopica cooki)
  • Urraca (Pica pica melanotos)
  • Chova Piquirroja (Pyrrhocorax pyrrhocorax)
  • Gorrión Común (Passer domesticus)
  • Pinzón Vulgar (Fringilla coelebs coelebs)
  • Galápago Leproso (Mauremys leprosa)
  • Salamanquesa Común (Tarentola mauritanica)
  • Lagartija Colilarga (Psammodromus algirus)
  • Rana Verde Ibérica (Pelophylax perezi)

martes, 7 de enero de 2014

ENCUENTROS CON EL LINCE

     Prometía un día espléndido, una vez pasada la borrasca que estuvo barriendo la sierra y que nos dejó la tan necesaria lluvia en los primeros días de enero. Así sucedió hace dos días, el primero del año en el que brilló el sol, y bajo su luz, se manifestó una enorme actividad de vida animal que parecía haber despertado repentinamente de un sueño letárgico. Ello convirtió el día en una reseñable jornada naturalista, que sin desmerecer a ninguna especie, estuvo marcada por la presencia del mítico lince ibérico.
     Era un día de trabajo. Momentos antes había dejado a Paco y a Lola, unos clientes, en el muladar. La oscuridad previa al amanecer aún ensombrecía el paisaje mientras Miryam y yo recorríamos lentamente los carriles en los que nos encontrábamos a los pájaros más madrugadores que ya comenzaban su jornada. Un zorzal común, y más adelante un petirrojo, así como unas perdices que vimos a un lado del camino.
     Llegamos a un oteadero desde donde controlábamos todo el barranco. Además del sonido del agua correr, a nuestros oídos llegaban los reclamos del petirrojo, procedentes de los arbustos de las inmediaciones, y los potentes pitidos del pito real, desde algún remoto lugar. Desde nuestra ubicación, en una ladera de umbría, mirábamos con cierta envidia las cimas de los cerros más altos, bañadas por los primeros rayos del sol. La claridad iba desterrando las sombras, y nos descubría unos montes por fin reverdecidos, agostados hace apenas un mes. Unos ciervos se movían por la cuerda de los colinas, mientras otros trotaban más abajo, por sus laderas. En los pequeños prados del fondo del valle no era difícil descubrir a las urracas. Las torcaces las veíamos pasar en vuelo. En la lejanía, el águila imperial emitía su canto, pero no podíamos verla. Los carboneros también cantaban, y uno viró bruscamente y modificó su trayectoria de vuelo al toparse bruscamente con nosotros.
     Después de algún tiempo de observación, de esperar sin movernos del sitio, la sensación de frío nos empujó a desplazarnos. Bajando a la vaguada, un conejo se apresuró a cobijarse bajo un lentisco. El arroyo portaba un generoso caudal. Recorriendo despacio el camino a través de pequeños prados alternados con manchas de bosque, íbamos descubriendo multitud de pájaros. Al pasar de un prado a otro, cambiaban las urracas por los rabilargos. En solitario aparecía el colirrojo tizón y la abubilla. En bandos se movían los gorriones, los pinzones y las totovías, que se levantaban al acercarnos con el coche. Los estorninos tomaban baños en los charcos del camino que atravesaban una dehesa. Al parar para observarlos un momento, también descubrimos un pico picapinos en la base del tronco de una encina, y a un lado de la pista, las grajillas se mezclaban con otro grupo de estorninos.
     Llegando a la última pradera, un mirlo macho levanta el vuelo para refugiarse en la espesura de unas zarzas, mientras que resultaba muy llamativo un petirrojo que se asomaba en un lentisco, delatado por su vistosa mancha pectoral roja. Paramos un rato para contemplar un gazapo que permanecía inmóvil, erguido sobre sus extremidades posteriores. En cuanto reiniciamos la marcha, corrió a ocultarse. Más adelante ya estaba el río, que sobrevoló una garza real.
     Pero la Naturaleza a veces nos obliga a improvisar. Cuando nos disponíamos a dar la vuelta para dirigirnos a otro oteadero, una silueta en el contraluz llamó poderosamente mi atención. Se trataba de un lince que avanzaba sobre el terreno en intervalos de cortas carreras que interrumpía con breves paradas en las que se agazapaba. De vez en cuando agitaba su corta cola con cierto nerviosismo. Tras una de sus paradas, cambió el ritmo de su marcha y ya entonces solo caminó despacio hasta volver a detenerse. Una vez que comprobamos que estaba dedicándose a acechar conejos, ignorándonos por completo, fue cuando decidimos bajar de coche, y acercarnos un poco más con suma cautela. Era un ejemplar de mota intermedia. Se amagó y dormitó unos minutos. Cuando abrió los ojos, se incorporó, se sentó, bostezó y se acicaló. Durante sus escasos paseos comprobamos que era un macho. Y al igual que a nosotros, parecía gustarle el sonido de los pájaros, moviendo sus blanquinegras orejas y girando la cabeza en su dirección, cuando el silencio lo rompía el mirlo o el herrerillo capuchino. Cuando a lo lejos oía a las urracas, incluso movía algo más que las orejas y levantaba la cabeza, buscándolas. Todo esto transcurrió en apenas unos 10 minutos, pasados los cuales se quedó Miryam vigilando al confiado gato moteado, y sin más demora, yo salí a buscar a Paco y Lola, cuyo principal motivo de su visita era poder fotografiar al lince.


     Durante el trayecto, entre ir y volver, debí pasar por alto muchas cosas, pero aunque solo fuera de pasada, no pude ignorar algún ciervo cercano al camino, o las perdices, urracas y rabilargos que volaban cuando pasaba corriendo a su lado. Pero sí hubo un animal que nos hizo detenernos a la vuelta. Lola había visto otro lince a un lado del camino. Iba andando con la parsimonia que caracteriza a la especie cuando no se la molesta. Era un ejemplar de mota fina, y aunque estaba algo más alejado que el lince que nos esperaba un poco más adelante, pudieron fotografiarlo, y ver que se trataba de una hembra. Interrumpió su tranquilo andar para sentarse un momento, antes de continuar su camino y que dejásemos de verla.
     Cuando llegamos al pequeño prado donde se había quedado Miryam, allí aún permanecía también el lince. Paco y Lola fueron quienes más lo disfrutaron sin duda, sobre los 20 minutos que el lince decidió seguir en nuestra compañía. Durante ese rato, el perezoso lince seguía repitiendo el comportamiento ya descrito, dormitar y lamerse tranquilamente, hasta que nos abandonó.


     Nosotros volvimos hacia atrás, pasando despacio por la explanada donde habíamos visto a la lincesa, por si la suerte volvía sonreírnos, pero no fue así. Despedimos a Myriam, que debía irse, y nosotros decimos volver hacia la pradera donde habíamos estado viendo al macho. Inevitablemente nuestra atención mientras íbamos en el interior del coche la centraban conversaciones sobre el lince. Al pasar por los prados adehesados se veían las totovías que volaban en pequeños bandos. El cielo se había tornado grisáceo. Por un instante vimos la silueta del águila imperial. En el prado aguardamos, esperando durante unas horas, hasta después de comer, pero el lince no volvió a campear por allí. De lejos, de vez en cuando se veía pasar algún cormorán sobre el río.
     Metidos en la tarde, retornamos al mirador desde el que controlábamos el valle por donde discurría el arroyo. La actividad de la fauna había mermado bastante con respecto a la mañana. Por el camino, ya con poca frecuencia, se dejaron ver los pinzones, al pasar por el valle algún que otro conejo, y subiendo hacia el punto de observación paramos para ver un mochuelo que no tardó mucho tiempo en abandonar las rocas entre las que se guarnecía. Pasamos el tiempo en nuestro elevado lugar de observación, viendo los pocos ciervos que o bien desfilaban marchando en fila, o bien se descubrían cuando asomaban a los claros, así como las palomas que pasaban o las urracas que revoloteaban por allí.
     Pasado este tiempo de espera, y antes de anochecer, volvimos al muladar. Yendo por la pista que hasta el muladar conducía, se levantaron las perdices a nuestro paso, y acercándonos al mismo ya podíamos contemplar los buitres que lo custodiaban, unos pocos todavía en vuelo, muchos aposentados en rocas y árboles del entorno, y hasta sobre el mismo suelo, que aguardaban con paciencia el momento de dejarse caer. Entre la multitud de leonados, se podía encontrar algún negro. Y habiendo visto que los grandes carroñeros alados estaban allí, nos marchamos siguiendo el carril por donde habíamos venido, donde, una vez dejado atrás el muladar, nos cruzamos con una manada de ciervas que se quedaron próximas al camino, mirándonos pasar.

(*) Fotografías: gentileza de Miryam Lara.


Lista de Especies Observadas (Orden Sistemático):

  • Conejo Europeo (Oryctolagus cuniculus algirus)
  • Lince Ibérico (Lynx pardinus)
  • Ciervo Rojo (Cervus elaphus)
  • Cormorán Grande (Phalacrocorax carbo)
  • Garza Real (Ardea cinerea)
  • Buitre Leonado (Gyps fulvus)
  • Buitre Negro (Aegypius monachus)
  • Águila Imperial Ibérica (Aquila adalberti)
  • Perdiz Roja (Alectoris rufa)
  • Paloma Torcaz (Columba palumbus)
  • Mochuelo Europeo (Athene noctua vidalii)
  • Abubilla (Upupa epops)
  • Pito Real (Picus viridis sharpei)
  • Pico Picapinos (Dendrocopos major)
  • Totovía (Lullula arborea)
  • Petirrojo Europeo (Erithacus rubecula)
  • Colirrojo Tizón (Phoenicurus ochruros)
  • Mirlo Común (Turdus merula)
  • Zorzal Común (Turdus philomelos)
  • Carbonero Común (Parus major)
  • Herrerillo Capuchino (Lophophanes cristatus)
  • Rabilargo Ibérico (Cyanopica cooki)
  • Urraca (Pica pica melanotos)
  • Grajilla Común (Corvus monedula)
  • Estornino Negro (Sturnus unicolor)
  • Gorrión Común (Passer domesticus)
  • Pinzón Vulgar (Fringilla coelebs coelebs)