domingo, 19 de febrero de 2017

SALIDA POR LA SIERRA DE CAZORLA

     A diferencia de la mayoría de las veces en las que Raimundo y yo hemos quedado para salir de campo, que lo hemos hecho en la Sierra de Andújar, ayer fuimos a la Sierra de Cazorla. Salimos desde Baeza, donde nos encontramos. Me apetecía bastante volver por allí, que ya llevaba tiempo sin ir, y aunque el cielo estaba encapotado por la nubosidad, sentía que iba a ser un buen día, que algo grande nos esperaba.
     Subiendo por la carretera de la sierra, nos salía al paso algún que otro pinzón, más un carbonero común que puede apreciar claramente posado en una rama de un arbusto deshojado. Un poco antes de llegar al Puerto de las Palomas, levantó el vuelo desde un árbol contiguo a la calzada, un falcónido que no pudimos identificar, pues el cielo gris sólo nos dejó ver la silueta negra del ave de puntiagudas alas y cola larga al paso, ya que nos fue imposible parar con seguridad. Desde el mirador del puerto, localizamos algunas cabras monteses, entre ellas un par de hembras con chivos.
     Prosiguiendo nuestro camino, vimos aves de mayor porte que el carbonero y los pinzones, tales como torcaces, cornejas y algún mirlo. Y además unos ciervos cerca de la carretera. También desde la carretera divisamos algunos buitres leonados cicleando en el cielo. Hicimos otra parada para mirar un arroyo que se precipitaba por un profundo tajo. El continuo murmullo del agua no consiguió apagar el canto del trepador azul ni del carbonero garrapinos, que logré distinguir en el breve periodo que allí estuvimos.
     Raimundo me descubrió un lugar donde no había estado antes, pero del que había oído hablar, las lagunas de Valdeazores y Aguas Negras. Al llegar al sitio donde aparcamos el coche, sin bajarnos, descubrimos al pico picapinos posado apoyado sobre el fino tronco de un joven pino resinero. Por la zona se escuchaba con facilidad a los piquituertos, del que divisamos unos pocos en la horquilla de un alto pino laricio, y los carboneros garrapinos, que no tardamos en ver al ponernos a caminar. Las graznantes voces de los arrendajos y las alarmas de los mirlos, también nos permitieron advertir sus movimientos entre el ramaje o en vuelo. Al chochín tan sólo pudimos oírlo, pero al mito, tras haber escuchado su agudo canto, conseguimos dar con él. El sonido de rocas sueltas desplomándose por una ladera nos permitió ver unos gamos machos.


Quebrantahuesos




































     Allí donde el valle por el que descendíamos, se abría un poco más, descubriendo el espacio aéreo, podíamos ver algún buitre. No dejaban de atraparme la atención los buitres. No sólo por su armonioso planeo entre los paredones rocosos, pues por suerte puedo decir que estoy acostumbrado a verlos, sino que buscaba algo entre ellos. ¡Y por fin más adelante lo encontré! El quebrantahuesos, que tras varias décadas desaparecido por fin vuelve a volar en libertad en estas vastas y abruptas sierras. Raimundo determinó que se trataba de un ejemplar subadulto, pero la importancia de su edad quedaba relativizada, con la emoción del momento de haber contemplado por primera vez al buitre barbudo en estado silvestre en la Sierra de Cazorla.

Laguna de Aguas Negras
     Llegamos a la Laguna de Aguas Negras, donde nadaba una focha, y se oía alguna otra entonando su reclamo entre las eneas de los bordes. Sobre Valdeazores volaban unos pocos buitres, de los que seguía sin apartar la mirada. Entre las rocas por las que corría el Río Borosa descubrimos a la llamativa lavandera cascadeña, y casi a la vez vimos a un zorro escabullirse entre la vegetación arbustiva. Paramos a comer por allí.
     Deshaciendo el camino recorrido, hacia el coche, volvimos a toparnos con algunas de las aves que ya habíamos visto, arrendajos, mirlos y carboneros garrapinos. Pero al llegar al coche se suma otro párido más a la lista, el herrerillo capuchino, delatado por su canto, desde un espino albar. Además, de las profundidades del pinar, llegaron a nuestros oídos las notas del pito real.
     De vuelta por la carretera, paramos a ver un pequeño grupo de gamos, a los que les apuntaba las cuernas en forma de varas, lejos de parecerse a las palas que exhibirán al final de su desarrollo. También vimos cornejas y torcaces. Y volvimos a parar para mirar un rato a una ardilla que desde el suelo se lanzó a trepar por el tronco de un pino. Culminamos la jornada con otro rato de espera y observación en el Puerto de las Palomas, donde además de las cabras, entre los que vimos un par de machos monteses lejanos, también oímos el ajeo de la perdiz y nos estuvieron entreteniendo con su repertorio de voces una pareja de cornejas.

(*) Fotografías: gentileza de Raimundo Gómez.


Lista de Especies Observadas (Orden Sistemático):

  • Ardilla Roja (Sciurus vulgaris)
  • Zorro Rojo (Vulpes vulpes)
  • Cabra Montés (Capra pyrenaica hispanica)
  • Ciervo Rojo (Cervus elaphus)
  • Gamo (Dama dama)
  • Buitre Leonado (Gyps fulvus)
  • Quebrantahuesos (Gypaetus barbatus)
  • Perdiz Roja (Alectoris rufa)
  • Focha Común (Fulica atra)
  • Paloma Torcaz (Columba palumbus)
  • Pito Real Ibérico (Picus sharpei)
  • Pico Picapinos (Dendrocopos major)
  • Lavandera Cascadeña (Motacilla cinerea)
  • Chochín Común (Troglodytes troglodytes)
  • Mirlo Común (Turdus merula)
  • Mito Común (Aegithalos caudatus irbii)
  • Carbonero Común (Parus major)
  • Carbonero Garrapinos (Periparus ater)
  • Herrerillo Capuchino (Lophophanes cristatus)
  • Trepador Azul (Sitta europaea caesia)
  • Arrendajo Común (Garrulus glandarius)
  • Corneja Negra (Corvus corone)
  • Pinzón Vulgar (Fringilla coelebs coelebs)
  • Piquituerto (Loxia curvirostra)

martes, 24 de enero de 2017

CAMPEANDO POR LA SIERRA DE ANDÚJAR

     En compañía de David, compañero del Voluntariado en Pirineos de septiembre del año pasado, con quien acordé que viniera este pasado fin de semana, nos movimos durante el sábado y el domingo por un sector de la Sierra de Andújar que nos deparó interesantes avistamientos de varias especies de la fauna silvestre que en estos montes tienen su hogar permanente… o su cuartel de invernada en el caso de algunos pájaros migradores. Cada día en el campo, aunque se repita el escenario y el público que lo contempla, se representan escenas diferentes, y cambian los actores que en ellas intervienen.

     Nuestro periplo campero comienza el sábado, cuando en camino hacia la sierra vimos unas pocas garcillas bueyeras, divididas en tres grupos distintos, pasando en vuelo sobre la carretera, más los destacados estorninos negros, agrupados en los árboles del borde de la calzada. Al desviarnos en sentido al Embalse del Jándula, empezó a seguirnos un comboy de vehículos que se dirigían a  una montería, lo que nos impidió poder detenernos para mirar los primeros ciervos que sólo pudimos ver de pasada, al igual que tórtolas turcas, urracas, y así como los rabilargos, la “urraca de cola y alas azules” que por estar tan solo presente en algunos montes del centro y del sur peninsular, resulta tan llamativa para las personas, que como David, vienen de fuera.
     Por suerte, para nosotros, aquellos coches no nos siguieron al meternos en el carril de La Lancha. Una breve parada al incorporarnos al carril nos permitió ver algún estornino, un carbonero y un herrerillo. Hicimos un par de paradas antes de llegar a “las curvas”. En un arroyo, a un lado de la pista le indiqué David donde se encontraba un andarríos grande, con su inquieta agitación de su cola mientras se dedicaba a sondear el lecho de arena. Pero él localizó otro al otro lado del camino, en compañía de una lavandera cascadeña. Paramos también en un punto donde los bolos graníticos salpican la dehesa donde vimos a un par de machos de gamo, coronados por sus paletas. Entre las rocas y los prados se movían algunos colirrojos y petirrojos. Pero lo más espectacular fue un alarmado mirlo que salió apresurado de un lentisco cercano, y tras él un veloz gavilán, a los que enseguida perdimos de vista, y de los que nunca más supimos. A lo largo del reto del camino, hasta llegar a las curvas, fueron apareciendo pinzones, más petirrojos, algún conejo, y sorprendimos a un pito real en un poste de madera. Y poco antes de llegar a las curvas paramos a ver un par de arrendajos.

Gamos en la dehesa 

     Mientras íbamos recorriendo las curvas, hubo un momento en el que aprecié cierto revuelo entre la gente que allí se encontraba. Entonces, dejando el coche tal cual lo frené en medio del camino, y sin dudar, le dije a David que se apresurara en bajarse si quería ver al lince. Casi inmediatamente me sumé al grupo. Iba a ser casi imposible observarle, pero sabíamos que estaba allí. Nos lo indicaban el revuelo de los rabilargos, y tres perdices, que alarmadas, se echaron a volar barranco abajo, y que además se estaba desplazando. Pero a la que casi nadie le echaría cuentas sería a una abubilla que se cruzó de frente con los rabilargos. No pasó demasiado tiempo sin que fuera visto cruzando el camino, y fue ahí cuando pudimos verlo nosotros. A partir de ahí estuvimos siguiendo sus movimientos entre el matorral, entre el que a veces desaparecía. La voz de alarma de algún mirlo y un ciervo macho que con ligereza se apartó de la ruta que llevaba el gato, nos lo volvieron a redescubrir. Pese a la notable diferencia de tamaño, el ciervo no apartaba la vista del lince, que con paso decidido, desfiló frente al gran ungulado de ramificada cuerna. Cuando dejo de verse definitivamente aparqué el coche a un lado del camino. Por suerte no le había estorbado a nadie.
     Poco más tarde volvió a ser visto por la misma zona. Tal vez hubiera regresado pronto de su campeo, tal vez fuese otro distinto, no lo sabemos. Nosotros tan sólo teníamos de referencia la zona donde había sido localizado. Pero la gente se empezó a largar pronto, especulando con la posibilidad que hubiese pasado a la otra ladera de la colina. Y en ese momento, cuando la gente se retiraba con cierta ansiedad, la paciencia nos recompensó mostrándonos nuevamente al moteado gato. Lo localizó David, y al vernos mirar tan atentamente con los prismáticos hacia el mismo sitio, volvieron apresuradamente los que ya se iban, sin llegar a verlo, porque ya desapareció entre la vegetación. Quizás podría pensarse que alguien que viene por primera vez a la Sierra de Andújar, y bimba al ser más emblemático por excelencia nada más arribar, no llegaría a apreciarlo y a valorarlo como bien merece, pero el entusiasmo con el que mi compañero de campo en esta jornada vivió la experiencia, es el más sincero reflejo de todo lo contrario.
     Invertimos el resto de la mañana por allí, viendo pasar de vez en cuando buitres leonados, y algún que otro negro. También vimos muy lejos el águila imperial, un individuo damero. También nos estuvieron entreteniendo un rato las currucas cabecinegra y rabilarga, con sus reclamos, y dejándose ver alguna de cuando en cuando. Se dejó ver una familia de mitos, con sus agudas voces se movía entre los bajos chaparros y las jaras y los romeros. Unos pocos aviones roqueros daban pasadas por el lugar, mientras veces cruzaba alguna paloma por la zona. Mientras estábamos pendientes de las voces de las urracas, una pequeña bandada de verdecillos irrumpió en la zona. Además, un cuantioso grupo de escandalosos rabilargos vino volando ladera abajo.

Embalse del Jándula

     Para la hora de comer bajamos hacia el Embalse del Jándula, no si antes hacer una breve parada en el mirador del embalse. Por la presa se movían unos pocos colirrojos, mientras por sus alrededores volaba algún avión roquero. Desde la presa advertimos en la pared a unas cabras monteses, una hembra y un par machos, que prácticamente pasaban desapercibidas. En el río nadaban un par ánades reales, mientras entre la vegetación se movían algunos mosquiteros y dos lavanderas cascadeñas entra las piedras.
     De vuelta, andorreamos un poco por el poblado de La Lancha. Sobre los eucaliptos que por allí crecen pudimos ver unos cuantos estorninos y unos pocos picogordos. Nos asomamos al valle para mirar el embalse desde otra perspectiva. Oímos a la llamada de las chovas, y no tardamos en ver dos jugando en el aire, entrecruzando sus trayectorias. Entre los arbustos del entorno vimos pinzones, petirrojos, a los cuales e les podía oír también, algún mosquitero, y a un carbonero común sobre una roca. Pero sobre otra roca divisamos al más genuino poblador de estas pétreas formaciones, al azul roquero solitario, que posó más de una vez por allí.

Río Jándula

     Al llegar a las curvas nos quedamos allí hasta que anocheció. Y de nuevo, gracias a la gente que habían visto el lince antes de llegar nosotros, volvimos a verlo, casi cuando ya estábamos apunto de marcharnos. Pero esta vez se trataba de dos linces, que entre la lejanía y la penumbra del atardecer, sólo podíamos observarlos con cierta gracias a un telescopio del que hicimos el usufructo. En general permanecieron bastante parados casi todo el tiempo. Y mientras estábamos algo absortos con los linces, esperando ver algún comportamiento más activo, cantó un cercano mochuelo, posado sobre un granito. De regreso a Andújar, ya de noche, memorando la extraordinaria jornada lincera, vimos junto al camino algunos ciervos.

     Dado que habíamos conseguido ver el lince el día anterior, me permití ampliar nuestro recorrido del domingo para que David conociese otros lugares de la sierra. No prioricé ir hasta La Lancha desde el principio, así que fuimos al Encinarejo. Al poco de salir de Andújar, además de repetir las garcillas bueyeras volando sobre la carretera, también pasó un bando de avefrías. También vimos de pasada estorninos y tórtolas turcas por aquella de zona de cultivos, al inicio de nuestro recorrido. Al transitar ya por la sierra vimos unas urracas y una torcaz, posadas en la vegetación junto a la calzada.
     La niebla se concentraba sobre el Río Jándula. Mientras recorríamos carril hacia la presa del Embalse del Encinarejo, vimos pinzones y David deparó en un conejo. En el puente se agolpaban varias personas, que como nosotros, habíamos acudido para intentar ver a la nutria, pero la densidad del manto de niebla sobre las aguas no invitaba al optimismo, así que en vez de alargar la espera le sugerí a mi compañero enseñarle un poco la zona, y tirar otra vez a La Lancha antes de que se fuera.

El Río Jándula envuelto en la bruma mañanera

Cormorán Grande

































     Nos acercamos a un gran remanso del río, y curiosamente la bruma se desvaneció rápidamente. Observamos a un par de cormoranes reposando sobre las deshojadas ramas de un fresno, y sobre ellos, en las ramas más altas de la oleácea ribereña, unos picogordos. Los petirrojos nos acompañaban por las rocas aledañas. Al final del gran remanso del río se dejó ver la garza real, y después de muchos años sin verla por allí, también apareció la gallineta, vista por David en primer lugar. Entonces, en cuestión de segundos, también David me avisa de la presencia de la nutria, mientras me la señala, pero sólo me da tiempo a ver fugazmente como una silueta oscura se hunde en el agua, que bien hubiera podido ser un pez. Durante un tiempo, que quizás nos pareció más largo de lo que realmente fue, nos quedamos expectantes, aguardando su regreso. Y la nutria volvió a surgir de las aguas, que a pesar de la lejanía, la vimos claramente como comisqueaba algo, con la cabeza totalmente descubierta y la parte superior de su alargado cuerpo emergido, junto a unos cantos rodados. Al dirigirnos hacia el coche escuchamos el trino del escribano soteño, y lo acabamos localizando sobre la copa de una encina. Vimos también unas totovías por el suelo.

Abubilla

     Al retomar la marcha nos fijamos en una abubilla totalmente inmóvil sobre la hierba escarchada. Y sobre una encina, antes de volver a parar, pudimos ver un par de escribanos montesinos. Nos volvimos a asomar al río, y nuevo nos encontramos con la nutria casi nada más llegar, observándola desde otra perspectiva, durante más tiempo. Venía nadando tranquilamente aguas abajo, y la distancia a la que estábamos hizo que la señora del río no advirtiera nuestra presencia. Lo mismo iba por mitad del cauce que se dirigía a las orillas. Parecía estar jugando y disfrutando del fluido en el que desenvolvía sus movimientos. Igualmente se zambullía, que nadaba superficialmente, que se subía a algún tronco que se cruzase en su camino. Un cormorán que también nadaba por aquel tramo, se largó volando aguas arriba, cuando la nutria se acercó. Su jornada de pesca culminó con la captura de algún pequeño pez, que hasta pudimos oír el ruido que producía al mascarlo en una orilla. Avisando de su llegada con su graznante voz, una garza real que vino a posarse en un fresno. Casi simultáneamente también se escuchaban el zorzal charlo, el herrerillo capuchino, la totovía, y el berrido de un ciervo que retumbó en el monte en una ocasión, más otro sonido que no llegamos a identificar, pero fue el águila imperial la que nos hizo apartar la mirada del mustélido para buscarla en el despejado cielo. Y a lo lejos pudimos ver un adulto planear sobre el pinar. El atronador ruido de algunos disparos o las campanas del santuario cuando se agitaban, invadían con brusquedad el ambiente, rompiendo la armonía de los sonidos naturales. Por las encinas del entorno se movían también algún herrerillo común, y un grupo mitos.

Nutria

     Siguiendo nuestra ruta nos encaminamos hacia La Lancha, donde pasamos el resto del día. A nuestro paso vimos ciervos y gamos, en los que nos entretuvimos un poco, y urracas, rabilargos, un par de charlos, petirrojos, pinzones. Un águila imperial adulta cicleando sobre la pista nos hizo detenernos en el camino también. Mientras la veíamos deparé en la presencia de una discreta hembra de roquero solitario en unas piedras cercanas.

Dos gamos machos descansando en el encinar

Ciervas
































     Durante el tiempo de espera llegamos a ver a un par de águilas imperiales volando juntas, a las que también pudimos escuchar. Antes y después de ver la pareja de imperiales, observamos un águila real que pasó por allí. Y tan sólo un único buitre leonado es lo que llegamos a ver de estas grandes aves, habitualmente gregarias. Había unos pocos lejanos ciervos dispersos por la zona, que de vez en cuando todavía berreaban, además de urracas, rabilargos y torcaces a las que tanto se las podía ver y oír. Mientras por las inmediaciones revoloteaba algún avión roquero y las abejas se dedicaban afanosamente a libar nectar de la violeta flor de los romeros, a lo lejos descubrimos el vuelo de un gavilán. También se escuchaba el ajeo de la perdiz, los reclamos de las currucas cabecinegra y rabilarga, e incluso llegaron a sonar las potentes notas del alcaudón real, pero no lo encontramos.

Apis mellifera entre las flores de Rosmarinus officinalis

     Las últimas horas de la tarde las pasamos mirando una pequeña vaguada donde nos avisaron que un lince había sido visto. Había menos gente que el día anterior, aunque repetían algunos. Al llegar al sitio, una joven águila imperial volaba relativamente baja por la zona. El tiempo pasaba, y yo mismo dudaba que aún se encontrara por allí escondido. Observábamos el tranquilo comportamiento de petirrojos y algún mirlo al adentrarse en los arbustos que controlábamos visualmente. Incluso un conejo llegó a refugiarse en un lentisco. Entre tanto se volvió a escuchar al alcaudón real, pero de nuevo sin llegar a ser visto. En unas peñas localicé a un roquero solitario macho, que no fue tomado muy en cuenta por la gente. Tan sólo distrajeron su atención al pasar una joven águila real describiendo círculos en el aire.

Juvenil de águila imperial

Águila Real joven

































     Pienso que la observación de fauna silvestre en el medio natural está muy supeditada al azar. Que en muchas ocasiones es estar en el momento y en el lugar, aunque la paciencia para esperar y la perseverancia de volver a un lugar también acaban dando sus frutos. Nos enteramos por un conocido mío, que el gato salió de su escondite a escasos minutos después de habernos ido.
     Durante el camino de regreso vimos tórtolas turcas, trigueros, perdices, y un par de pitos reales compartiendo el mismo poste de madera. En una dehesa junto a la que paramos a esperar a la chica con la que David se iría, pudimos ver unos ciervos por un lado y un pequeño grupo de gamos por otro. Un zorzal charlo era quizás el ave que más destacaba de cuantos menudos pájaros andorreaban por la hierba. Los gregarios fringílidos en un bando mixto compuesto por verdecillos, pardillos, pinzones y algún jilguero se mezclaban con los bisbitas pratenses, compartiendo el prado del abierto encinar con sus primas cercanas, las lavanderas blancas. Además del zorzal, también estaban por allí sus primos túrdidos más pequeños, los colirrojos tizones y una pareja de tarabillas comunes, y además vimos unos cuantos gorriones. A la caída de la tarde, cuando me despedí de David, empezó a maullar un cercano mochuelo.

(*) Fotografías: gentileza de David Gómez.
                                                                                                                           

Lista de Especies Observadas (Orden Sistemático):

  • Conejo Europeo (Oryctolagus cuniculus algirus)
  • Nutria Paleártica (Lutra lutra)
  • Lince Ibérico (Lynx pardinus)
  • Cabra Montés (Capra pyrenaica hispanica)
  • Ciervo Rojo (Cervus elaphus)
  • Gamo (Dama dama)
  • Cormorán Grande (Phalacrocorax carbo)
  • Garcilla Bueyera (Bubulcus ibis)
  • Garza Real (Ardea cinerea)
  • Ánade Azulón (Anas platyrhynchos)
  • Buitre Leonado (Gyps fulvus)
  • Buitre Negro (Aegypius monachus)
  • Gavilán Común (Accipiter nissus)
  • Águila Imperial Ibérica (Aquila adalberti)
  • Águila Real (Aquila chrysaetos)
  • Perdiz Roja (Alectoris rufa)
  • Gallineta Común (Gallinula chloropus)
  • Avefría Europea (Vanellus vanellus)
  • Andarríos Grande (Tringa ochropus)
  • Paloma Torcaz (Columba palumbus)
  • Tórtola Turca (Streptopelia decaocto)
  • Mochuelo Europeo (Athene noctua vidalli)
  • Abubilla (Upupa epops)
  • Pito Real Ibérico (Picus sharpei)
  • Totovía (Lullula arborea)
  • Avión Roquero (Ptyonoprogne rupestris)
  • Bisbita Común (Anthus pratensis)
  • Lavandera Blanca (Motacilla alba alba)
  • Lavandera Cascadeña (Motacilla cinerea)
  • Petirrojo Europeo (Erithacus rubecula)
  • Colirrojo Tizón (Phoenicurus ochruros)
  • Tarabilla Europea (Saxicola rubicola)
  • Roquero Solitario (Monticola solitarius)
  • Mirlo Común (Turdus merula)
  • Zorzal Charlo (Turdus viscivorus)
  • Curruca Rabilarga (Sylvia undata)
  • Curruca Cabecinegra (Sylvia melanocephala)
  • Mosquitero Común (Phylloscopus collybita)
  • Mito Común (Aegithalos caudatus irbii)
  • Carbonero Común (Parus major)
  • Herrerillo Común (Cyanistes caeruleus)
  • Herrerillo Capuchino (Lophophanes cristatus)
  • Alcaudón Real (Lanius meridionalis)
  • Arrendajo Común (Garrulus glandarius)
  • Rabilargo Ibérico (Cyanopica cooki)
  • Urraca (Pica pica melanotos)
  • Chova Piquirroja (Pyrrhocorax pyrrhocorax)
  • Estornino Negro (Sturnus unicolor)
  • Gorrión Común (Passer domesticus)
  • Pinzón Común (Fringilla coelebs coelebs)
  • Verdecillo Común (Serinus serinus)
  • Jilguero (Carduelis carduelis)
  • Pardillo Común (Carduelis cannabina)
  • Picogordo (Coccothraustes coccothraustes)
  • Escribano Soteño (Emberiza cirlus)
  • Escribano Montesino (Emberiza cia)
  • Triguero (Miliaria calandra)

lunes, 16 de enero de 2017

EL LANCE DEL LINCE

     Inesperadamente no trabajé hace dos días, lo que me brindó la oportunidad de salir al campo en compañía de Julia, Lucía y Paquillo, que junto a otros compañeros de su promoción de Ciencias de Ambientales de Málaga, entre los que están Lola, promotora de la quedada, vinieron a pasar este fin de semana en la Sierra de Andújar. El grupo había contratado una visita guiada por Inma y Paco, y durante nuestro recorrido me encontré con Raimundo, con quien pasé la mitad de la jornada. Una jornada naturalista que además haría las delicias del más exigente de los naturalistas, en la que se dejaron ver las seis especies emblemáticas que residen permanentemente en este privilegiado enclave de Sierra Morena que es Andújar, acompañadas de un variado elenco de otras especies igualmente interesantes, siendo de entre aquellas primeras el lince el que en mejores condiciones pude observar.

La cauta mirada del lince

     Me encontré con el grupo en El Encinarejo. Ellos ya me llevaban cierta ventaja, pues hasta que supe que ese sábado no trabajaría, ya llevaban en el campo casi un par de horas, y habían visto a la nutria. Por el camino yo había visto algunas de las aves más usuales que suelen verse al recorrer ese trayecto, estorninos, algunas urracas y al mirlo. Lamentaba no haber podido llegar antes, y haber compartido el avistamiento de la nutria, pero mientras aún esperábamos su aparición en las tranquilas aguas del río, podíamos oír a un par de gorriones chillones posados en un cable, ver a los mosquiteros y a la lavandera cascadeña pulular entre los guijarros del río y a unos cuantos estorninos sobre un eucalipto seco. Pero tan solo vimos salir de la espesura de la vegetación a un picogordo que cruzo el caudal volando de orilla a orilla, para ocultarse nuevamente entre las plantas.
     Pero con el cambio de ubicación, sí que logramos ver al mustélido acuático, delatada por sus movimientos, aunque tan sólo unos instantes. También divisamos, a pesar del fuerte contraluz, a los dos miembros de una pareja de águilas imperiales posadas en sendos postes, mientras podíamos oír al zorzal charlo y los arrullos de palomas torcaces, de las que vimos alguna que otra pasar por allí. Una familia de mitos se movía por unas encinas próximas, mientras se descubrió entre el matorral por unos momentos una curruca cabecinegra hembra, a la cual habíamos oído. También pasaron unos pocos cormoranes, y vimos a la garza real.
     Del Encinarejo no movimos hacia La Lancha. Lucía me acompañó durante todo este recorrido, lo que nos dio más tiempo para hablar sobre nuestras vidas y ponernos al día, que ya hacía más de un año que no nos habíamos visto. Por el camino vimos urracas, rabilargos, tórtolas turcas, alguna abubilla, perdices, trigueros, petirrojos y pinzones, e hicimos algunas paradas para observar el terreno en las que pudimos ver colirrojos y al andarríos grande. Sobre una redondeada roca de granito aparecían un par de mochuelos, como parte de la misma, a modo de dos pequeños bolos graníticos puestos sobre ella. Un par de madrileños que venían con un niño, que pararon junto a nosotros se entusiasmaron bastante con estos avistamientos, que además, por su entusiasmo motivado, parecían estar descubriendo estas aves por primera vez. Una satisfacción que ya es menos patente en los que nos hemos acostumbrado a ver con cierta asiduidad estos animales, pero que no debemos olvidarnos del placer que supone seguir observándolos, pese a lo comunes que puedan resultar.
     Bajando por la zona de curvas, divisamos un buitre leonado y un negro. Pero eché de menos a lo largo de todo el trayecto no haber visto ningún ciervo. Paramos en el Mirador del Jándula, desde donde vimos más buitres, aunque más lejos. El águila real, posada sobre una roca, a lo lejos, que poco después emprendió el vuelo compartiendo el espacio aéreo con los buitres. Más cerca, vimos un ejemplar damero de águila imperial alejándose. Y por las inmediaciones no nos faltaron los petirrojos, frecuentes ahora, en la invernada, y las torcaces que sobrevolaron el área. También divisamos con los telescopios un ciervo. Inma además estrenaba su “tele” ese día.
     Seguimos hacia la presa del Embalse del Jándula sobrevolada por múltiples aviones roqueros. También vimos algunos buitres planeando, y un leonado particularmente pasó volando bastante cerca. Con Paquillo rememoramos cuando él vio el lince por aquella zona en el Voluntariado en el que nos conocimos Inma, él y yo, así como la valoración del trabajo que allí acometimos con los eucaliptos. Julia, un compañero de su grupo y yo entramos un momento en el túnel a ver los murciélagos que allí reposan durante el día. Desde los aparcamientos, volvimos a levantar la mirada al cielo para ver al águila imperial volando entre los buitres.
     De camino hacia arriba fue muy propicio que me encontrara a Raimundo, con quien me quedé a comer y a echar el resto del día, puesto que el grupo tenía una visita al interior de una finca privada. El zumbido de las abejas entre los florecidos romeros era continuo. Poco antes de comer se escuchaba la curruca cabecinegra, y un macho acabó elevándose sobre el lentisco donde se ocultaba, para volver a esconderse a continuación.


















     Después de almorzar Raimundo sugirió que deberíamos darnos un paseo. Acertada proposición, pues no muy lejos un grupo de gente acababa de ver al lince. Entre ellos estaban los madrileños con los que había coincidido por la mañana. No debimos esperar demasiado rato para verlo. Aunque dada nuestra posición y la del felino resultaba difícil hacer una observación cómoda. Lo descubrimos inmóvil, contra una roca. Algo llamaba poderosamente su atención, que le atrapaba la mirada como para ignorar la expectación que había despertado entre el público que lo contemplaba. Y tras una breve pero apresurada y certera carrera el lince se precipitó sobre su presa por excelencia, un joven conejo en el que yo por lo menos, no había deparado en su presencia. Quizá porque mi atención en el lince estaba tan centrada como la del lince lo estaba en el conejo. Pero durante el tiempo que duró el acecho, me dio tiempo a suponer que podría estar haciendo lo que finalmente hizo. ¡Acabábamos de ver la secuencia de un documental, en vivo!

Es predador especialista con su presa específica

     El conejo no emitió chillido alguno al ser cazado. Pensé que pudiera haber sido silenciado por el murmullo de la gente que me rodeaba, pero lo cierto es que nadie lo escuchó. No tardó mucho en comisquearlo en el mismo sitio donde cazó al lagomorfo, junto a un lentisco, y poco a poco se fue alejando del lugar. Pero antes de largarse volvió a brincar entre las rocas, en las que estuvo un rato echado al sol, tranquilo. Tras perderse de la vista de todo el mundo, la gente volvió a dispersarse, colocándose cada cual en su posición para seguir oteando el paisaje a la espera de que la suerte les sonría de nuevo.


















     Prologando la espera tan solo divisábamos las urracas sobre el terreno por que cruzaban palomas de vez en cuando, más algún que otro lejano ciervo que descubríamos. Y unas horas más tarde, cuando estábamos apunto de marcharnos, de nuevo se dejó ver el punteado gato. Había vuelto de su campeo a la misma área donde anteriormente había cazado. Costaba seguirle sus movimientos entre rocas, lentiscos y acebuches. De hecho yo dejé de verle pronto. Pero Raimundo, que volvió a estar acertado, supo posicionarse mejor y consiguió verle durante más tiempo y más cerca. Volvió a tener éxito al cazar de nuevo, otro joven conejo, y tras comérselo consiguió cruzar la pista, y recuperar su intimidad, penetrando en el monte que lo apartaba de curiosas miradas y objetivos fotográficos. No todos los días se puede presenciar al felino mediterráneo en acción, ejerciendo su papel de depredador. Ya podíamos irnos más que satisfechos. A parte de los ciervos, de regreso, con la luz del atardecer, pude ver también algún gamo.

(*) Fotografías: gentileza de Raimundo Gómez.


Lista de Especies Observadas (Orden Sistemático):

  • Conejo Europeo (Oryctolagus cuniculus algirus)
  • Nutria Paleártica (Lutra lutra)
  • Lince Ibérico (Lynx pardinus)
  • Ciervo Rojo (Cervus elaphus)
  • Gamo (Dama dama)
  • Cormorán Grande (Phalacrocorax carbo)
  • Garza Real (Ardea cinerea)
  • Buitre Leonado (Gyps fulvus)
  • Buitre Negro (Aegypius monachus)
  • Águila Imperial Ibérica (Aquila adalberti)
  • Águila Real (Aquila chrysaetos)
  • Perdiz Roja (Alectoris rufa)
  • Andarríos Grande (Tringa ochropus)
  • Paloma Torcaz (Columba palumbus)
  • Tórtola Turca (Streptopelia decaocto)
  • Mochuelo Europeo (Athene noctua vidalii)
  • Abubilla (Upupa epops)
  • Avión Roquero (Ptyonoprogne rupestris)
  • Lavandera Cascadeña (Motacilla cinerea)
  • Petirrojo Europeo (Erithacus rubecula)
  • Colirrojo Tizón (Phoenicurus ochruros)
  • Mirlo Común (Turdus merula)
  • Zorzal Charlo (Turdus viscivorus)
  • Curruca Cabecinegra (Sylvia melanocephala)
  • Mosquitero Común (Phylloscopus collybita)
  • Mito Común (Aegithalos caudatus irbii)
  • Rabilargo Ibérico (Cyanopica cooki)
  • Urraca (Pica pica melanotos)
  • Chova Piquirroja (Pyrrhocorax pyrrhocorax)
  • Estornino Negro (Sturnus unicolor)
  • Gorrión Chillón (Petronia petronia)
  • Pinzón Común (Fringilla coelebs coelebs)
  • Picogordo (Coccothraustes coccothraustes)
  • Triguero (Miliaria calandra)

lunes, 2 de enero de 2017

COMENZANDO EL AÑO CAMPEANDO POR LA SIERRA DE ANDÚJAR

     Inmejorable inicio del año. Ya empieza a ser costumbre que inaugure los años saliendo al campo. Aprovechando ayer mi día libre, que previsiblemente será de los pocos que tenga en enero, salí en compañía de Rocío, a sugerencia suya, a dar una vuelta por la sierra. Y yo le propuse ir al camino de La Lancha, a probar suerte con el lince. Salimos más bien tarde, pero el día dio bastante de si, pese a llevar un plan más bien tranquilo y relajado, y no ir expresamente en busca de nada.
     Durante el trayecto de ida paramos en alguna ocasión para fijarnos en los pajarillos que había junto al camino. Petirrojos y pinzones sobre todo, pero también algún colirrojo tizón y tarabillas. Nos detuvimos también a ver los trigueros en alambradas y encinas cercanas, y a un par de zorzales charlos, algo lejos, en una dehesa por la que pasamos. Más cerca que los charlos, vimos también una abubilla en la misma parada, sondeando el suelo con su largo y curvo pico, a la sombra de una encina. Por supuesto tampoco faltaron urracas, ni estorninos, pero no les prestamos demasiada atención. Pero me extraño no ver ni un ciervo en todo el camino.

Sierra de Andújar

     Al poco tiempo de llegar a las curvas, donde había bastante gente repartida por diferentes puntos del camino, vimos una pareja de buitres negros que nos pasaron volando bastante cerca. Se oían los arrullos de la paloma torcaz y las ásperas notas de reclamo de la curruca capirotada, y de vez en cuando también berreaba algún ciervo. También oímos el canto del águila imperial, pero tampoco se dejaba ver. Vimos un conejo al lado de un lentisco. Los buitres leonados planeaban diseminados por el cielo, en todas direcciones, en lugar de hacerlo en las típicas concentraciones aprovechando las corrientes térmicas. Alguna paloma pasaba en vuelo por el lugar. Las pocas urracas también aparecían dispersas por la zona, y aunque de vez en cuando se oían, no eran alarmas que marcaran la presencia de ningún carnívoro, como a menudo lo hacen con el lince. Y no tardó en aparecer el águila imperial, el adulto al que habíamos oído hacia un rato.
     Poco antes de almorzar, emprendimos un paseo que pronto se vería interrumpido. Habían detectado a un lince en algún lugar. Cuando una mujer nos dejó mirar por su telescopio, contemplamos a un remoto lince, a contra luz, tumbado placidamente sobre una gran roca, al sol. A pesar de las malas condiciones de luz, y la lejanía, siempre que se consigue observar un lince en libertad es un momento especial, y quizás más tratándose del primero, y espero que no el último, del año. Pero no se quedo demasiado tiempo allí, y tras acicalarse y lamerse con esmero, bajó de la roca al suelo, y entre la vegetación desapareció. Fue entonces cuando Rocío y yo nos fuimos a comer.
     Mientras comíamos sentados al borde del camino volvimos a ver un conejo, quizás el mismo de antes, junto a los lentiscos por los que se movía algún que otro mirlo. Se seguía oyendo a la curruca cabecinegra, y llegó a salir unos instantes de los lentiscos que la cobijan. Con sus habituales griteríos, de repente irrumpió en aquel mismo rodal de lentiscos donde estuvo el conejo, los mirlos y la curruca, un bando de rabilargos. Y a lo lejos, el pito real repitió seguidamente sus potentes notas sonoras, componiendo su característica estrofa.

Abeja libando el néctar de la flor del romero

     Reanudamos el paseo poco después de comer, con varias paradas para mirar a los buitres leonados, al buitre negro y al águila imperial, que también se podía escuchar con fuerza. Esta vez, además de al adulto, llegamos a ver a un damero. Vimos también petirrojos y unas perdices. Divisamos al azul roquero solitario entre granitos, mientras daban pasadas sobre la pista aviones roqueros. Las abejas (Apis mellifera) zumbaban entre los romeros en flor. No muy lejos se encontraban las colmenas, visibles desde el camino. Y al término de nuestro paseo oímos el chasquido que producen los ciervos al chocar sus cuernas. Nos asomamos un poco más adelante por si descubríamos la pelea, pero tan solo vimos un grupo de seis machos que enseguida se marcharon. En cambio un joven vareto se mostró más confiado. Parece que el hecho de que no se cace en esa finca, ha cambiado el comportamiento de los animales, mostrándose más tranquilos y confiados.
     Al comenzar a caminar de vuelta, presenciamos como el águila imperial adulta, entre cacareos, picaba sobre el damero. Más buitres deslizándose por el aire, y aviones revoloteando por los alrededores del carril. Nos paramos un rato a mitad de recorrido, y nos sentamos a contemplar los seres animados del paisaje. De nuevo repetía el macho del roquero solitario posado en su pétreo hábitat. Un petirrojo se movía inquieto por un lentisco próximo al camino. Un par de urracas, la una sobre una encina, y la otra en el suelo, se veían cláramente pese a la distancia, por su destacado blanquinegro plumaje. También vimos otro conejo, algo lejos, cerca de unos acebuches.

Anocheciendo

     No tardamos mucho en volver al coche para irnos, pues aunque todavía quedaba un buen rato de luz aprovechable, tenía cosas que preparar. Durante el camino de vuelta vimos más ciervos, separados por grupos de machos y hembras. Alguno de ellos eran portadores de grandes cuernas. Vimos también un grupo de gamos en una dehesa, algunos de los cuales, con alocados brincos y carreras, idas y venidas, y sus colas totalmente levantadas mostrando el escudo anal completamente blanco, parecían estar jugando y divirtiéndose, en lugar de indicar algún tipo de peligro inminente. Y de las aves volvieron a repetir los estorninos, los trigueros, los colirrojos, los petirrojos, los pinzones, más la abubilla, que voló no lejos de un gran ciervo macho, que corría paralelo a la valla que le impedía cruzar la pista.

(*) Fotografías: gentileza de Rocío Ferrer.


Lista de Especies Observadas (Orden Sistemático):

  • Conejo Europeo (Oryctolagus cuniculus algirus)
  • Lince Ibérico (Lynx pardinus)
  • Ciervo Rojo (Cervus elaphus)
  • Gamo (Dama dama)
  • Buitre Leonado (Gyps fulvus)
  • Buitre Negro (Aegypius monachus)
  • Águila Imperial Ibérica (Aquila adalberti)
  • Perdiz Roja (Alectoris rufa)
  • Paloma Torcaz (Columba palumbus)
  • Abubilla (Upupa epops)
  • Pito Real Ibérico (Picus sharpei)
  • Avión Roquero (Ptyonoprogne rupestris)
  • Petirrojo Europeo (Erithacus rubecula)
  • Colirrojo Tizón (Phoenicurus ochruros)
  • Tarabilla Europea (Saxicola rubicola)
  • Roquero Solitario (Monticola solitarius)
  • Mirlo Común (Turdus merula)
  • Zorzal Charlo (Turdus viscivorus)
  • Curruca Cabecinegra (Sylvia melanocephala)
  • Rabilargo Ibérico (Cyanopica cooki)
  • Urraca (Pica pica melanotos)
  • Estornino Negro (Sturnus unicolor)
  • Pinzón Vulgar (Fringilla coelebs coelebs)
  • Triguero (Miliaria calandra)