domingo, 28 de enero de 2018

PASEO POR LOS ALREDEDORES DE ZUHEROS

     Quedé ayer con David y Maite en Zuheros, para posteriormente reunirnos con Lucía y Paco en el Centro de Visitantes de Santa Rita, de Cabra, y hacer el sendero del Río Bailón, desde la Nava de Cabra hasta Zuheros, donde yo dejé el coche. Para recorrer este sendero, David había pedido la autorización previa pertinente, pero el viento y el frío nos obligaron a posponerlo.
     Pero como me adelanté a la hora de quedada, aproveché el rato para darme un paseo por el entorno de Zuheros en la fresca mañana, donde nada más apearme del coche el griterío de las chovas piquirrojas me daba la bienvenida a este enclave cordobés de las Sierras Subbéticas. A pesar de disponer de algo más de una hora de tiempo, no llegué muy lejos, pues los numerosos pájaros que se hacían notar por el barranco del Río Bailón, sin nada de agua, por desgracia, y los alrededores de Zuheros, me obligaban a detenerme a escucharlos, o a tratar de contemplarlos.

Barranco del Río Bailón

     Por las paredes rocosas próximas al aparcamiento, también llegué a oír al gorrión chillón, pero me fue imposible detectarlo con la vista. Las currucas capirotadas y los gorriones comunes eran frecuentes en un pequeño joven olivar a los pies del pueblo, a los que previamente había podido escuchar. A la curruca cabecinegra también llegué a oírla, pero no logré verla. Los mirlos se descubrían por su voz de alarma que emiten en sus vuelos rasantes, que salían a mi paso. Los herrerillos comunes también se dejaron ver y oír con facilidad, así como algún carbonero. Además se oía el escribano soteño en alguna parte, pero no era capaz de descubrirlo. Inconfundibles, en apoyados en sus respectivos posaderos, el macho de la pequeña tarabilla sobre el tallo de una herbácea, y el macho azul del roquero solitario en una destacada roca.
     Los estorninos negros alegraban con su presencia el Castillo de Zuheros, posados en sus almenas, desde donde emitían su variado repertorio musical. Mis pasos me llevaron a un puente colgante por un estrecho desfiladero entre la roca, desde donde pude ver y oír a la pareja de cernícalos, a los que podríamos considerar los verdaderos señores que viven en el castillo.
     De vuelta al coche volví a toparme con varias de las especies de pájaros que ya había visto. De hecho ahora eran más visibles las currucas capirotadas y también se dejó ver mejor el carbonero común. Pero antes de llegar al coche reconocí la silueta de un macho de cabra montés, recortada en el cielo, sobre el roquedo. Desde el puente sobre el lecho del Bailón, estuve observándolo más cerca y con mayor detenimiento, pues permaneció durante largo tiempo sin apenas moverse del sitio. Tanto, que también me dediqué a mirar al otro lado del puente, donde vi más gorriones comunes y divisé al escribano soteño sobre la deshojada rama de una higuera.
     Finalmente el macho montés se acabó yendo, y llegaron Maite y David, cuando había aparecido en escena cuatro hembras de cabra montés, muchos más dinámicas que el macho, desplazándose y brincando por las rocas del cortado pétreo.


Lista de Especies Observadas (Orden Sistemático):

  • Cabra Montés (Capra pyrenaica hispanica)
  • Cernícalo Vulgar (Falco tinnunculus)
  • Tarabilla Europea (Saxicola rubicola)
  • Roquero Solitario (Monticola solitarius)
  • Mirlo Común (Turdus merula)
  • Curruca Cabecinegra (Sylvia melanocephala)
  • Curruca Capirotada (Sylvia atricapilla)
  • Carbonero Común (Parus major)
  • Herrerillo Común (Cyanistes caeruleus)
  • Chova Piquirroja (Pyrrhocorax pyrrhocorax)
  • Estornino Negro (Sturnus unicolor)
  • Gorrión Común (Passer domesticus)
  • Gorrión Chillón (Petronia petronia)
  • Escribano Soteño (Emberiza cirlus)

lunes, 15 de enero de 2018

FIN DE SEMANA LINCERO

     El emblemático lince ibérico fue el protagonista indiscutible del pasado fin de semana en la zona pública de la Sierra de Andújar, haciéndonos testigos a Raimundo y a mí, aunque no en exclusividad, sino también a otras muchas personas de diversas procedencias, probablemente demasiadas, que desafiaron el frío y la lluvia, para presenciar dos de las facetas quizás más apasionantes en la vida de este felino: la caza y la cópula.
     Cuando llegamos el sábado a las concurridas “curvas de La Lancha”, lo habían estado viendo unos 15 minutos antes, carroñeando los restos de un cérvido, unos decían ciervo y otros gamo, y aunque pude verlos con los prismáticos, no me paré a tratar de averiguar de que especie eran aquellos despojos. Habían sido justo los minutos en los que yo me había demorado en llegar al punto de encuentro con Raimundo, y estaba un poco molesto por ello. Podíamos haber perdido la oportunidad de observar el lince ese día.


     Pero unos maullidos, posiblemente del ejemplar que había estado comiendo carroña, se propagaron por el lugar, y nos devolvió la confianza en que podíamos verlo. Decidimos cambiar de sitio. Nos desplazamos andando, y llegamos a un sitio donde lo estaban viendo. Un lince estaba a la caza de su presa por excelencia, el conejo, pero no estaba empleando su habitual rececho para sorprender a su presa y capturarla al salto. Estaba llevando a cabo una insólita técnica que de hecho en un principio dudé que estuviera cazando, hasta que me despejó la incertidumbre con el conejo en las fauces. Un animal como el lince, sin ninguna adaptación anatómica para la excavación, se empleaba a fondo en los alrededores de una gazapera. Más que excavar, parecía como sí solo arañase el terreno con las retráctiles uñas con las que están dotadas las zarpas de todos los felinos del mundo.
     Mientras, habíamos divisado otro lince que bajaba por la ladera del monte, en dirección al que estaba excavando. Este por su parte había conseguido extraer dos jóvenes conejos, uno que mal herido se ocultó entre unos romeros cercanos. Pero seguía obstinado en su prospección, tanto que no advirtió que un congénere se le aproximaba sigilosamente. Cuando llegó a su altura, se asustó, dando un pequeño brinco hacia atrás, cogiendo con diligencia el conejo muerto que yacía al lado, y desapareciendo de nuestra vista en la espesura de la vaguada.


     El lince que acababa de llegar también estuvo merodeando y olisqueando la gran boca abierta al exterior por el lince que se había marchado, pero no se entregó a ello tan afanosamente como el que se había ido. Localizó al pequeño conejo que se había ocultado entre unos romeros cercanos, donde puede que muriera, porque lo cogió sin ningún esfuerzo. Tras haberlo comisqueado, se dirigió al agujero, y sin emplearse tan afondo en remover tierra como el otro, consiguió extraer otro gazapo. Acto seguido, se largó exactamente por donde se fue el primero. Se trataba de una pareja, pues poco después, los pudimos ver juntos de nuevo sobre una gran roca de granito.
     Además aquella mañana de sábado, pues nos fuimos a medio día, antes de que empezara a llover, vimos también por allí a los buitres leonados y una pareja de negros, más un águila imperial. Y en general otras aves como mirlos, el petirrojo, palomas, la curruca cabecinegra, gorriones o el pito real que vimos en el camino, o que habían estado en el punto de observación, eclipsadas por el lince para el gran público. Porque la siguiente mañana, el domingo, estuvo lloviendo, y no fue precisamente un día para contemplar aves, exceptuando al trepador azul que pude oír mientras llegaba Raimundo, y un mochuelo y una abubilla que vimos por el camino. Ciervos y gamos, también fueron mamíferos que vimos ambos días, sobre todo por el camino. Y entre las aves que repitieron están urracas, rabilargos, pinzones, estorninos y perdices. Los conejos parecen que vuelven a repuntar en la zona, tras haber quedado su población reducida al mínimo por la hemorrágica vírica de años atrás.
     Nada más llegar el domingo a las curvas, encontramos a la gente concentrada en una de ella en medio del camino. Obviamente estaban viendo al lince. Tuve suerte de poder aparcar a un lado del camino, sin estorbarle a nadie, que otros que llegaron después se vieron obligados a dejar sus coches en mitad de la pista. El silencio unánime del grupo nos comunicaba que el lince andaba cerca. Y no uno, sino dos, una pareja estaba a menos de 100 metros de nosotros. Ya habían copulado, según nos dijeron. Otra vez sentía que habíamos llegado tarde.


     Tan cerca estaban, que oíamos el gruñido casi continuo que emitía la hembra, agazapada, sin apartar la vista de su compañero, el cual la rondaba insistentemente, bajo la constante lluvia. De vez en cuando se movían por las inmediaciones, desapareciendo entre las jaras y los romeros. Yo temía que en una de esas veces que se levantaba la hembra, emprendieran una carrera y se largaran. Me resultaba increíble que estuvieran tan entregados, el macho en intentar montar a la hembra, y esta, que parecía poco receptiva, en intentaba evitarlo, sin importarles el gran número de gente que allí nos reunimos.
     El macho cada vez se envalentonaba más, y la hembra ya recurrió a repelerlo en un conato de lucha a zarpazos, pero aquel consiguió finalmente su objetivo, y yo presencié mi primera cópula de lince, a pesar de estar tras una mata de romero. Mientras el macho montaba a la hembra, mordiéndola por el cogote, está permanecía echada en el suelo, gruñendo sin cesar.



     Tras finalizar la cópula, seguían permaneciendo juntos ambos consortes, allí mismo, pero el interés de la gente por los linces empezó a decrecer. Hay que entender que la mayor parte de de cualquier animal discurre dentro de una rutina, que en el caso del lince es bastante tranquila. Quizás también  la lluvia, que por momentos arreciaba, también desanimara al público. Yo mismo me fui un par de veces al coche. Y poco antes de dejar de llover, los linces se marcharon ladera arriba. La gente, y los coches, empezaron a irse poco a poco también. Y como testimonio de aquellas magníficas horas en las que estuvimos contemplando las escenas de amor con las que nos deleitaron aquella pareja de linces, algunos espectadores dejaron abandonadas las colillas de sus cigarros sobre el camino.


     Pero pese al protagonismo casi absoluto que le damos al lince, conviene recordar que no es en si mismo un ser aislado que vive independiente o de maneja ajena al entorno en el que se mueve. Ni siquiera es tan simple como la estrecha relación trófica que guarda con el conejo, animal que constituye la base en su dieta. El lince interactúa con el resto de elementos, vivos y no vivos de su hábitat. El lince precisa de las jaras, los romeros y los lentiscos, donde ocultarse para cazar, o descansar tranquilamente. Necesita de las inertes rocas, entre cuyas oquedades suelen realizar sus camadas. Y así, los conejos, las jaras y los lentiscos, y las rocas constituyen el mundo del lince ibérico en un delicado y complejo equilibrio en la Sierra de Andújar.

(*) Fotografías: gentileza de Raimundo Gómez.
                                                                                                             

Lista de Especies Observadas (Orden Sistemático):

  • Conejo Europeo (Oryctolagus cuniculus algirus)
  • Lince Ibérico (Lynx pardinus)
  • Ciervo Rojo (Cervus elaphus)
  • Gamo (Dama dama)
  • Buitre Leonado (Gyps fulvus)
  • Buitre Negro (Aegypius monachus)
  • Águila Imperial Ibérica (Aquila adalberti)
  • Perdiz Roja (Alectoris rufa)
  • Paloma Torcaz (Columba palumbus)
  • Mochuelo Europeo (Athene noctua vidalii)
  • Abubilla (Upupa epops)
  • Pito Real (Picus sharpei)
  • Petirrojo Europeo (Erithacus rubecula)
  • Mirlo Común (Turdus merula)
  • Curruca Cabecinegra (Sylvia melanocephala)
  • Trepador Azul (Sitta europaea caesia)
  • Rabilargo Ibérico (Cyanopica cooki)
  • Urraca (Pica pica melanotos)
  • Estornino Negro (Sturnus unicolor)
  • Gorrión Común (Passer domesticus)
  • Pinzón Vulgar (Fringilla coelebs coelebs)

domingo, 10 de diciembre de 2017

RUTA GUIADA POR LA SIERRA DE ANDÚJAR

     Junto con Inma y con Paco, ayer pasé una gran jornada en la Sierra de Andújar. Fue un día de trabajo, para unas rutas guiadas con Iberus, pero cuado pasas el tiempo entre personas tan entusiastas con lo que hacen, el trabajo se convierte en todo un estímulo. Inma y yo recogimos a nuestros respectivos clientes en el Centro de Visitantes de las Viñas de Peñallana, y desde allí, yo detrás de ella, nos dirigimos hacia La Lancha.
     En nuestro recorrido vimos urracas y rabilargos, pero sin duda los que hacían las delicias de las observaciones de nuestros clientes eran los abundantes ungulados de los montes mediterráneos andujareños, ciervos y gamos, que exigían improvisar algunas paradas. Por el camino vimos también pinzones y un cernícalo.
     En una parada en la que nos apeamos del coche acabamos localizando un pequeño rebaño de muflones, compuesto por seis hembras y dos machos. Vimos también un discreto mochuelo, sobre unas rocas de granito, a la sombra de unas encinas, pese a la cerrada nubosidad del día. Se podían escuchar petirrojos por el entorno, mientras alguna lavandera blanca se paseaba por el carril.
     Paramos también al llegar a las curvas, apartados de las grandes concentraciones de gente, donde pudimos observar conejos. Al menos cinco ejemplares distintos. A quienes comprendemos el funcionamiento de estos ecosistemas, nos produce mayor entusiasmo contemplar a este modesto animal que a un ciervo, pues el conejo es una presa fundamental en la dieta de los depredares de este medio natural. También vimos algún mirlo que prospectaba el suelo. Se escuchaba a la curruca rabilarga, y acabamos descubriendo una moviéndose entre las ramas de un madroño cercano.

Lince Ibérico

     Poco después hicimos otra parada porque sabíamos que se estaba viendo el lince. Y nada más bajarnos del coche lo localicé, encaramado junto a unos romeros. Permaneció bastante rato echado en el suelo, dormitando, y mientras tanto se nos unió Paco con su grupo. Pero tras cesar su descanso no se incorporó inmediatamente, sino que aprovechó su amagada posición para iniciar un rececho. Y desplazándose ligeramente a cortos trechos se lanzó a por un conejo. El lance no tuvo éxito, como ocurre la mayoría de las veces en la naturaleza, del que salieron dos raudos conejos por la loma donde ocurrió, y tras la que se había ocultado el lince. Las urracas, hasta una curruca cabecinegra, parecían reprocharle su fracaso. Delataban su presencia, todavía en la zona, pese a que nosotros no podíamos verlo. Y decidimos seguir nuestra ruta.
     Nuestra siguiente parada fue para observar las cabras monteses de los alrededores del embalse del Jándula, mientras les servimos un aperitivo campero a nuestros clientes, con productos locales y ecológicos, escuchábamos los reclamos del carbonero. El aire que entraba valle arriba, venía cargado de humedad. Pero a parte de las cabras, en las rocas también había posados unos buitres leonados, más otros que pasaron en vuelo. Con estos, también venía un buitre negro. También se dejaron ver un par de chovas. De vuelta, pasado el medio día, a parte de ciervos y gamos en el camino, me fijé en un zorzal charlo posado en la rama alta de una encina, y en un macho de tarabilla en un alambre.
     Tras dejar a los clientes en el punto de encuentro, y para aprovechar el resto del día, Inma y yo nos fuimos hacia la finca privada para ayudarle a Paco con los suyos. Por el camino nos dedicamos con mayor interés a fijarnos en los pájaros. Entre una multitudinaria bandada de pinzones, Inma fue capaz de dar con un pinzón real, que yo no llegué a ver, porque no tardaron mucho en levantar el vuelo, formando una gran algarabía con sus reclamos. También buscamos entre los estorninos negros algún pinto, pero no lo encontramos. Tan sólo un avefría compartía aquellos campos, pero sin mezclarse con ellos. Pero además habíamos visto lavanderas blancas por los campos donde estaban los estorninos y los pinzones, más una lavandera cascadeña, un par de pitos reales por el camino, pardillos, a los que también oímos, y unos jilgueros.
     Entrando en la finca pude ver un verdecillo. Por el entorno del sitio que elegimos para hacer una espera se movía una lavandera blanca y un bisbita por el suelo, mientras un ruidoso y compacto bando de los estorninos cambiaba a menudo de encina donde se dejaba caer. Vimos también dos conejos. Cuando nos pusimos a almorzar, Inma no tardó en divisar dos linces que bajaban descendiendo entre las rocas de la ladera de enfrente nuestra. Avisamos a Paco, que estaba en otro punto para que estuviese atento. Y los linces, una madre con su cría del año llegaron a un prado donde estuvieron moviéndose por largo rato, antes de volver a ascender ladera arriba hacia al final de la tarde, cuando algunos rayos de sol atravesaban la cortina de nubes, y bañaban de luz algunas áreas de los montes adyacentes. Los mochuelos habían empezado a cantar con el crepúsculo. Pero la humedad atmosférica puso activos a los sapos, y de noche, cuando íbamos de regreso hacia el Centro, los encontramos. Un par de sapos corredores, y uno de espuelas, a los que nos entretuvimos haciéndoles fotos con la ayuda de una pequeña linterna, y posteriormente apartamos de la carretera para evitar que fueran atropellados.

Sapo Corredor

Sapo de Espuelas



























Lista de Especies Observadas (Orden Sistemático):

  • Conejo Europeo (Oryctolagus cuniculus algirus)
  • Lince Ibérico (Lynx pardinus)
  • Muflón (Ovis orientalis)
  • Cabra Montés (Capra pyrenaica hispanica)
  • Ciervo Rojo (Cervus elaphus)
  • Gamo (Dama dama)
  • Buitre Leonado (Gyps fulvus)
  • Buitre Negro (Aegypius monachus)
  • Cernícalo Vulgar (Falco tinnunculus)
  • Avefría Europea (Vanellus vanellus)
  • Mochuelo Europeo (Athene noctua vidalli)
  • Pito Real Ibérico (Picus sharpei)
  • Bisbita Pratense (Anthus pratensis)
  • Lavandera Blanca (Motacilla alba alba)
  • Lavandera Cascadeña (Motacilla cinerea)
  • Petirrojo Europeo (Erithacus rubecula)
  • Colirrojo Tizón (Phoenicurus ochruros)
  • Tarabilla Europea (Saxicola rubicola)
  • Mirlo Común (Turdus merula)
  • Zorzal Charlo (Turdus viscivorus)
  • Curruca Rabilarga (Sylvia undata)
  • Curruca Cabecinegra (Sylvia melanocephala)
  • Carbonero Común (Parus major)
  • Rabilargo Ibérico (Cyanopica cooki)
  • Urraca (Pica pica melanotos)
  • Chova Piquirroja (Pyrrhocorax pyrrhocorax)
  • Estornino Negro (Sturnus unicolor)
  • Pinzón Vulgar (Fringilla coelebs coelebs)
  • Verdecillo Común (Serinus serinus)
  • Jilguero (Carduelis carduelis)
  • Pardillo Común (Carduelis cannabina)
  • Sapo de Espuelas (Pelobates cultripes)
  • Sapo Corredor (Epidalea calamita)

domingo, 3 de diciembre de 2017

MAULLIDOS AL ANOCHECER

     Salimos ayer Raimundo y yo para dar una vuelta por la Sierra de Andújar. El rincón elegido, como casi siempre fue La Lancha, y sobre todo porque, aunque aprovechamos incluso la noche, habíamos quedado algo tarde en la mañana. En nuestra mente y en nuestras conversaciones estuvo muy presente nuestro reciente viaje a la Sierra de la Culebra.

Detalle de la cabeza de un ciervo
     De camino hacia el punto de encuentro, me fije en las avefrías esparcidas por los campos de cultivo, acompañadas por los negros estorninos. La imagen que ofrece la sierra es bastante seca en general, sin apenas pasto verde cubriendo el suelo, e incluso con encinas secándose en alguna zona. No titubeamos demasiado en decidir ir a La Lancha, y por el camino miraba con cierto interés a los pinzones, esperando descubrir algún real entre los comunes. Urracas, rabilargos, y algún lejano buitre fueron el resto de aves que se dejaron ver durante el recorrido. Y tampoco faltaron ciervos y algún gamo.

Ciervo macho

     La mayor parte del día la invertimos en la espera en las curvas. Oímos a los rabilargos y a las urracas, y los descubrimos, pero no delataban a nadie. Encontramos algunos ciervos en nuestros barridos con los prismáticos sobre el terreno a lo largo de casi toda nuestra estancia allí. Sobre el cable de un tendido eléctrico localizamos al macho azul del roquero solitario. A menudo se oía al petirrojo, y de vez en cuando a la curruca cabecinegra, dejándose ver más tarde al menos un petirrojo más un macho de curruca cabecinegra. Raimundo divisó una altanera águila imperial, a la que previamente escuchamos, volando al lado de dos buitres leonados. También asomó un mirlo macho que se apresuró a ocultarse en un lentisco, además de algún que otro colirrojo tizón que se movía entre las rocas y por el suelo. Y cada vez que escuchaba el reclamo de la curruca rabilarga entre los arbustos próximos al carril, no podía evitar acordarme de aquella pista forestal en la Sierra de la Culebra, porque era precisamente esta pequeña ave siempre emboscada, una de las que ponía el sonido a nuestras esperas de lobo allí.
     Raimundo divisó un conejo que a mí no me dio tiempo a ver. Unas pocas perdices se pasearon por un camino privado, del interior del sitio que observábamos detenidamente. A primeras horas de la tarde, empezaron a pasar buitres leonados, aunque bastante altos en su mayoría, y junto a ellos, también algunos negros. Mas cerca, nos sobrevolaban unos aviones roqueros. Pasó un pequeño bando de torcaces, y compacto grupo de estorninos que se movía por allí, fue a pararse en la copa de una encina. Cantó una chova piquirroja, y descubrimos su negra silueta recortada en el azul cielo.
     Con la caída de las horas vespertinas se oían el choque de las cuernas de un par de ciervos, que pese a la cercanía, el accidentado terreno nos impedía verlos. Empezaron las llamadas de los mochuelos, contestándose entre ellos. Pero sobre los maullidos de los mochuelos, se impusieron otros con un cierto tono rugiente. Se trataba de un lince que estaba en las proximidades, y que para despajar cualquier duda que tuviéramos al respecto, volvió a entonar una segunda vez su desgarradora voz, rompiendo el silencio que se había hecho en esos instantes en los que aguardábamos con tensión que apareciese. Pero tras esa segunda secuencia de maullidos, sólo quedó eso, el silencio, además del frío y la casi total oscuridad impuesta por la noche incipiente. En cierto modo, me recordó a mi primera observación de lince, que fue únicamente acústica, una mañana de enero de 2008, en el Encinarejo, y que me quedé con las ganas de verlo.
     De noche, con la luna prácticamente llena, seguimos el camino hasta el Embalse del Jándula. La luz de la luna reflejaba perfectamente las paredes desnudas y blancuzcas del cuenco de un embalse que se halla casi vacío de agua. Esperábamos escuchar al búho real, pero allí sólo vimos unas cabras, en las rocas de las inmediaciones. Pasamos al otro lado del túnel, que usaba para dormir una hembra de colirrojo tizón. Entre las grietas del techo descubrimos algunos murciélagos, entre ellos el ratonero grande, y el de cueva. No nos quedamos demasiado tiempo allí, para no molestar y evitar que emprendieran el vuelo. Al salir del túnel nos encontramos con una garduña que con tremenda agilidad, se apresuró a huir por la pared rocosa. A la vuelta vimos algunos ciervos junto al camino, y se son cruzó de cerca una piara de siete u ocho jabalíes, que aunque alguno destacaba más sobre el resto, eran todos bastante grandes en general, o esa es la sensación que nos dieron.

(*) Fotografías: gentileza de Raimundo Gómez.


Lista de Especies Observadas (Orden Sistemático):
                                                                                           
  • Murciélago Ratonero Grande (Myotis myotis)
  • Murciélago de Cueva (Miniopterus schreibersii)
  • Conejo Europeo (Orytolagus cuniculus algirus)
  • Garduña (Martes foina)
  • Lince Ibérico (Lynx pardinus)
  • Jabalí (Sus scrofa)
  • Cabra Montés (Capra pyrenaica hispanica)
  • Ciervo Rojo (Cervus elaphus)
  • Gamo (Dama dama)
  • Buitre Leonado (Gyps fulvus)
  • Buitre Negro (Aegypius monachus)
  • Águila Imperial Ibérica (Aquila adalberti)
  • Perdiz Roja (Alectoris rufa)
  • Avefría Europea (Vanellus vanellus)
  • Paloma Torcaz (Columba palumbus)
  • Mochuelo Europeo (Athene noctua vidalii)
  • Avión Roquero (Ptyonoprogne rupestris)
  • Petirrojo Europeo (Erithacus rubecula)
  • Colirrojo Tizón (Phoenicuros ochruros)
  • Roquero Solitario (Monticola solitarius)
  • Mirlo Común (Turdus merula)
  • Curruca Rabilarga (Sylvia undata)
  • Curruca Cabecinegra (Sylvia melanocephala)
  • Rabilargo Ibérico (Cyanopica cooki)
  • Urraca (Pica pica melanotos)
  • Chova Piquirroja (Pyrrhocorax pyrrhocorax)
  • Estornino Negro (Sturnus unicolor)
  • Pinzón Vulgar (Fringilla coelebs coelebs)

sábado, 14 de octubre de 2017

OBSERVACIONES DE AVES EN EL PUERTO DE SOMPORT

     La segunda etapa de mi estancia de casi un mes por los Pirineos oscenses, discurre entre los días 1 y 11 del mes presente, en el que he vuelto a participar como voluntario en el Proyecto Lindus 2 que la SEO lleva a cabo para el censo de aves migratorias a su paso por este sistema montañoso, que han de atravesar prácticamente por obligación, tanto en su viaje prenupcial, como en el postnupcial, una vez finalizada la reproducción. Pero este año cambié mi elección de puerto de montaña, por conocer un lugar diferente, el de Somport en lugar de Portalet, aunque también he tenido la oportunidad de pasar por allí, donde me reencontré con Marta y con Marco, de conocer a los voluntarios que allí estuvieron, y de volver a ver al armiño, a las águilas reales, alguna gran rana bermeja adulta, y a las últimas marmotas que todavía quedaban activas. Y en vez de asistir al primer turno, como el año pasado, estuve en el último, por lo que ya no quedaban alimoches, ni escribanos hortelanos, ni alcaudones dorsirrojos, ni tarabillas norteñas que ver, ya que emigran a finales de verano.

Rana Bermeja (Puerto de Portalet)

     En Somport están de técnicos Pilar, a quien ya conocía del año pasado, y Héctor. Ale, a quien conocí hace dos años en un Voluntariado en Monfragüe, terminaba su turno allí, y pude coincidir con ella un rato para contarnos un poco sobre como nos va la vida. Como compañeras con las que compartí las vivencias del día a día, estuvieron Toñi, Cris, y Claudia, quien se incorporó algunos días más tarde. También nos acompañó un par de días Pablo, quien está haciendo sus prácticas de carrera con la SEO, precisamente recopilando datos sobre las rutas migratorias de las aves por los Pirineos.

El hayedo del puerto, ya deshojado
     Nos alojábamos en el albergue de Canfranc Estación, donde a diario, con tan sólo asomarse al Río Aragón, que también presta su nombre al valle, podíamos disfrutar de los mirlos acuáticos que se movían a lo largo de aquel tramo del cauce. Censábamos de 9.00 a 18.00, por intervalos de una hora, y posteriormente pasábamos los datos en el albergue. Contábamos con tres puntos de observación, el hito 304, cerca del propio Puerto de Somport, y la cima del Tobazo, a 2.000 metros de altitud, que eran los dos que visitábamos asiduamente, más el Col de Ladrones, cerca del pueblo, reservado para cuando las nieblas impedían ir a los otros dos, y que hecho fue donde acudimos los dos primeros días, y donde gracias a Héctor vimos una cigüeña negra que divisó contra el cielo gris. Además, durante el fin de semana, montábamos el stand informativo en Canfranc Estación, y paralelamente también anotábamos las aves que por allí se vieran. Porque no sólo apuntábamos las migradoras, sino también las sedentarias, elaborando así una relación de aves bastante exhaustiva.
     Diversas especies de aves planeadoras, y particularmente rapaces, utilizaron el Puerto de Somport y el Valle del Aragón en su viaje hacia el sur aquellos días. Los últimos halcones abejeros, que ya pasaban dispersos, en lugar de concentrados en grandes grupos. También en solitario viajaban las águilas calzadas. Algún gavilán, ratonero y milanos reales, entre los que había que discernir entre la población residente y los que estaban en paso. En el caso de los milanos resultaba más sencillo, pues en migración solían ir agregados en pequeños grupos. Especies que testimonialmente pasaron, y constituían la sorpresa del día, fueron los aguiluchos pálido y lagunero, la cigüeña negra y el águila pescadora (que yo ni siquiera vi, por lo alejada que estaba, a pesar de indicármela Héctor), localizadas por los ojos expertos de los técnicos que nos acompañaban. Nos quedamos con las ganas de ver pasar algún cormorán, pero sobre todo la llegada de las grullas.

El entorno del Puerto de Somport

     Pero no sólo detectamos el paso de las grandes aves planeadoras. También pájaros en el sentido más estricto, tenían Somport en sus rutas viajeras como lugar de paso. De hecho el ave migratoria que en cuanto a importancia numérica se refiere que cruzó los Pirineos por este puerto, fueron las pequeñas golondrinas comunes. Desde pequeños grupos inferiores a cuatro o cinco, incluso alguna en solitario, hasta algún bando que aglutinaba más de cien ejemplares que Pilar llegó a contar. Con sus parientes los aviones roqueros resultaba más difícil saber si iban de paso, o pertenecían a la población local. Otro tanto igual ocurría con los zorzales charlos, que a menudo sorprendíamos posados en la cúspide de los pinos negros (Pinus uncinata), con los mosquiteros que se desplazaban tranquilamente entre la vegetación arbustiva, o los bandos de pinzones que se movían por allí. Fuimos testigos en los últimos días de la llegada de los primeros lúganos, pero la gran sorpresa nos la dieron los mirlos capiblancos. Irrumpieron en bandos de hasta una docena estos túrdidos que era la primera vez que observaba, avisando de su llegada con su poderoso reclamo, y teniendo la delicadeza alguno de sus integrantes de pararse en los pinos cercanos a tomar un breve descanso, más que suficiente como para permitirnos contemplarlos a la perfección, pudiendo apreciar además de la característica mancha pectoral que los distingue, la finas motas claras con la que está salpicado su oscuro plumaje. Podría decir que sólo por el bimbo de esta especie, valieron la pena las largas jornadas de campo.

Vistas desde el Tobazo

     En cualquier caso, no siempre es fácil establecer el estatus poblacional de muchas de las aves citadas, que aunque se hallan establecidas en los Pirineos como estivales o residentes, más tarde o más temprano todas efectuarán movimientos, cuanto menos de dispersión, cuando lleguen los fríos y las nieves. Y a veces, aún teniendo claro que se trataba de especies en migración, como es el caso de las golondrinas, nos despistaba el rumbo de vuelo que tomaban, aunque evidentemente lo harían para reagruparse y virar posteriormente en sentido sur. Y las aves no eran las únicas que parecían estar sujetas al imperativo migratorio. También algunas mariposas, entre las que se cuentan los blancos piéridos, y ejemplares de Vanessa atalanta parecían estar impulsadas, a pesar de su aparente fragilidad, a desafiar la dureza de los perfiles montañosos.
     Pero el elenco de aves sedentarias es todavía más amplio. Aves que a diario contemplábamos, en cualquier ubicación donde nos estableciésemos, eran los buitres leonados, que al empezar a calentar el sol por las mañanas, empezaban a ascender en columnas aprovechando las corrientes térmicas, o bien surcando el espacio aéreo sobre las cumbres a las horas centrales del día o primeras de la tarde. Era fácil ver también algún quebrantahuesos, a veces dos, haciendo lo mismo que los buitres, y en alguna ocasión junto a ellos. Entonces podíamos apreciar comparativamente las patentes diferencias que hay en las siluetas de estas dos grandes aves necrófagas. También los milanos reales se dejaban ver a diario, bien algún residente en la zona, bien los que iban de paso.
     La algarabía de las chovas piquiguardas me llamaba mucho la atención. Su registro de voces difiere mucho de los graznidos de su prima, la chova piquirroja, también allí presente, y en mayores cifras. La corneja es otro córvido al que veíamos y escuchábamos todos los días, de hecho andaban por Canfranc Estación, como las palomas lo hacen en cualquier otro pueblo o ciudad.

Corneja Negra

     Además, en cada punto de observación contábamos con una serie de aves habituales. Si en el pueblo de Canfranc Estación además de las cornejas y los mirlos acuáticos, también se solían ver las lavanderas cascadeñas, en los pastizales y los pedregales del Tobazo nunca faltaban los bisbitas alpinos ni las collalbas grises, y también era fácil localizar a los acentores alpinos, mientras que el hito 304 siempre veíamos al pequeño carbonero garrapinos. A parte de los zorzales, otros que también tenían predilección por posarse en las horquillas de los pinos eran los piquituertos. Pero además de las aves, también era frecuente que desde este punto de observación, descubriéramos los corzos en el algún claro del bosque, o los oyéramos ladrar, al zorro prospectando su territorio en los bordes del bosque, y los rebaños de sarrios en las laderas de montaña. Los sarrios, que ya empezaban a cambiar el pelaje de verano por el de invierno, y que pronto comenzarán con el celo, tampoco entrañaba demasiada dificultad encontrarlos en el camino del Tobazo. Los prados en torno a las instalaciones de las pistas de esquí que debíamos atravesar en nuestro trayecto hacia el Tobazo, eran un buen lugar para ver lavanderas blancas, bandadas de pardillos y a los escribanos cerillos. La lagartija roquera también resultaba fácil descubrirla soleándose por las rocas de los alrededores del hito 304. Y los días que fuimos al Col de Ladrones, siempre vimos al escribano montesino y al acentor común. Además, en una fosa que contenía agua, había renacuajos de rana bermeja. El colirrojo tizón era habitual verlo también en los aledaños del Puerto de Somport, por las inmediaciones del Col de Ladrones y del Tobazo, así como los gorriones comunes y el mirlo común lo eran en Canfranc Estación.

Los alrededores del Col de Ladrones

     Si no a diario, no resultaba demasiado rara la observación del águila real, cernícalos y algún ratonero en algunos puntos. El halcón peregrino fue una rapaz a la que sólo vimos en alguna ocasión. Como también lo fue una garza real que habitaba un pequeño pantano cerca del puerto, que vertía sus aguas al río donde un día pude ver un par de truchas en sus trasparentes aguas, indicando la buena calidad de las mismas con su presencia. Por el puerto, o incluso desde el Tobazo también vimos en alguna ocasión a los verderones serranos, pero siempre pasando fugazmente en vuelo. Lo mismo que el par de veces en sendos días que llegué a ver las perdices pardillas. Me frustró no conseguir verlas paradas, puesto que era la primera vez que las observé. El arrendajo, siempre próximo a los bosques, era fácil de descubrir por sus gritos y en sus vuelos desde el hito 304 y en el Col de Ladrones, lugar este último donde también se manifestaban carboneros y herrerillos comunes. Más montaraz, al cuervo se le podía ver con mayor facilidad desde el Tobazo, por donde también se solían desplazar verdecillos y pardillos. Desde el Tobazo llegamos a ver también en alguna ocasión unas urracas.

El hayedo de Canfranc, aún con hojas
     El pico picapinos y los mitos, los vimos el día que Claudia y yo teníamos que quedarnos a cargo del stand junto a la estación de tren del pueblo. Por la tarde, que teníamos libre, decidimos dar un paseo por el Arboreto de Canfranc, un bosque tan denso donde apenas llegaba la luz al suelo, y donde tan sólo oíamos los trinos del trepador azul, las notas del herrerillo capuchino, pero sin llegar a ver ningún pájaro, a excepción del alarmado mirlo. Los caminos ascendentes se cruzaban por otros que seguían paralelos las curvas de nivel de la falda de la montaña. Y sin saber exactamente por donde apareceríamos cuando decidimos volver, salimos a un claro de bosque, junto al pueblo, en el que se congregaban multitud de pájaros. Se escuchaba al chochín, y podíamos ver algún carbonero común, petirrojos y a la curruca capirotada. También se dejó ver, y bastante cerca el carbonero palustre, mientras que con el paso del tiempo en el rato que allí echamos, empezaron a oírse las lastimeras notas del camachuelo común, que en aquel momento no identifiqué. Este lugar descubierto fortuitamente por Claudia y por mí, se convirtió en un punto de interés que en días sucesivos, o bien por la mañana antes de irnos, o bien por la tarde al volver de nuestra jornada de censos en el puerto, visitábamos los técnicos, mis compañeras voluntarias y yo. Se daban cita allí las cinco especies de páridos ibéricos. También los agateadores, probablemente ambas especies, aunque los días que yo los vi fue imposible determinar cual, además del trepador azul. Y tampoco faltaba algún mosquitero, el acentor común, la curruca capirotada, el chochín, el reyezuelo listado, petirrojos o algunos camachuelos pululando por allí. Una madrugada escuché ladrar los corzos por allí cerca mientras hacía una espera, y acabé viendo una ardilla a la entrada del bosque.
                                                                                                         

Lista de Especies Observadas (Orden Sistemático):

  • Ardilla Roja (Sciurus vulgaris)
  • Zorro Rojo (Vulpes vulpes)
  • Sarrio (Rupicapra pyrenaica pyrenaica)
  • Corzo (Capreolus capreolus)
  • Garza Real (Ardea cinerea)
  • Cigüeña Negra (Ciconia nigra)
  • Buitre Leonado (Gyps fulvus)
  • Quebrantahuesos (Gypaetus barbatus)
  • Milano Real (Milvus milvus)
  • Abejero Europeo (Pernis apivorus)
  • Busardo Ratonero (Buteo buteo)
  • Gavilán Común (Accipiter nissus)
  • Aguilucho Lagunero Occidental (Circus aeroginosus)
  • Aguilucho Pálido (Circus cyaneus)
  • Águila Real (Aquila chrysaetos)
  • Águila Calzada (Aquila pennata)
  • Cernícalo Vulgar (Falco tinnunculus)
  • Halcón Peregrino (Falco peregrinus brookei)
  • Perdiz Pardilla (Perdix perdix)
  • Pico Picapinos (Dendrocopos major)
  • Golondrina Común (Hirundo rustica)
  • Avión Roquero (Ptyonoprogne rupestris)
  • Bisbita Alpino (Anthus spilonetta)
  • Lavandera Blanca (Motacilla alba alba)
  • Lavandera Cascadeña (Motacilla cinerea)
  • Mirlo Acuático (Cinclus cinclus)
  • Chochín Común (Troglodytes troglodytes)
  • Acentor Común (Prunella modularis)
  • Acentor Alpino (Prunella collaris)
  • Petirrojo Europeo (Erithacus rubecula)
  • Colirrojo Tizón (Phoenicurus ochururos)
  • Collalba Gris (Oenanthe oenanthe)
  • Mirlo Común (Turdus merula)
  • Mirlo Capiblanco (Turdus torquatus)
  • Zorzal Charlo (Turdus viscivorus)
  • Reyezuelo Listado (Regulus ignicapilla)
  • Mito Común (Aegithalos caudatus taiti)
  • Carbonero Común (Parus major)
  • Herrerillo Común (Cyanistes caeruleus)
  • Carbonero Garrapinos (Periparus ater)
  • Herrerillo Capuchino (Lophophanes cristatus)
  • Carbonero Palustre (Poecile palustris)
  • Trepador Azul (Sitta europaea caesia)
  • Arrendajo Común (Garrulus glandarius)
  • Urraca (Pica pica melanotos)
  • Chova Piquirroja (Pyrrhocorax pyrrhocorax)
  • Chova Piquigualda (Pyrrhocorax graculus)
  • Corneja Negra (Corvus corone)
  • Cuervo Grande (Corvus corax)
  • Gorrión Común (Passer domesticus)
  • Pinzón Vulgar (Fringilla coelebs coelebs)
  • Verderón Serrano (Carduelis citrinella)
  • Lúgano (Carduelis spinus)
  • Pardillo Común (Carduelis cannabina)
  • Piquituerto Común (Loxia curvirostra)
  • Camachuelo Común (Pyrrhula pyrrhula)
  • Escribano Montesino (Emberiza cia)
  • Escribano Cerillo (Emberiza citrinella)
  • Lagartija Roquera (Podarcis muralis)
  • Rana Bermeja (Rana temporaria)
  • Trucha Común (Salmo trutta)

lunes, 4 de septiembre de 2017

VIGILANCIA DE INCENDIOS EN EL XORRET DE CATÍ

     Con el calificativo alicantino podría resumir mi mes de agosto, que desde el 31 de julio al 1 de septiembre ha transcurrido en esta provincia levantina. Y el grueso de mi estancia se centra en el Xorret de Catí, un enclave natural situado entre las Sierras del Maigmó, de El Cid y del Fraile. Tan prolongada permanencia se debe a que he participado en tres turnos seguidos, de 11 días cada uno, de un Voluntariado sobre vigilancia de incendios forestales, a lo largo de los cuales he tenido la oportunidad de conocer a bastantes personas, cada cual con sus peculiaridades, pero todas interesantes a su manera, que he tenido por compañeros y monitores, y que pasaron por la casa donde conviví un mes. Además, para el primer turno me reencontré con David e Irene, dos años después de conocernos en Sierra Nevada. Los monitores, siempre dos, fueron Raquel y Cristian en el primero y segundo turno, y Neus y Rossana en el tercero.

Sierra del Cid

La Sierra del Cid, vista desde la casa






























     Por parejas y en turnos de 4 horas, bien por la mañana o bien por la tarde, vigilábamos desde puntos fijos, que en función de la cantidad de gente que hubiésemos, ocupábamos preferentemente unos u otros. El primordial en ocupar era aquel que designaban como Mirador, bajo la crestería de la Sierra del Fraile, y que paradójicamente muchos preferían que no les tocase, porque había que ir andando, y subiendo cuesta casi todo el tiempo. El siguiente punto en prioridad respondía al nombre en clave de Ermita, por la proximidad a una ermita, y el tercero se llamaba Cachuli, pero nadie me supo explicar el porqué de ese nombre. Estos dos puntos eran torretas de vigilancia, pero a Cachuli sólo pude ir un par de veces durante el segundo turno, ya que llegamos a estar 13 voluntarios, a uno de cubrir todas las plazas. Esos nombres usábamos para comunicarnos con los walkie-talkies. A parte, los días de alerta 3 (alto riesgo de incendio), y los fines de semana, por la gran afluencia de gente que pudiera acudir a la zona, había una ronda de vigilancia nocturna, que era opcional para los voluntarios, y a las que me sumé en algunas ocasiones.
     Cuando no teníamos guardia hacíamos diversas actividades complementarias. Algunas relacionadas con el cometido del Voluntariado, como lo eran la Cartografía, para familiarizarnos con los mapas y las brújulas, y aprender a calcular el rumbo en caso de detectar alguna columna de humo (por suerte no hubo que hacer ningún aviso), gymkhanas destinadas a la orientación, rutas tanto diurnas como nocturnas para el reconocimiento de la zona, o visitar el Parque de Bomberos de Elda. Y otras actividades que eran más de ocio, como visitar lugares de baño en algún río, la vía ferrata en la Sierra del Fraile y la escalada en La Foradá. Además Cristian nos dio una iniciación sobre primeros auxilios, una tarde en el primer turno Gabriel nos enseñó un poco de acroyoga, con Neus hicimos una excursión reconociendo plantas, y un día de lluvia, Víctor, compañero del segundo y tercer turno, nos dio unas nociones de defensa personal. También hicimos un par de batidas de limpieza. Una de ellas tras el final de una etapa de la vuelta ciclista que terminaba allí, y dejaron basura esparcida por todo el área y a lo largo de la carretera, y además encontramos una garduña muerta, probable víctima de atropello por el trasiego de vehículos en los días previos y posteriores.

Sierra del Maigmó

     De esas actividades, las que más me gustaron fueron las rutas senderistas. Dos subidas al Despenyador (1262 m.), en el primer turno con Gabriel y guiados por Raquel, y en el segundo turno en compañía de Bruno, Fer y Mar, también conducidos por Raquel. Otras dos fueron al Pantanet, que no es un embalse, una andando por carretera en el segundo turno, pero la más aventurera fue por donde nos llevó Rossana en el tercer turno, siguiendo la crestería de la Sierra del Fraile. Otra caminata muy agradable fue siguiendo un sendero PR en el tercer turno que Tomás conocía, ofreciéndonos buenas vistas panorámicas de las Sierras del Maigmó y de El Cid. Además en este recorrido pasamos por un pozo de nieve y una pequeña gruta. Las dos rutas nocturnas que hice en el primer y segundo turno fueron en torno a La Foradá, más larga en el segundo turno, conducidos por Saúl y Víctor, además de una subida hasta el Mirador. Pero además están las andanzas que pude hacer por libre, bajo las paredes de la cresta del Fraile, siguiendo una pista forestal abandonada que llega hasta la roca que le da el nombre a la sierra, aunque en mi opinión parece una gárgola, primero con Saúl, en el segundo turno, y posteriormente lo repetí en el tercero con Héctor. Y aparte, el día de la vuelta ciclista tuvimos que ir andando desde la casa hasta la torre de Ermita a hacer una guardia, pasando por otro pozo de nieve, aunque a Susana no le gustó demasiado este atajo.

La crestería de la Sierra del Fraile
La roca que le da nombre a la Sierra del Fraile

     Pinos carrascos más bien jóvenes formaban los bosques del Xorret de Catí, con algunas manchas de encinar, carrascas como las llaman aquí, que atestiguan el bosque primigenio que allí debió existir. Coscojas, jaras y espino negro (Rhmanus lycioides) componían el estrato arbustivo. Concretamente el espino negro, indicador de que la naturaleza del terreno es caliza, me lo identificó Marcos, el hermano de Bruno, un compañero que estuvo en los dos primeros turnos, con quien me reí un montón, y que alguno de los sobrenombres que me puso, tenía que ver con mi faceta bichera. El paisaje también estaba integrado por bancales de cultivo de almendros, y hasta cerezos, indicador de que existe cierto grado de humedad en la zona, seguramente aportada por el aire que entra desde el cercano Mar Mediterráneo.
     No destaca el Xorret en cuanto a fauna, al menos por cantidad, a pesar de haber cierta variedad. Quizás por la época, o porque yo no estuve muy acertado, pero en general hacía sólo observaciones puntuales de aves, que es el grupo más numeroso y fácil de reconocer. Y de estas, me resultó curioso que fueran los piquituertos los que en más ocasiones detecté por vista u oído, y probablemente también fueran los más numerosos, cuando en la mayor parte de los lugares en los que he estado, no es ni mucho menos el ave más frecuente. Al arrendajo también se le veía o se le escuchaba con relativa asiduidad. Los vencejos comunes tenían algunos días en los que se dejaban ver en gran número. Y de las aves de presa, el pequeño cernícalo era la que más a menudo se movía, bien en torno a los bancales, o bien cerca los riscos y las altas rocas. El águila real o la culebrera sólo las vi algunos días sueltos.
     Tal vez ante la escasez de aves y otros vertebrados, me empleé más a fondo que quizás en ninguna otra etapa de mi afición como naturalista, a fijarme en el complejo universo de los insectos y los arácnidos. Saúl, que disponía de un objetivo macro que acoplaba al móvil, hizo fotos con bastante detalle de estos pequeños animales. A veces era cómico ver como Gabriel, o algún otro compañero intentaba desembarazarse con poco éxito de las avispas que siempre compartían nuestros desayunos en la terraza, o el talento innato de Tamara para encontrar arañas y avisarme para que las expulsara de su habitación. En cambio despertaban mucha expectación polillas, crisopas, escarabajos y hasta mantis que acudían, atraídas por la luz, a esa misma terraza por la noche, cuando después de haber cenado, interrumpíamos nuestros juegos o nuestras charlas, para centrar nuestra atención sobre los lances de caza que las salamanquesas ejercían sobre ellas. Hasta tres salamanquesas que por estar allí siempre, llegamos a reconocer individualmente. Alguna estilizada Empusa pennata de las que acudían precisamente a la luz para capturar polillas, se convirtió en el cazador cazado, al ser presa de una gran salamanquesa.

Cymbalophora pudica

Dendrolimus pini
Sphinx maurorum














     Algunas de estas polillas eran bastante vistosas, como Cymbalophora pudica de alas anteriores densamente punteadas, o de considerable tamaño como Sphinx maurorum, o los varios ejemplares de Dendrolimus pini, haciendo notable su presencia en las paredes de la terraza, aunque las más frecuentes eran las de la procesionaria (Thaumetopoea pytiocampa) más modestas en cuanto a tamaño y discreta librea gris. Pero además de estos lepidópteros nocturnos, también había mariposas diurnas en la zona, tales como Hipparchia fidia, que además resultaba corriente localizarla.

Hipparchia fidia en cópula

     Desde los puestos de vigilancia, cuando no estaba inmerso en alguna conversación con el compañero de turno, trataba también de localizar algún ave. Y según el punto, era más fácil de ver unas u otras especies. Varias veces pude ver los aviones roqueros, los vencejos comunes, y algún real, volando sobre las paredes que se elevaban verticalmente tras el Mirador, o cuando hacíamos alguna excursión por la Sierra del Fraile. Las chovas piquirrojas, que creí que serían frecuentes por allí, sólo pasaron muy de tarde en tarde, y en pequeño número. Por la ladera que asciende hacia esta sierra era usual toparse con las lagartijas colilargas, y alguna vez también con el lagarto bético, o fardacho como lo llaman allí, separado como especie propia del lagarto ocelado hace pocos años. Por el camino que iba a la torre de Ermita, se veían de vez en cuando arrendajos, torcaces o pinzones, o se escuchaba al pito real. Y desde la misma torre, a parte de piquituertos, vencejos y algún cernícalo, llegué a ver y a escuchar a la curruca rabilarga, al herrerillo capuchino y a los carboneros garrapinos y común.

Hembra de Lagartija Colilarga

     Cerca del propio Xorret, que sería como una especie de surgencia de agua, ahora oculta y canalizada por una estructura construida por el ser humano, había una pequeña charca, artificial también, que no obstante está muy naturalizada por los juncos que crecen en su entorno, que usaban como posaderos las múltiples libélulas que por allí revoloteaban, y en cuyas orillas era fácil encontrar ranas de apreciable tamaño. Aquí los piquituertos elegían las horquillas altas de los chopos para posarse. Las ardillas, de cuando en cuando, solían también verse por los alrededores. Y hasta una perdiz seguida por su prolífica pollada, llegué a ver por la zona. Aunque las perdices, al igual que algún conejo, cuando llegaba a verlos, solían estar en el entorno de los bancales.

Rana Verde Ibérica

     La propia casa también se convertía en un punto de observación durante mi estancia al aire libre. Las golondrinas comunes y dáuricas a veces se concentraban por los aledaños, siendo fácil verlas en vuelo. Alguna vez también pasaron unas abubillas. De vez en cuando observaba fugazmente una pequeña lagartija marrón, que no terminaba de ver claro. Suponía que podría ser una cenicienta, pero no fue hasta los últimos días, cuando conseguí fotografiar una, y que me identificaron como lagartija de Edwards, una de las tres especies en las que los taxónomos separaron la cenicienta. Y no sólo cerca de la casa, sino también en claros con rocas, tomillos y matorrales bajos la encontré.

Juvenil de Lagartija de Edwards

     Las arañas que solían encontrarse dentro de la casa eran las patilargas Pholcus phalangioides, completamente inofensiva y beneficiosa como todas arañas. En los exteriores teníamos localizada a una hembra de Argiope lobata, aguardando pacientemente en el centro de su telaraña vertical construida en el pasto seco frente a la puerta de casa, a que algún saltamontes o un insecto volador cayese en su trampa invisible, especie de la que Víctor y yo vimos otro espécimen en otro sitio. También encontramos tanto cerca de casa como en otras zonas algunos negros ejemplares de la valiente e imponente Amblyocarenum walckenaeri. Jorge, compañero del primer turno con él que me quedó pendiente hacer una guardia, y María, compañera del segundo turno, trataban de evitar encuentros con estos artrópodos de ocho patas a toda costa.

Macho de Amblyocarenum walckenaeri

Hembra de Argiope lobatacon un saltamontes como presa






























     Los escorpiones, que solíamos encontrar activos por las noches en las que salíamos de ruta o de vigilancia, se ocultaban bajo piedras durante las horas diurnas. Bajo las rocas, y cerca de casa también, podían verse luciérnagas y milpiés. Y en una de mis prospecciones volteando piedras, a parte de alguna lagartija, encontré un día un eslizón ibérico. Si se hace esta práctica de levantar piedras, que menos que tras de la molestia ocasionada a cualquier inquilino que se encuentre bajo ellas por satisfacer nuestro gusto en contemplarlos, que dejar la piedra en la posición original en la que se hallaba, y posteriormente permitir que el animal que sea retorne a ella, y no antes, para evitar un posible aplastamiento.

Escorpión, también conocido como alacrán

Eslizón Ibérico


























Sapo Común Ibérico
     Que en aquel lugar se mantenía cierta humedad nos lo ponían de manifiesto los sapos comunes que en más de una noche llegamos a encontrar por la carretera o en los caminos durante nuestros recorridos. Estas salidas nocturnas también nos permitieron ver un joven mochuelo una noche, y algún chotacabras.
     Se abrió la media veda estando allí, aunque paradójicamente Natalia, una compañera del segundo turno con una gran sensibilidad por los animales e interesada en aprender sobre la fauna, y yo apreciamos un mayor número de cazadores en la zona, que sus potenciales piezas, perdices y palomas. Con el paso de los días también se notaban cambios en el comportamiento de las aves, que ya empezaba a agruparse para sus viajes migratorios. Los vencejos hacía tiempo que no los veía, y empezaba a verse alguna tarabilla por los bancales y los espacios abiertos. Y en compañía de Neus y de Susana, detectamos a los abejarucos a través de su canto, que revoloteaban altos sobre nuestras cabezas. Tuvimos lluvia en los últimos días, y hasta una espectacular noche de tormenta que contemplamos desde la terraza, como el resplandor de los relámpagos iluminaba la noche.


Lista de Especies Observadas (Orden Sistemático):

  • Ardilla Roja (Sciurus vulgaris)
  • Conejo Europeo (Oryctolagus cuniculus algirus)
  • Culebrera Europea (Circaetus gallicus)
  • Águila Real (Aquila chrysaetos)
  • Cernícalo Vulgar (Falco tinnunculus)
  • Perdiz Roja (Alectoris rufa)
  • Paloma Torcaz (Columba palumbus)
  • Mochuelo Europeo (Athene noctua vidalii)
  • Chotacabras Cuellirrojo (Caprimulgus ruficollis)
  • Vencejo Común (Apus apus)
  • Vencejo Real (Tachymarptis melba)
  • Abejaruco Europeo (Merops apiaster)
  • Abubilla (Upupa epops)
  • Pito Real Ibérico (Picus sharpei)
  • Golondrina Común (Hirundo rustica)
  • Golondrina Dáurica (Cecropis daurica)
  • Avión Roquero (Ptyonoprogne rupestris)
  • Tarabilla Europea (Saxicola rubicola)
  • Curruca Rabilarga (Sylvia undata)
  • Carbonero Común (Parus major)
  • Carbonero Garrapinos (Periparus ater)
  • Herrerillo Capuchino (Lophophanes cristatus)
  • Arrendajo Común (Garrulus glandarius)
  • Chova Piquirroja (Pyrrhocorax pyrrhocorax)
  • Pinzón Vulgar (Fringilla coelebs coelebs)
  • Piquituerto Común (Loxia curvirostra)
  • Salamanquesa Común (Tarentola mauritanica)
  • Eslizón Ibérico (Chalcides bedriagai)
  • Lagarto Bético (Timon nevadensis)
  • Lagartija Colilarga (Psammodromus algirus)
  • Lagartija de Edwards (Psamodromus edwardsianus)
  • Sapo Común Ibérico (Bufo spinosus)
  • Rana Verde Ibérica (Pelophylax perezi)